Cómo la eficiencia mata el sueño americano

Cómo la eficiencia mata el sueño americano

Roger Martin es uno de los nombres de referencia en el ámbito de la innovación, el diseño y el management. Prueba de ello es que lleva años ocupando los primeros puestos de la lista de Thinkers50 y en 2017 fue nombrado pensador número uno de la organización. 

El profesor Martin es un prototipo de hombre renacentista, pero con percepciones muy contemporáneas. Destacan sus ideas sobre cómo construir modelos que resuelvan problemas complejos en este nuevo entorno estratégico abierto, global, transparente y digital. Gran defensor del design thinking, ha publicado numerosos libros de estrategia práctica entre los que destaca Play to win, pero también ha escrito sobre la naturaleza y el futuro del capitalismo y el pensamiento integrativo. 

Exdecano de la Rotman School of Management (Universidad de Toronto), a lo largo de su carrera profesional ha colaborado con A.G. Lafley, Procter&Gamble o Lego

Durante la celebración del “Outthinker 2020 Virtual Summit”, organizado por la plataforma Outthinker, Roger Martin resumió los planteamientos de su libro When more is not better: Overcoming America's Obsession with Economic Efficiency (Cuando más no es mejor. Sobreponiéndose a la obsesión americana de la eficiencia económica), que se publicará el próximo mes de septiembre. A lo largo de sus páginas, el reconocido gurú desafía la idea de que la eficiencia es la base de la innovación y advierte de que obsesionarnos con ella aumenta la concentración, incrementa la desigualdad y hace frágil la estructural derivada del monocultivo.

El precio del éxito

Estados Unidos, y hasta cierto punto el mundo que sigue sus estrategias, se ha vuelto un país realmente obsesivo con la eficiencia económica, y eso no está produciendo buenos resultados. Al igual que otras muchas cosas buenas de la vida, como el amor, que cuando se vuelven obsesivas, dejan de ser positivas. 

Pero, ¿dónde comenzó esta obsesión por la eficiencia? Muchos señalan que se inició en 1776 cuando el economista escocés Adam Smith publicó La riqueza de las naciones. Este libro – que tuvo una tremenda influencia en EE.UU.- incentivaba la eficiencia a través de dos caminos: la división del trabajo y la libertad de los mercados, guiados por la mano invisible que buscaba precios más bajos y los métodos de producción más eficientes. Los padres fundadores de EE.UU. repitieron a Smith de forma muy extensa y liberal, y las ideas del escocés acabaron convirtiéndose en un mantra que subrayaba la importancia de la eficiencia en la economía.  

A principios del siglo XX, Frederick Taylor, padre del management científico, analizó los procesos productivos y diseñó métodos científicos para hacerlos cada vez más eficientes. Después llegó William Edwards Deming, estadounidense que tras impulsar con sus teorías el sector empresarial japonés, cuna del movimiento Total Quality, se hizo famoso en EE.UU.  

Desde entonces hasta ahora hemos mantenido la misma posición respecto a la importancia que tiene la eficiencia para la economía. Este sistema fue muy beneficioso para el país, aportó prosperidad y mejoró claramente la productividad. Tal y como señala la curva de distribución de Gauss, la combinación de democracia y capitalismo basado en eficiencia da lugar a una distribución de resultados donde habría una clase media muy alta, algunos ricos y algunos pobres. En este modelo, los ricos pagarían más impuestos para ayudar a los pobres. Pero lo más importante es que se asumía que si continuábamos persiguiendo la eficiencia, la sociedad progresaría a lo largo del tiempo.  

De Gauss a Pareto 

Durante 200 años aproximadamente esas predicciones se han cumplido, aunque hay que reconocer que la curva nunca fue perfecta y la cola era la de la pobreza. Sin embargo, se pensaba que la teoría de Gauss era el sistema más adecuado para cualquier país democrático, ya que propugnaba por una clase media muy grande cuya vida prosperaba todos los años.  

Entre 1776 y 1976 la evolución de esta curva se convirtió en una historia de progreso donde los ingresos de la clase media crecían anualmente, pero a partir de entonces las cosas han cambiado. 

Como se puede ver en la parte inferior del gráfico, el 90 por ciento de la distribución ha sido bastante horizontal y el 1 por ciento de la parte superior está teniendo mejores resultados que nunca. Por lo tanto, la principal característica que definió la economía estadounidense durante 200 años ya no está presente. 

El gráfico demuestra que en 1980 (línea gris) cuando la economía de EE.UU. crecía, quienes más se beneficiaban eran las familias con menos ingresos, y los que menos, los más ricos. En 2014 (línea roja) esta tendencia se había invertido absolutamente dando lugar a un cambio sorprendente. La estructura de pagos de la economía estadounidense hasta 1980 demostraba que el crecimiento económico favorecía a los pobres, pero hoy beneficia a los ricos. Antes, una familia americana de clase media podría doblar sus ingresos en una generación, 30 años o menos; desde 1976 se necesitan tres generaciones (100 años).  

Pero lo que ha ocurrido es que la distribución de ingresos ya no sigue la curva de Gauss sino la de Wilfredo Pareto, economista italiano que en 1896 demostró que el 80% de la tierra italiana era propiedad de solo el 20% de la población. En la curva de Pareto, casi todos los resultados están en el nivel inferior, con una cola muy larga hacia el índice alto. Se trata de una curva absolutamente diferente, y que supone un reto para el capitalismo democrático al impactar profundamente en los ingresos.  

Según el gráfico de Pareto, el eje X representa los ingresos y el Y a los empleados americanos, agrupados en cuatro categorías: 

1.- Personas que desempeñan un trabajo rutinario, no toman decisiones por sí mismas y realizan su labor en una industria dispersa a lo largo de todo el país (peluqueros, jardineros o similares). 

2.- Empleados que siguen una rutina en líneas de ensamblaje o industrias ubicadas en determinadas zonas del país, como Detroit. 

3.- Trabajadores con capacidad para tomar decisiones de manera independiente (creativos locales).

4.- Personas que desarrollan un trabajo intensamente creativo en una industria que comercializa fuera de sus áreas físicas (ingenieros de software, científicos, etc.).

Como se puede apreciar, entre el 2000 y el 2012 los salarios de los dos primeros grupos no crecieron en absoluto, mientras que los ingresos de los dos segundos (especialmente el cuarto) se han incrementado notablemente. Es evidente como la distribución de ingresos es cada vez más parecida al modelo Pareto. 

El principal problema de esta situación es que se está perdiendo la masa central, que es donde está arraigado el capitalismo democrático y donde deben concentrarse las personas que viven en él. Cada vez hay más gente en los niveles bajos de ingresos y ya no reciben los beneficios del crecimiento económico. Esta tendencia es cada vez más dramática. Las familias de clase media están sintiendo la ralentización y el hundimiento que no les permite llegar a final de mes. 

La amenaza de los monocultivos 

La curva de Gauss es muy razonable si la democracia y el capitalismo trabajan de forma positiva entre ambos. En cambio, en el modelo de Pareto la democracia y el capitalismo están enfrentados. 

Pero, ¿qué provoca que la distribución Gaussiana cambie hacia un modelo tipo Pareto? Los estudios demuestran que, aplicando más presión sobre el sistema de Gauss, disminuyen los costes de la conexión entre los puntos de datos de esa distribución y la curva acaba convirtiéndose en paresiana. 

Lo que ha ocurrido es que hemos aumentado mucho la presión sobre la curva en la búsqueda de la eficiencia, pensando que el crecimiento de la misma era lo mejor para el capitalismo democrático, pero no es así. El incremento de la eficiencia basado en resultados trimestrales, aumento de los ingresos, presión a ejecutivos para reducir costes, despidos… no hace más que empujar nuestra curva de distribución gaussiana hacia una de Pareto.  

Por supuesto, la aparición de internet ha incrementado el impacto aún más. En los últimos 50 años Estados Unidos se ha focalizado en exceso en incrementar la eficiencia de la economía añadiendo cada vez más presión sobre todas las entidades de la misma, lo que ha redundado en una mayor desigualdad. Los ricos se hacen híper ricos, y el 1 por ciento de la población se distancia del resto. Esto no es sorprendente; es simplemente la consecuencia de nuestra obsesión con la eficiencia, que ha traspasado los límites de lo que era bueno para la economía y se ha transformado en algo negativo. 

Un ejemplo de esta situación son los monocultivos frágiles como, por ejemplo, los campos de almendros situados en el valle central de California, que concentran el 80 por ciento de la producción mundial de almendras. Las condiciones climatológicas de este valle son las mejores para producir lo que antes se cultivaba en todo el mundo. La obsesión por la eficiencia ha concentrado allí la producción mundial, convirtiéndose en un monocultivo. Si tuviese lugar un accidente, como ocurrió con las patatas en Irlanda a principios del siglo pasado, toda la cosecha se perdería.  

Además, esta concentración nos lleva a realizar acciones tan agresivas como transportar las colmenas de abejas desde diferentes partes del país hasta esta zona para que polinicen los almendros, un proceso que se desarrolla en un corto periodo de tiempo. Muchas personas creen que el hecho de que cada vez haya menos abejas se debe a este tipo de conductas, que son muy perjudiciales para el medio ambiente. 

Estos monocultivos, que también existen en otros ámbitos como la información o los entornos farmacéuticos, no son estables ni buenos para el país. 

Podríamos argumentar que producimos Amazons cuando lo que verdaderamente necesitamos es el Amazonas. Es necesario entender que la economía no es una máquina que se puede perfeccionar, sino un sistema adaptativo complejo, y como tal produce resultados desconocidos cuando pulsamos una de sus palancas. Intentamos dirigir la economía como si fuera la empresa Amazon, cuando deberíamos tratarla como el Amazonas. 

En busca del equilibrio 

Personalmente creo que la clave ahora es buscar un equilibrio entre eficiencia y resiliencia. Diseñar una economía no solo basada en la eficiencia y consciente de que su exceso es perjudicial. También necesitamos crear un equilibrio entre: 

  • Presión y fricción. Creemos que cualquier tipo de fricción que se produce en la economía es negativa, pero no es así. La falta de eficiencia y la dejadez no son el enemigo a eliminar. Necesitamos partes débiles en la economía y también en los sistemas. Hoy falta diversidad a la hora de acceder a las cosas: compramos todo lo que necesitamos en Amazon y nos informamos a través de Facebook. Es necesario poner algo de fricción en el sistema que intenta llevarnos hacia los monocultivos. Los ciudadanos tienen que luchar contra esa tendencia utilizando diferentes fuentes y proveedores. También deben hacerlo los políticos. Durante muchos años hemos tenido leyes anti trust, pero a partir de 1982 se permitió a una empresa monopolizar una actividad con el argumento de la búsqueda de eficiencia. Aunque pueda parecer más eficiente tener a una sola compañía proveyendo al mercado, no es así; necesitamos la fricción de múltiples organizaciones. 
  • Perfección y mejora. Debemos ser conscientes de que nunca vamos a alcanzar la perfección. Un sistema adaptativo complejo no se puede perfeccionar. El Amazonas no se perfecciona, migra y evoluciona con el tiempo. En vez de centrarse en crear el reglamento perfecto, los políticos tienen que definir qué piezas necesitan arreglar. Tenemos que reconocer que todas las legislaciones van a tener defectos y, por tanto, deberían revisarse periódicamente para introducir elementos de mejora. Y lo mismo ocurre con la educación. Enseñamos a nuestros hijos respuestas específicas, certezas, y después, les examinamos sobre ellas. Tenemos que dejar de pontificar, porque en la vida hay pocas cosas ciertas. 
  • Conectividad y separación. En Estados Unidos hemos ido muy lejos abriéndonos al comercio internacional, y esto está creando un exceso de conectividad que no es buena para el país. En otros ámbitos, sin embargo, tenemos que conectarnos más. Los ejecutivos deben minimizar su concepto sobre el reduccionismo y dejar de pensar en una sola cosa, porque sus compañías son sistemas complejos adaptativos dentro de un sistema complejo adaptativo global. En general, planteamos el reduccionismo como algo laudable cuando en realidad es una idea que nos hace incapaces de gestionar los entornos complejos adaptativos en los que vivimos. 

Creo que el capitalismo democrático se enfrenta a graves problemas, y mantenerlo va a suponer un reto cada vez más grande, porque el electorado tiene capacidad para eliminar lo que no le gusta y destrozarlo. Estamos viendo ejemplos concretos en Estados Unidos, y también en Europa. Estoy convencido de que estos movimientos se multiplicarán si no somos capaces de buscar un equilibrio entre eficiencia y resiliencia.


Roger Martin, experto en innovación y design thinking. Decano de la Rotman School of Management