PERSONAJES CON TALENTO / Las señas de la identidad humana

LIDERAZGO / TALENTO

La segunda edición del curso Transformational Leadership, del Internacional Center for Leadership Development de la Fundación CEDE, contó con la intervención de Ignacio Martínez Mendizábal.  Doctor en Biología y autor de numerosos artículos en las más prestigiosas revistas científicas del mundo, como Nature y Science, Martínez Mendizábal fue uno de los integrantes del equipo que recibió el Premio Príncipe de Asturias por sus hallazgos sobre la evolución del hombre en los yacimientos de Atapuerca.

Durante una hora y media, el paleontólogo compartió sus reflexiones con 30 alumnos seleccionados entre los top talent de empresas de gran prestigio, buscando juntos las señas de identidad únicas de la especie humana. Un interesante viaje al nacimiento de nuestra especie, a la esencia de nuestra naturaleza, para lograr explicar el origen del liderazgo. A continuación, presentamos una selección de la magistral y pedagógica intervención de Ignacio Martínez Mendizábal.

“Muchos estudiosos de la Historia consideran que el curso de la misma está dirigido por mentes inexorables, de tal manera que lo que ha ocurrido casi era inevitable que así sucediese. Creen que las leyes sociales dirigen el curso de los acontecimientos y que la personalidad de los protagonistas que intervienen poco importa, pues si no hubiesen sido ellos, otros habrían ocupado su lugar.

Sin embargo, yo no estoy de acuerdo. Si Alejandro Magno, hijo de los dioses, no hubiera elegido la batalla de Issos –en la que se enfrentaba a tropas muy superiores en número– para cargar directamente contra Darío, la historia no sería como la conocemos. Pero el interés por Alejandro va mucho más allá de su capacidad y bravura en el campo de batalla; si su luz sigue brillando casi 2.300 años después es porque dejó un recuerdo imborrable. Si hablamos de líderes, Alejandro Magno fue, sin duda, uno de los mayores de la Historia, porque no solo fue amado por los suyos sino, lo más difícil, respetado por sus enemigos.

Cuando Alejandro emprendió su aventura asiática llevaba dos libros de cabecera. Uno era la Ilíada de Homero, su guía de ética y estética, y el otro el que para mí es uno de los mayores libros de liderazgo de todos los tiempos: Ciropedia, escrito también por otro griego, Jenofonte. Entre las muchas frases que hay en él destaco la que considero que vertebra mi intervención: “Es más fácil para el hombre, de acuerdo con su naturaleza, gobernar a todos los demás seres vivos que a los hombres”. Es muchísimo más sencillo controlar cualquier fenómeno natural que el comportamiento de los demás. ¿Cómo conseguir que los otros se comporten de la manera que uno quiere?

Este problema no lo pudimos abordar científicamente hasta que terminó la vuelta al mundo del barco Beagle, a bordo del que viajó Darwin durante tres años. Después de desembarcar de la nave, Darwin estuvo madurando la que fue una de las ideas más fecundas de la historia de la ciencia y, a la postre, de la sociedad en Occidente, como es su famosísimo libro de El origen de las especies. En él, Darwin probó el proceso evolutivo, más allá de cualquier duda razonable, y nos dio una dimensión histórica: las personas somos como somos porque tenemos una larga historia evolutiva detrás. De manera que, si queremos conocer la naturaleza humana, tenemos que conocer la historia.

Varios años después de El origen de las especies, un Darwin ya casi anciano escribió otro de sus libros esenciales: La ascendencia del hombre. En él, además de proponer un mecanismo interesante que impulsa la evolución a la selección natural –que se conoce como la supervivencia del más apto–, proponía otro que actuaba a la vez: la selección sexual, esto es, la reproducción preferente de los más atractivos. Darwin se preguntaba cómo es posible que unas criaturas aparentemente tan desvalidas como las personas, que no tenemos fuerza, colmillos ni garras, hayamos acabado enseñoreando el planeta. ¿Cuál es el truco?

Darwin pensaba que había existido un largo proceso evolutivo, en el que se había sucedido una serie de etapas que finalmente habían conducido a la formación de sociedades complejas, en las que unos individuos trabajaban por el bien común, ayudándose los unos a los otros. Esa es la adaptación final del ser humano.

El registro fósil, la memoria de nuestra estirpe

Sin embargo, en la época de Darwin, esas ideas no se podían comprobar. Apenas había un registro de lo que había sido la historia humana. El trabajo de paleontólogo consiste en buscar la memoria del planeta y los recuerdos de nuestra estirpe, los fósiles.

Hoy existen cientos de fósiles humanos que no se conocían entonces. Hoy sabemos que nuestra evolución se originó hace unos 7 millones de años, siendo el Homo Sapiens la última de todas las especies. Les propongo recorrer las edades de la evolución humana, respetar el registro fósil de esas señas de identidad de la naturaleza, esas que, como decía Darwin, nos han permitido llegar a ser lo que somos.

Si actualmente viviese alguna forma homínida (los miembros de nuestra familia de no humanos), sería algo muy parecido a un chimpancé. De hecho, los homínidos tenían el cerebro como un chimpancé, porque se alimentaban y reproducían como ellos, porque su crecimiento era de la misma longitud, porque, a todos los efectos, se comportaban casi igual. Sin embargo, rápidamente la distinguiríamos porque caminaría erguida sobre sus extremidades posteriores. Cuando comparamos los cráneos de las dos especies, vemos que son muy parecidos, de hecho el tamaño del cerebro –que se puede medir por la cavidad craneal– es el mismo. No obstante, mientras que los caninos de los chimpancés machos estaban muy desarrollados (fundamental para los primates), los del macho Australopithecus Afarensis apenas lo estaban. Esto es algo en lo que ya reparó Darwin, pues le llamaba especialmente la atención cómo podrían competir entonces por el acceso a las armas y cómo se agredirían y asustarían.

Es probable que Darwin pensase que, en la historia de la evolución, seguramente hace mucho tiempo los machos empezaron a fabricar armas a las que transfirieron la función de lucha. Afortunadamente, ahora tenemos fósiles y hemos descubierto que los Australopithecus Afarensis jamás construyeron herramienta alguna y, por supuesto, tampoco armas. ¿Cómo luchaban entonces los machos? Si no fabricaban armas ni tenían los caninos desarrollados, ¿cómo se peleaban? La respuesta es evidente: no se peleaban.

Las armas se redujeron, porque los machos de los primeros homínidos eran muy colaboradores, en lugar de muy competitivos. Esto es algo que se extiende también a las mujeres. La mayor parte de las hembras de los primates apenas colaboraba entre sí, acaso las madres con las hijas; sin embargo, en la especie humana hay una solidaridad femenina asombrosa, desde el punto de vista zoológico. Hay mujeres que colaboran con otras, las defienden y protegen aunque no las conocen. Algo que también sucede entre generaciones, pero que no ocurre entre los primates. 
Somos una especie tremendamente cooperativa. Posiblemente, esa sea la primera seña de identidad, la diferencia que nos desgajó, que empezó a separarnos del linaje de los demás primates. Por supuesto, podemos buscar los rastros de esta cooperación a lo largo del registro fósil.

Retrocediendo en el tiempo

Los primeros homínidos vivían felices en el mismo tipo de medio en el que habitaban los chimpancés, es decir, en los bosques. Esto es algo que hemos descubierto en los últimos 10 años. Antes pensábamos que vivían en campo abierto, pero hoy sabemos que las primeras adaptaciones de nuestra estirpe se desarrollaron en los bosques. Por eso comían frutas y hojas tiernas.

Hace alrededor de 2,5 millones de años, el Este de África sufrió uno más de los muchísimos cambios climáticos que han tenido lugar en la historia de nuestro planeta. El régimen de lluvias cambió y la selva retrocedió, hasta que prácticamente desapareció y quedó circunscrita a lo que se conoce como bosque de galerías, árboles que crecen en los cursos de los ríos. El resto del terreno se convirtió en sabanas y en desiertos. Esto fue fatal para los homínidos, pues eran animales que se alimentaban de plantas. El cambio en la vegetación supuso la extinción de la mayor parte de las especies de homínidos, pero nuestra familia se salvó.

En ese momento apareció una rama, una criatura que cabe calificar de asombrosa, pues tenía algo que no se había visto hasta ese momento. Es el comienzo del linaje humano, lo que los científicos llamamos el género Homo.

Si hubiera quedado alguno de esos primeros humanos, no nos parecería un chimpancé, sino una persona rara, pero persona al fin y al cabo. A partir de aquí, nos podemos llamar como humanos; concretamente con un nombre que forma parte del acervo cultural: Homo Habilis, el humano capaz de hacer cosas.

Además de destacar el enorme tamaño del cráneo cerebral en su fósil, al Homo Habilis le sucedió algo extraordinario: tuvo una idea. Este hecho es único. Hasta entonces, los organismos se habían ido adaptando debido a un mecanismo de cambios al azar en el material genético, y sufriendo una selección natural. Sin embargo, esto no fue algo genético. Por primera vez, a alguien se le ocurrió una idea. En su cabeza, se formó la imagen de algo que no existía. Diré más, fue el primer rebelde de la historia, porque inauguró algo que caracteriza a nuestro linaje: que no nos resignamos.

A ese primer individuo se le ocurrió que una piedra redonda podría llegar a ser otra cosa. La golpeó y obtuvo una arista, un filo, algo tan sencillo como todo eso, pero que nos ayudó a sobrevivir en la sabana africana cuando el entorno viró hostil. Esa primera idea, que nos transmitimos culturalmente, nos salvó. Esta es la segunda seña de nuestro linaje: la creatividad que hunde sus raíces en esa rebeldía. Nadie crea nada si primero no se rebela contra lo que hace y siente el deseo de construir algo que no existe, de cambiar la realidad.

Estos primeros humanos viven cerca de 2 millones de años. En muy poco tiempo paleontológico (en apenas 200.000 años –hace 1.800.000 años–), dieron lugar a otra especie llamada Homo Erectus, con un cerebro todavía mucho mayor. Con esta nueva especie aparece un nuevo “invento”, que tampoco está en los genes y que se transmitirá culturalmente: un cambio radical en la forma de tallar la piedra. Ya no se consigue el filo golpeando la piedra al azar, sino teniendo un método, dando un montón de golpes ordenados en una secuencia para conseguir un bifaz. Cada uno de esos golpes no tiene sentido en sí mismo, sino solo en función del resultado final. Ahora el presente está determinado por el futuro, golpeo una piedra para conseguir algo que va a ser. A día de hoy, a eso le llamamos planificación. Esta capacidad es exclusiva de las personas y, normalmente, olvidamos que la tenemos.

Hace 1.700.000 años, poco después de que apareciera esta especie sobre la Tierra, nos encontramos sus fósiles en el sur del Cáucaso, es decir, en Asia, casi en la frontera con Europa. Pero si hay un lugar en Europa y Asia donde la historia de la humanidad haya quedado registrada, ese es la Sierra de Atapuerca.

Aunque pequeña geográficamente, en términos científicos e incluso emocionales es descomunal. Allí encontramos más de la mitad del registro fósil mundial. En la llamada Sima de los Huesos de Atapuerca, hay 29 esqueletos completos. Es la primera vez que se puede estudiar una población biológica. Sus cerebros eran enormes (de promedio cercano a los 1.300 cm³), solo un poco más pequeños que los nuestros. Nos podemos preguntar en qué los emplearon, por qué la selección natural eligió individuos con cerebros tan grandes, con lo costosos que son; cuál era su “tecnología” y para qué servían.

La Sima de los Huesos nos da todas las respuestas. En el año 1998 hallamos el que quizás es el objeto más extraordinario de la Prehistoria mundial: una extraordinaria hacha de piedra tallada en cuarcita roja, que bautizamos como Excalibur. La cuarcita roja es un material escasísimo en la Sierra de Atapuerca. En los yacimientos de la Trinchera del Ferrocarril, de edad equivalente a la Sima de los Huesos y donde encontramos miles de piezas talladas, solo han aparecido dos esquirlas de cuarcita roja.

Inicialmente, creímos que el hacha de piedra había sido una herramienta para cortar o clavar, pero nos preguntamos si habría algo tan importante o más que la “capacidad tecnológica”. Podemos decir que la acumulación de cadáveres que se produjo hace 500.000 años en la Sima de los Huesos fue intencionada. Es decir, es la primera acumulación deliberada de la Historia, lo cual refleja algo característico en el comportamiento humano: las personas no dejamos a nuestros muertos a la intemperie, sino que hacemos algo con ellos. Las diversas culturas lo expresan a su modo, pero incluso cuando dejan a sus muertos a la intemperie siempre siguen un ritual y un propósito. Eso es lo que pensamos que ocurrió hace 500.000 años, y creemos que Excalibur es un objeto motivo, el primer objeto simbólico; y la Sima de los Huesos, el primer santuario.

Consideramos que Excalibur es una herramienta que tiene que ver con ese primer chispazo vinculado con la cultura de la muerte. No podemos saber por qué ya no abandonan a sus muertos, como anteriormente hacían, pero para las ciencias históricas en general es legítimo comparar comportamientos similares en especies relacionadas. Dado que nosotros mismos somos una especie relacionada, podemos preguntarnos: por qué lo hacemos, por qué nosotros no somos capaces de dejar a los muertos abandonados. Hay quien opina que tiene que ver con el sentimiento de trascendencia, pero yo creo que no necesariamente, porque aquellas personas que no tienen ese sentimiento expresan el mismo impulso –no conozco a ningún ateo que abandone a sus muertos–. Lo hacemos por una cuestión muy sencilla: porque les queremos.

Para un zoólogo, esto es asombroso, porque no hay ningún animal que haga algo así. Las personas somos conscientes de que están muertos. Una mamá chimpancé, cuando su bebé muere, se deprime, permanece con él e intenta reanimarle, hasta el momento en que se da cuenta de que ya no se va a levantar; entonces lo abandona. Es un planteamiento práctico, aunque siga deprimida durante mucho tiempo. Las personas mantenemos la relación con los muertos y les transferimos el amor que sentimos por ellos en vida. “La vida de los muertos pervive en la memoria de los vivos”, como dijo Marco Tulio Cicerón.

Dueños del planeta con comportamiento de niños

Cuando Darwin pensaba que las personas tenemos unas capacidades sociales especiales, que son las que nos han permitido hacernos los dueños del planeta, creía que esas capacidades ya estaban en los animales y que se habían exacerbado en la especie humana. De entre todas, consideraba que existía una que era fundamental: la simpatía, etimológicamente hablando en griego, la capacidad de sentir afinidad por los otros. Él sostenía que la evolución humana se había traspasado hasta alcanzar un nivel que hace que nos preocupemos los unos por los otros.

En mi opinión, durante el tiempo de la Sima de los Huesos, las relaciones personales eran ya tan fuertes que se prolongaban en la muerte, y eso justificaba la presencia de un cerebro tan enorme. Son los demás, con los que tenemos esas relaciones, nuestro principal problema, pues su comportamiento nos influye.

Viajemos al último episodio de la evolución humana, quizá el más romántico: cuando dos humanos se vieron las caras, cuando se pusieron frente a frente: los Neanderthal y los Cro-Magnon. Los primeros tenían un poquito más de cerebro, pero el conjunto de características que más llama la atención está en el rostro. Siendo el de unos y otros muy diferente, es asombroso que nuestro rostro adulto se parezca mucho al de los Neanderthal niños, es decir, tenemos un esqueleto facial que es infantil. Cuando una especie retiene en estado adulto características del estado infantil es lo que, en biología, se llama neotenia.

Es evidente que somos neoténicos no solo en el esqueleto, sino también en el comportamiento. Los genios tienen un componente de locura infantil, de esa rebeldía que antes mencionaba. Hace falta esa capacidad de rebelarse contra las normas, de pensar cosas distintas, romper con lo establecido…, esa cosa infantil para poder crear e ir un poquito más allá. Probablemente, cuando unos y otros se encontraran por primera vez se sorprenderían mucho, especialmente cuando el Neanderthal viese tan pintado al Cro-Magnon. Una de las características de nuestra especie es que nos “morimos” por la belleza, por la estética, no podemos vivir sin el adorno personal. Han pasado 30.000 años y seguimos haciendo lo mismo.

Naturaleza individual y social

Pero volvamos al problema del inicio: ¿cuál es la esencia de la naturaleza humana? En este viaje, hemos descubierto que tenemos dos naturalezas. Una individual, en la que la creatividad y la imaginación son nuestras señas de identidad; pero que tiene dos correlatos, porque somos muy rebeldes y muy conscientes de cuáles son nuestros intereses. Así que, cuando hacemos algo, queremos tener muy claro qué es lo que vamos a ganar. Rebeldía y egoísmo.

Y tenemos una segunda dimensión, la social. Estamos programados por la naturaleza para cooperar y comprometernos con los demás. Sin embargo, para que esto funcione, hace falta crear jerarquía y hace falta que haya altruismo, que seamos capaces de renunciar a nuestro bien en aras del bien común.

Rebeldía-jerarquía y egoísmo-altruismo genera un conflicto. No hay ningún grupo de animales en el que se produzca este conflicto social. La naturaleza nos ha dotado de una herramienta para gestionarlo: el liderazgo. La capacidad que tienen algunas personas para alinear la voluntad de los demás para que hagamos cosas juntos y que todos aportemos nuestra creatividad y rebeldía hacia ese bien que alguien nos ha iluminado.

Hay miles de tratados sobre cuáles son las cualidades del líder. Me gustaría mencionar tres, sin las cuales creo que no se puede dirigir a estos animales tan listos y creativos como somos las personas. La primera es: inspirar respeto profesional. No se puede mandar a nadie, si ese alguien no piensa que tú, en esa profesión, eres tan bueno o mejor que él. En segundo lugar: ser justo. Lo que todos buscamos en un líder es que armonice mis intereses particulares con el interés común; que si yo me estoy sacrificando y aportando mi creatividad para hacer algo, cuando llegue el día del reparto lo tenga en cuenta. Y la última: proponer y compartir valores. Los líderes deben crear con nosotros valores que nos emocionen y que nos ayuden a llegar todavía más lejos. Con estos tres elementos, creo que se consigue resolver ese conflicto en la historia de la evolución de estos seres creativos y rebeldes, y al mismo tiempo tan cooperativos, que están deseando trabajar juntos”. 


Publicado en Executive Excellence nº98 dic12


Imprimir   Correo electrónico