Qué lecciones podemos aprender de otros brotes para luchar contra el COVID19

Qué lecciones podemos aprender de otros brotes para luchar contra el COVID19

Especialista en liderazgo, tecnología y bien común, David Bray forma parte del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, donde trabaja para detectar y responder frente a posibles ataques bioterroristas. Su trabajo y labor didáctica le han llevado a ser considerado como uno de los 24 estadounidenses menores de 40 años que están cambiando el mundo, por el portal de noticias Business Insider. 

A lo largo de su carrera ha formado parte de importantes misiones internacionales como la de Afganistán en 2009, ha colaborado con los Marines estadounidenses en programas para mejorar la adaptabilidad organizacional, y con el Comando de Operaciones Especiales de EE.UU. en acciones para contrarrestar la desinformación. 

Desde 2017 dirige la Coalición de Internet, iniciativa especializada en apoyar proyectos centrados en mejorar de manera considerable la vida de las personas y las comunidades a través de la red. También trabaja como asesor de empresas en ámbitos relacionados con la tecnología, el ser humano y la toma de decisiones en entornos complejos. 

Bray participó en la jornada virtual "COVID19: estado y futuro de las pandemias", organizada por Singularity University, donde compartió su visión sobre cómo responder al brote del nuevo coronavirus y compartió su experiencia sobre las medidas tomadas en otros escenarios de alerta sanitaria, como el SARS o los ataques con ántrax. 

ADAM HOFMANN: ¿Cuáles han sido sus actividades recientes en relación con el COVID19? 

DAVID BRAY: Al principio nos preguntábamos si el COVID19 iba a ser similar al SARS o a otros brotes víricos que hemos sufrido, y la respuesta es que aunque tanto el SARS como el COVID19 son coronavirus, el tiempo de exposición y síntomas del SARS era de tres días, pero el del nuevo virus se encuentra entre los 12 y los 16 días. Esto supone todo un reto porque, además, los síntomas son más suaves. 

La buena noticia es que los efectos del COVID no son tan severos como los del SARS, aunque hay ciertos perfiles para los que este virus resulta muy agresivo. La morbilidad y mortalidad del COVID es más baja, pero el principal desafío es el largo periodo de tiempo que existe entre la exposición y la aparición de los primeros síntomas. 

Además, recientemente se ha descubierto que algunas personas infectadas no han tenido fiebre y, por tanto, las mediciones de temperatura que se realizaban como medida de control en algunos países no permitían detectar a todas las personas contagiadas, porque muchas no presentaban síntomas. 

A.H.: ¿Qué trabajo está realizando su equipo desde el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades​ (CDC) de Estados Unidos? 

D.B.: En noviembre del año 2000 me incorporé a un equipo del CDC dedicado a estudiar las necesidades que requeriríamos en caso de producirse un atentado bioterrorista. Los ataques con gas sarín que tuvieron lugar en Japón en 1995 dieron origen a este grupo que, con el tiempo, se ha ido convirtiendo en una reliquia. 

En aquellos momentos se estaba produciendo el desarme nuclear de las antiguas repúblicas socialistas soviéticas, y descubrimos que también tenían acumuladas armas de guerra bacteriológica, concretamente viruela, para realizar ataques químicos o biológicos. El impacto de la viruela podía ser muy fuerte, porque su índice de mortalidad es del 30%. 

El 11 de septiembre de 2001, a las 9 de la mañana, yo tenía que entregar un briefing sobre las necesidades tecnológicas que requeriría un ataque terrorista químico o biológico pero, desgraciadamente, a las 8.34 se produjo el ataque a las Torres Gemelas y el mundo cambió, aunque en ningún momento se asoció con terrorismo biológico. Tres semanas después, entregamos un briefing al FBI con instrucciones sobre lo que haríamos desde el punto de vista tecnológico si nos viésemos sometidos a un ataque biológico, y esos principios también son aplicables al COVID19. 

El documento recomienda la movilización de la Red de Respuesta de Laboratorios, que involucra a la Asociación de Laboratorios de Salud Pública y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Esta red dispone de unos niveles de certificación que permiten realizar los tests adecuados para dar respuesta a situaciones de este tipo. Sin embargo, todo ese entorno se ha atrofiado con el tiempo, y ahora es necesario invertir en la modernización de todo el sistema, en particular el entorno sanitario. 

A.H.: Fueron tiempos bastante agitados porque, tres días después de entregar ese briefing al FBI, se produjo el primer caso de ataque con ántrax. ¿Qué grado de preparación epidemiológica debe tener un país para dar respuesta a estos brotes o ataques? 

D.B.: Es imprescindible, en primer lugar, saber detectar hechos extraños. En epidemiología esto se denomina vigilancia sindrómica, y consiste en descubrir aquellos síntomas que se salen de la normalidad. Por ejemplo, generalmente los síntomas de la gripe se incrementen en los meses de invierno, y sería extraño que esto sucediese en verano.   

En este sentido, y sirve como modelo habitual, cinco días antes de que se celebre un evento de la NFL, contactamos con los responsables públicos de salud y de la ciudad para investigar el nivel de absentismo escolar, el porcentaje de llamadas al 112 y el volumen de ventas de medicamentos en las farmacias. Si alguno de estos indicadores se ha alterado, significa que algo está pasando. En algunos casos, hemos detectado un aumento de ventas de medicinas relacionadas con dolencias gastrointestinales después de un partido de la Super Bowl, porque en este tipo de eventos los aficionados suelen excederse comiendo y después tienen acidez y problemas de estreñimiento. 

El segundo paso es analizar en el laboratorio las muestras tomadas a las personas que han acudido al médico utilizando tests que detectan qué tipo de agentes se están produciendo. 

En ocasiones, los tests producen una reacción en cadena que ayuda a determinar los hechos iniciales, pero hay que realizar más pruebas para tener una confirmación. 

Lo que estamos viendo ahora es que las estructuras de salud pública están desarrollando sus propios tests para el COVID19, de manera que ya no es necesario depender del gobierno para producirlos. El reto es fabricarlos rápidamente y que sean efectivos para evitar falsos positivos y negativos. La aceleración del testeo permitirá mejorar la respuesta que se da a una emergencia nacional como la que estamos viviendo. También es importante reducir las trabas a la hora de realizar test. Las estructuras públicas deben asegurarse de que todos los procesos están referenciados, porque lo último que se desea es decir a una persona que no tiene COVID cuando lo tiene, y viceversa. 

A.H.: Estamos hablando de lo que ocurre en Estados Unidos, pero ¿cómo es la colaboración entre gobiernos? 

D.B.: Ha dado en el clavo, porque ese es el gran problema. Si no nos damos cuenta de que es mejor colaborar conjuntamente se puede producir un colapso de la globalización, y la gente dejará de pensar que este fenómeno es bueno. 

Los países, por su naturaleza, suelen ser poco propensos a compartir información, pero sí se están publicando artículos científicos sobre lo que está pasando en diferentes países que sí son compartidos a nivel internacional, aunque no estén contrastados. 

Yo estoy convencido de que la única forma que tenemos de superar esta situación es compartiendo información. La Organización Mundial de la Salud depende de los entornos nacionales para obtener datos. Si una nación decide no cooperar o compartir, puede generar un problema. 

También se está compartiendo información sobre los desplazamientos que realizan las personas, de dónde vienen y a dónde van, porque todos estamos preocupados por la transmisión que se puede producir a través de fronteras. Es importante compartir todos estos datos para no revertir hacia el nacionalismo porque, aunque tenemos que gestionar las cosas a nivel local, solo podremos superar la situación desde una perspectiva global. 

A.H.: Hablaba de dos coronavirus, el SARS y el COVID19. ¿Qué aprendimos de la respuesta que tuvimos frente al SARS? 

D.B.: Cuando se produjo el brote de SARS sospechábamos que algo estaba ocurriendo cinco meses antes de que China lo reconociese. Obtuvimos esta información a través de dos vías: por un lado, las redes informales de epidemiólogos. Varios especialistas decían: “No has oído esto de mí oficialmente ni te lo estoy contando yo, pero hemos detectado una enfermedad atípica que genera fiebres poco comunes”. 

Otro dato llamativo fue la venta de ajos. El ajo se valora como medicina en ciertas partes de Asia y también en China. Cuando el precio del ajo se multiplica por 10, la demanda que hace subir el precio tiene siempre un motivo. Evidentemente, el ajo no sirve para tratar el COVID ni es una terapia para ninguna enfermedad, pero es un indicador de que se está creando una demanda y que la razón era el SARS. 

Pedimos al gobierno estadounidense que preguntase al chino si estaba pasando algo, y ellos afirmaron que no en dos ocasiones. En marzo de 2003, cuando el gobierno vietnamita pidió apoyo a la Organización Mundial de la Salud para controlar esta situación, comenzó a generarse una respuesta a ese problema. Luego se descubrió que había venido de China. 

Hasta que llegó el COVID, las sociedades abiertas habían sido mejores a la hora de responder a las epidemias, pero ahora parece que no es así. Las sociedades abiertas todavía se están preguntando donde está arriba y donde está abajo. Ha habido muchas dudas, y todavía las sigue habiendo. 

Personalmente, creo que es positivo discutir sobre lo que está ocurriendo e intercambiar opiniones, pero una sociedad autocrática no lo permite, y esto se ha visto claramente en China con la cuarentena. 

El SARS, el MERS y otros problemas epidemiológicos siempre se han solucionado mejor en las sociedades abiertas que permitían la libre circulación de la información y daban libertad para tomar decisiones. Pero con el COVID nos hemos dejado guiar por la desinformación, nos hemos paralizado y hemos demostrado que las autocracias son mejores a la hora de tratar este tipo de pandemias. 

Comparando y contrastando las diferentes respuestas que los gobiernos están dando a esta situación, no sabríamos determinar si la alternativa italiana, que ha optado por el bloqueo total, o la aproximación británica, que busca que todos adquieran la inmunidad, es mejor a la hora de enfrentar este problema. 

En el caso de la gripe, lo normal es que cuando un paciente se sienta mal acuda al médico, pero ahora tenemos una barbaridad de gente que tiene síntomas pero no puede visitar al médico, así que algunos países como Estados Unidos están empezando a adoptar cambios en su estrategia. 

El bloqueo total de Italia demuestra que esta medida al menos sirve para contener el contagio. El problema es: ¿cuánto tiempo se va a mantener el confinamiento? Si el proceso de latencia fuera de una o dos semanas sería posible mantener esta situación, pero algunas informaciones señalan (aunque esto no está confirmado) que el tiempo de incubación del COVID19 puede ser de entre tres y cinco semanas por persona, y esto significaría que el mundo tendría que estar cerrado seis meses. 

Todos tratan de encontrar la mejor solución, y se están produciendo diferentes respuestas, pero creo que lo principal es intentar reducir la curva de infectados, porque si se produce una rápida subida de ingresos, se saturarán los entornos sanitarios. Tenemos que ser muy conscientes del cansancio y el exceso de trabajo que están teniendo los médicos y enfermeros, además de que muchos de ellos ya se han contagiado. 

El otro gran reto al que nos enfrentamos son las redes. Todo el mundo puede decir lo que le da la gana en Internet. Hay mucha desinformación, y los datos demuestran que la mayoría de la gente se informa a través de canales no oficiales. Esto puede ser una señal de que los tiempos están cambiando, pero al mismo tiempo eleva el nivel de responsabilidad de organizaciones como las universidades, porque los ciudadanos confían en ellas y necesitan recibir información veraz. El COVID es una enfermedad seria pero puede ser tratada, así que debemos controlar el pánico que nos rodea. 

El miedo es peor que el bioterrorismo. Cuando se produjeron los ataques con ántrax en el año 2001, todos los estadounidenses querían realizarse un test para saber si estaban infectados. El foco se encontraba en Washington y Nueva York, pero curiosamente la ciudad que más tests demandaba era California, porque allí viven muchas personas consideradas VIP. 

El concepto bio es un gran reto para los humanos porque no lo podemos ver, y eso nos hace comportarnos de forma irracional. Tenemos que asegurarnos de que ponemos en marcha las acciones adecuadas para prevenir el contagio y limitar la curva, pero siempre manteniendo el sentido común y pensando qué podemos hacer para ayudar a los demás. 

A.H.: ¿Van a ser este tipo de virus una constante de cara al futuro? 

D.B.: Algunos expertos aseguran que a medida que el aumento de la población a nivel mundial incrementa los riesgos y las pandemias serán frecuentes. Otros argumentan que el cambio climático y la subida de las temperaturas también van a contribuir a la propagación de enfermedades. Personalmente creo que ambos escenarios son posibles. 

La epidemia de COVID está siendo una llamada de atención para la población. Si en 2018 alguien hubiera propuesto fomentar la investigación y diseñar estrategias para crear un sistema inmune a nivel mundial, probablemente no hubiera conseguido ningún tipo de respaldo ni inversión. Todo el mundo hubiera pensado que las posibilidades de que una pandemia mundial pusiera a la humanidad en jaque eran muy escasas, pero esto nos demuestra que no sabemos lo que nos depara el futuro. 

El nuevo coronavirus sembrará las bases de nuevas acciones centradas en evitar que estas situaciones vuelvan a producirse desde el punto de vista público, pero también a nivel privado. Estoy seguro de que muchos emprendedores y expertos tecnológicos comenzarán a trabajar en soluciones que ofrezcan protección a sus familias y comunidades. Esta será una de las lecciones más positivas que podremos extraer de este periodo. 

Utilizando la tecnología que tenemos actualmente, podríamos trabajar en el desarrollo de un sistema inmune para el planeta. El análisis sistémico de todo aquello que se encuentra en el aire, agua y suelo nos permitiría detectar componentes diferentes para investigar las causas que han dado lugar a esa novedad y estudiar las posibles consecuencias. 

Actualmente se está estudiando la superficie del COVID con ordenadores de alta capacidad que permiten conocer cómo se doblan las proteínas del virus e identificar posibles antígenos para bloquear sus efectos en el organismo. Cuando superemos esta situación, expertos de diferentes países e instituciones deberían reunirse para exponer sus investigaciones y desarrollar un sistema inmune global. 

A.H.: ¿Qué tipo de innovaciones que se están produciendo pueden ser interesantes en este entorno? 

D.B.: Las cadenas de suministro están sufriendo una disrupción, y esto va a suponer un reto para los profesionales clínicos que quieren que sus máquinas sigan funcionado en momentos tan complicados como este. Creo que es una oportunidad para generar nuevas formas de fabricación a través de novedosas alternativas como la impresión 3D. En Italia han sido capaces de escanear e imprimir en tres dimensiones las piezas de aparatos que se habían roto, consiguiendo así fabricar un repuesto de manera relativamente rápida. 

La primera regla del sistema sanitario público es no entorpecer al personal y dejar que la gente haga su trabajo. Introducir novedades en el proceso de respuesta puede impactar de forma negativa, pero si conseguimos dar soluciones sin interferir como, en este caso, fabricando las piezas de repuesto para la maquinaria de los hospitales, mascarillas o guantes, tendremos más posibilidades de asegurar que los centros sanitarios y de investigación siguen funcionando. Muchas veces la válvula estropeada de un respirador puede transformase en un cuello de botella. 

Las comunidades también tienen que pensar qué pueden hacer para mejorar su situación. Deberíamos idear iniciativas para ayudar a la gente que nos rodea y compartir esas prácticas con el resto del mundo a través de las redes sociales, para que otros puedan implementarlas también. 

Esta situación armoniza lo que significa trabajar a nivel local y al mismo tiempo pensar de forma global. El cómo reaccionemos ante eventos de este tipo depende esencialmente de nosotros. Podemos elegir deprimirnos por todo lo que está pasando o, por el contrario, pensar que esto es algo que vamos a superar. La humanidad ha vivido momentos muy difíciles antes, como las guerras, y siempre ha salido adelante. Para conseguirlo, debemos pensar qué podemos hacer para generar un cambio positivo, para apoyar en la respuesta que se está dando al COVID, y transmitir la información veraz, siempre con el foco puesto en aquello que es mejor para nuestras comunidades.


David Bray, experto en ataques bioterroristas, liderazgo, tecnología y bien común