Filosofía, herramienta del directivo

Filosofía, herramienta del directivo

Los movimientos populistas están resurgiendo con fuerza en todo el mundo. Lo podemos observar en el triunfo del Brexit, en la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, y en el impulso de otros muchos mini Trumps que están surgiendo en Latinoamérica. Personalmente, creo que este resurgir populista está ocasionado exclusivamente por un motivo: el fracaso del liderazgo en general, y de la clase dirigente en particular.

Tenemos una clase dirigente que ha prometido en exceso y ha hecho muy poco. Nos ha prometido un crecimiento suave y el final de los ciclos negativos, y nos ha entregado la crisis financiera de 2008. Nos ha asegurado que la globalización sería la solución a todos nuestros problemas y nos ha involucrado en una globalización que ha hecho a los ricos más ricos y a los pobres cada vez más pobres.

Los dirigentes han creado un proceso de autocomplacencia en el que ninguna de sus acciones ha tenido consecuencias. Los banqueros han salido inmunes de la crisis financiera, y los altos ejecutivos se han incrementado masivamente el sueldo.

Hemos visto cómo la clase dirigente generaba su entorno dorado con un sistema de educación diseñado por y para ellos, mientras la sociedad se fragmentaba. Y mucha culpa de este preocupante y deprimente proceso es la forma en la que hemos formado a los líderes, y especialmente en el énfasis que hemos puesto en el ámbito científico del management. Formamos a nuestros líderes en escuelas de negocios y consultorías que son las principales culpables de lo que va mal en el mundo.

Conocimiento en vez de números

La ciencia del management se ha convertido en un problema por diferentes razones. Una de ellas es por la creencia de que puede haber una ciencia capaz de transformar a las personas en objetos de la sabiduría científica, favoreciendo y estimulando el uso de fórmulas que incrementan el salario de un profesional en un determinado porcentaje, si aumentan los beneficios.

Esta fórmula científica de gestionar las cosas está masivamente distorsionada por la avaricia y los intereses personales. No hay más que ver las relaciones que existen entre, por ejemplo, la Harvard Business School y McKinsey o Enron; o Harvard-Mckinsey y LBS.

Hemos creado una cultura de management que nos está generando problemas muy serios, y la forma de superarlos es dar menos énfasis a lo que denominamos la ciencia del management y mucho más a la filosofía. Es decir, enfocarnos menos en las fórmulas científicas y mucho más en el criterio y el juicio.

Disrupción es la palabra de moda en la gestión empresarial. La disrupción es el nuevo dios, pero si aplicamos un poco de sentido común, nos damos cuenta de que una sociedad basada en este concepto no es sostenible a largo plazo… las personas no pueden vivir en entornos disruptivos durante largos periodos de tiempo.

La filosofía debería colocarse en el centro de los procesos de formación en liderazgo. Deberíamos obligar a todos los directivos a leer La República, de Platón, porque se trata de una reflexión sobre el ejercicio del liderazgo, sobre la forma en que uno debería entrenar y crear nuevas generaciones de líderes; una larga meditación sobre el rol de la educación y sobre los problemas que genera una mala formación en liderazgo.

Platón argumenta que deberíamos tener una clase de líderes “comunistas” que no tuvieran propiedades ni familia. Es más, propone que estos individuos se reproduzcan mediante orgías organizadas por el Estado… Yo, evidentemente, no estoy a favor de este argumento tan extremo, pero sí considero que sería conveniente contar con dirigentes austeros, que no estuvieran involucrados en el proceso de acumulación de riqueza ni en conseguir oportunidades para sus hijos. Unos dirigentes abnegados que pongan a los demás por delante de ellos mismos.

Aplicando la filosofía platónica

Las nociones que plantea Platón son la base de los problemas que tenemos hoy en día. Contamos con una clase dirigente que coloca la acumulación de riqueza por encima del servicio al Estado. Los líderes actuales se preocupan más de sí mismos que del bien común, y esto está generando importantes distorsiones y resentimientos en la sociedad.

Antiguamente, los presidentes estadounidenses desaparecían de la vida pública cuando finalizaba su mandato, pero ahora se dedican a crear marca personal y cobrar millones de dólares. Lo han hecho los Clinton, los Obama y, por supuesto, Donald Trump, aunque este ya lo hacía antes de llegar a la Casa Blanca.

El actual liderazgo no es funcional ni sostenible. En vez de asistir al Foro de Davos, todos los CEOs deberían pasar un par de semanas al año leyendo a Platón y escalando montañas, visitando sitios donde puedan relacionarse con gente que no es de su clase para meditar sobre la sociedad.

Otra importante idea que expone Platón es la del largo plazo. Los líderes deben tomar conciencia de que no pueden pensar sólo en el presente o en corto plazo, sino que deben mirar a largo.

Todo esto puede parecer increíblemente idealista, pero ya lo hemos hecho en otras ocasiones. A finales del siglo XIX había una clase dirigente caprichosa y egoísta que se comportaba como si el Estado fuera suyo, adueñándose de todos los bienes que tenían a su alcance para enriquecerse ellos y sus familias, pero surgieron voces que exigían un cambio y abrieron paso a los líderes dedicados al servicio público.


Adrian Wooldridge, editor de The Economist.

Entrevista publicada en Executive Excellence nº159, jul/ag 2019.