Europa: liderazgo medioambiental

Ex primer ministro de la República de Italia, el nombramiento de Enrico Letta para ocupar la más alta responsabilidad política ejecutiva en Italia fue precedido por la asunción de elevadas responsabilidades en distintas posiciones de Gobierno, entre ellas, las de ministro de Agricultura, ministro de Industria, Artesanía y Comercio, ministro de Asuntos Europeos y subsecretario de la Presidencia.

Fue miembro de la Cámara de Diputados por Piamonte, Lombardía y Marcas, y diputado del Parlamento Europeo por la Circunscripción del Nordeste de Italia. El 13 de febrero de 2014, presentó su dimisión como primer ministro de Italia, siendo sustituido por Matteo Renzi.

Licenciado en Derecho Internacional por la Universidad de Pisa y Doctor en Derecho de las Comunidades Europeas por la Scuola Superiore Sant’Anna, su capacidad de liderazgo y su vocación europeísta están fuera de toda duda. Nos atiende en la Fundación Rafael del Pino, donde ha pronunciado la conferencia “¿Una Europa a dos velocidades? Evitar el Brexit”. 

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Hace unos meses, el ex primer ministro irlandés John Bruton nos explicaba cómo la Unión Europea es esencialmente un proceso de paz, que nació de las sucesivas guerras entre Alemania y Francia, buscando una solución para ligar económicamente a ambos países y consiguiendo, en el futuro, que entre las naciones que la componen se creasen interrelaciones comerciales duraderas. ¿Qué queda de esa función transformadora en la UE de hoy?

ENRICO LETTA: Me parece que actualmente Europa vive momentos de gran riesgo y cambio. Estamos en alerta roja. Nos arriesgamos a perder todo lo que hemos construido, porque las motivaciones de las personas, en lo que respecta a lo que le piden a Europa, han variado. Hemos ido avanzando con las generaciones, que han visto en Europa un espacio de la libertad, o lo que es lo mismo, un espacio alternativo a la opción de la guerra (Segunda Guerra Mundial) y de la opresión (Telón de Acero), así como a las dictaduras del sur de Europa.

La inercia de estos eventos se está terminando. Se puede entender por qué los jóvenes, las nuevas generaciones, votan en Italia a Grillo, en España a Podemos, en Grecia a Syriza… Es decir, votan a partidos que cambian totalmente el cuadro de referencia de valores o de relaciones con Europa. 

El tema de fondo es que un buen político siempre debe escuchar a su electorado, y no simplemente maldecirlo o intentar sustituirlo. Ahora el electorado, formado por muchos jóvenes, está reclamando una Europa que no se mueva exclusivamente sobre los valores etéreos, sino que sea útil y le acompañe en el futuro. Un futuro en el cual, posiblemente, se necesitarán principios más fuertes, ligados no tanto a la guerra y la paz –aunque la situación en Ucrania está demostrando que no hemos superado ciertas cosas–, sino vinculados a otros conceptos, como las oportunidades que puede ofrecer la UE a los jóvenes. 

Recientemente he lanzado el proyecto “Erasmus para los adolescentes”. Se trata de una iniciativa que Europa debería construir para dar a las familias la posibilidad de que sus hijos pudieran pasar tres o seis meses fuera de su país, algo que de hecho hacen todas las familias que tienen recursos. La gran mayoría no se puede permitir gastar varios miles de euros en algo así, pero si Europa lo hiciera, sería una implementación clara de ese concepto de ofrecer oportunidades, e igualmente podría ser válido para otros aspectos.

La síntesis de mi razonamiento es que la Europa de nuestras generaciones se construyó pensando que de esa manera se terminaba con las guerras y se favorecía la democracia y la libertad, pero este planteamiento es muy eurocentrista. Hoy la novedad es que el baricentro del mundo se ha trasladado a Asia, y esto será algo que se intensifique con el tiempo. Debemos saber dónde crecen los gigantes (BRIC, EE.UU., Asia…), y permanecer unidos si queremos tener peso en el futuro. Para poder estar sentados a la misma mesa de discusión que los chinos y norteamericanos, hemos de estar cada vez más unidos. Ningún país europeo, y esto se dirige especialmente a los alemanes, tiene entidad suficiente para estar solo en esa mesa. Si no somos consistentes y nos presentamos como europeos, el mundo del mañana será una especie de G2. Europa es el único futuro posible y positivo para ser influyentes. 

F.F.S.: Existe una gran distancia entre la celeridad de las evoluciones tecnológicas y el crecimiento exponencial de la tecnología, y la lentitud de los sistemas actuales, con procesos políticos de decisión demasiado lentos y reflexivos. Además, en países donde esas decisiones se toman de forma “unilateral” y todas las estructuras se alinean hacia un mismo objetivo (China o Corea), el crecimiento es mucho más rápido y eficiente. ¿Qué opina de esta situación y qué podemos hacer para modificar los sistemas de toma de decisiones?

E.L.: Este es un tema muy relevante, y es específicamente por esto por lo que hay que hacer reformas en la política y en las instituciones, capaces de simplificar y hacer más eficientes los procesos de toma de decisiones, manteniendo el principio democrático. Cada uno de nuestros países debe reflexionar y mirar hacia su interior, buscando la mejor manera de solucionarlo.

En Italia tenemos el problema de un sistema bicameral, en el que ambas cámaras tienen las mismas competencias y poderes, pero con una ley electoral diversa. El hecho de que se me solicitase que formara un gobierno de gran coalición se basaba, en parte, en encontrar una solución. Al tener una ley electoral diferente, había mayorías distintas en el Senado y en la Cámara. Era necesario conseguir que todos trabajasen conjuntamente para formar un gobierno. Situaciones así son incompatibles con la evolución tecnológica y la innovación, que afecta a todos los ámbitos de la sociedad, sobre todo a los productivos. 

Desde otra perspectiva, hace falta una mejor alineación entre las decisiones nacionales y las europeas. Hay ciertos asuntos que tienen que decidirse a nivel europeo; por ejemplo, la acogida de refugiados (no hablo de inmigrantes). Si cada primer ministro decidiese sobre ella, teniendo los sondeos electorales en la mano, sería imposible resolver esta cuestión. Por el contrario, sería mucho mejor si existiese una autoridad europea que decidiera la distribución de cuotas de refugiados, sin grandes pérdidas de tiempo en discusiones. Esto mismo es aplicable a otros aspectos. Hemos dado pasos, pero todavía hacen falta más. Simplificar y tener claro quién decide, sin multiplicar los niveles de toma de decisiones, es esencial. Por ejemplo, en Italia hemos conseguido eliminar un nivel político electoral, el de las elecciones provinciales, pero todavía nos quedan cuatro niveles: municipal, regional, nacional y europeo. 

E.E.: España e Italia tienen en común la falta de meritocracia en los entornos políticos. En nuestro país, esto ha sido una fuente de generación de corrupción, lo que ha fomentado el nacimiento de nuevos partidos políticos. ¿Qué se puede hacer ante una situación así, que no hace más que ralentizar y poner trabas al desarrollo?

E.L.: En el caso italiano, ha crecido la corrupción en la Administración Pública por la entrada de los llamados spoil systems. Antes, el acceso a la Administración se conseguía a través de oposiciones que, por norma, eran muy duras y complejas. Estos spoil systems vienen a significar que quien llega, aterriza con una escuadra de colaboradores que luego se quedan en la Administración. Este sistema es muy permeable a la corrupción. 

Mi país necesita una reforma de la Administración Pública que elimine el modelo anterior, e incluya unas oposiciones y una regulación de entrada restrictivas. Este es un aspecto primordial, y muy ligado a la meritocracia.

El segundo elemento es la educación. Estas cuestiones solo tienen resultados positivos siempre que la gente esté formada. Por eso, es importante invertir en la educación, y que esta sea para todos, pero también hace falta comprender que una buena educación tiene un coste. Tenemos que conseguir ser competitivos en este mundo global. Uno de los grandes problemas italianos es que no atraemos a estudiantes extranjeros; solo un 3% lo son. A partir de septiembre, ocuparé el puesto de decano de la Escuela de Asuntos Internacionales de la facultad de Ciencias Políticas (SciencesPo) en París. Allí la formación será en inglés, como consecuencia únicamente el 30% de los estudiantes son franceses; hay muchos españoles, italianos alemanes, americanos, vietnamitas, japoneses, etc. Es fundamental que las universidades se abran al resto del mundo y que no exista una lógica doméstica cerrada. Este tipo de planteamientos favorece la meritocracia.

F.F.S.: París celebrará en diciembre la COP21 y, aunque será muy difícil poner de acuerdo a 197 países, lo cierto es que por primera vez en décadas vemos a muchos Estados realmente decididos a luchar contra el cambio climático. En Italia están preparando la pre-COP21 para el mes de octubre. La lucha contra el cambio climático, ¿puede ser una “guerra de todos”? ¿Qué opina del rol de España en este ambicioso proyecto?

E.L.: El medio ambiente es la demostración de la importancia y la diferencia de los valores de Europa, porque es un tema en el que los europeos somos diferentes al resto del mundo. Tenemos una misión en el mundo, y es la de convencer al resto de los países para que sean más respetuosos con el medio ambiente.

Este es, volviendo al discurso inicial de la entrevista, otra forma de demostrar una conexión más que puede unir a Europa y que nos hace diferentes a los demás. Si la UE no existiese o estuviese dividida, el medio ambiente del mundo sería tratado mucho peor. 

Creo que la presidencia francesa está gestionando con inteligencia la Cumbre de París, la cual es necesario que tenga éxito. Mi continua presencia en el país me permite seguir este tema con gran proximidad y, de hecho, mi Universidad está muy ligada al proyecto. Una de las cosas más entretenidas que estamos haciendo son simulaciones de las reuniones preparatorias de la conferencia, lo que exige a nuestros estudiantes estar bien informados sobre este asunto.

A nivel global, entre los cuatro países que más están trabajando por el éxito de esta Cumbre, destacaría sin duda a Francia, que la hospeda, y a España. Los trabajos realizados por los españoles, junto con los alemanes e italianos, han conseguido grandes resultados y están siendo actores claves para el éxito.

En Italia, hemos reconvertido nuestro sistema energético y estamos alineando nuestra producción hacia el concepto de las renovables. Ahora toca poner en marcha una política europea, y no solo políticas nacionales individuales. Es positivo que el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, haya nombrado a un comisario de Unión Energética y Cambio Climático, uniendo bajo una misma dirección todos aquellos aspectos relacionados con el tema.

Por otro lado, Rajoy, Hollande, Passos Coelho y Juncker han conseguido que se den pasos significativos a nivel de estructuras para las conexiones energéticas entre Francia y España, aspecto esencial para hacer que nuestro continente sea energéticamente eficiente. Esta partida necesita de aliados en todo el mundo, y debemos buscarlos. En la última reunión del G7 en Alemania, donde se dieron cita europeos, japoneses, americanos y canadienses, se ha consensuado una posición muy “europea” en relación a los objetivos a alcanzar respecto del medio ambiente. Creo que es una batalla de la civilización en la que nos jugamos el futuro. Tenemos que convencer a los chinos, indios y todos los países con una cultura de respeto del medio ambiente muy diferente a la nuestra, para que se sienten a la mesa y tomen las decisiones que les obliguen a actuar de manera responsable. Si no lo hacemos, todos viviremos en un entorno mucho peor.

F.F.S.: Es curioso ver que los países europeos más importantes están adoptando posiciones muy generosas respecto a las transferencias de tecnología y la consecución de fondos para ayudar a los países en vías de desarrollo en su lucha contra la degradación del ambiente. En cambio, el concepto Brexit, sobre el cual ha dado una conferencia en la Fundación Rafael del Pino, representa un contraste con esta actitud de generosidad. ¿Por qué ocurre?

E.L.: No creo que el único modo para prevenir el Brexit sea, como dicen los ingleses, “when the going gets tough, the tough get going” (cuando la marcha se pone dura, los duros se pone en marcha). No resolveremos este problema en un eje de negociación Londres–Bruselas, analizando cómo repartir competencias, etc. En mi opinión, el único camino es levantar la mirada hacia el horizonte y apuntar a una Europa de dos velocidades. 

Esto quiere decir, por encima de todo, continuar teniendo al Reino Unido como parte de la Unión Europea. Esta es una prioridad ineludible. Sin ellos, la Unión será peor, más pobre y lanzaremos al resto del mundo la idea de que comienza nuestro declinar. Al mismo tiempo, para que continúe dentro, hay que convencerse del hecho de que todos los países –Reino Unido incluido– pueden beneficiarse de lo positivo que aporta la Europa de los 28. El mercado único es un aspecto fundamental de este punto.

Si Londres es capital financiera del mundo se debe, en parte, a que es la puerta de acceso a un mercado de 500 millones de personas. Si Reino Unido no estuviese en el mercado único, Londres no funcionaría como capital financiera del mundo. A la vez, deben de saber que estar en la Europa de los 28 no implica que, obligatoriamente, se hayan de dar pasos ulteriores de integración. Se puede estar en la Europa de los 28, manteniendo el nivel actual de integración e incrementando el grado solo a nivel de los 19, la zona euro. Una política más dirigida hacia los 19, y, de alguna manera, federalizando la política económica exclusivamente a ese entorno, es factible: capacidad fiscal, ministro europeo de economía, balance europeo… Existen muchísimas posibilidades de elección. Para mí, esto es “go big”; me parece una solución win-win y espero que esta sea la actitud de liderazgo europeo que se elija. 

Por el contrario, si se entra en una negociación bilateral entre Londres y Bruselas, despedazando los tratados y derogando los acuerdos establecidos, no funcionará. No será convincente para el electorado británico, y en muchos países desencadenarán los deseos de actuar de la misma manera. Cada uno querrá derogar las normas según su propia conveniencia. El riesgo de que países euroescépticos –como Suecia, Hungría y otros– comiencen con discursos “selectivos” podría significar el fin de la Unión, tal y como la conocemos.


Entrevista publicada en Executive Excellence nº122 junio 2015.


Imprimir   Correo electrónico