Transición energética en la recuperación económica

Transición energética en la recuperación económica

Antes de finalizar 2020, y pocos días después de haber presentado su nuevo Plan Estratégico para el periodo 2021-2025, el consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, participó en el encuentro digital organizado por IESE Business School, y moderado por el profesor Xavier Vives.

El directivo vasco arrojó luz sobre el complejo camino de la transición energética y las aportaciones de la misma a la recuperación económica. En su opinión, “la apuesta ambiciosa por una descarbonización que nos ayude en esta recuperación debe ser llevada a cabo bajo los principios de la eficiencia, del cómputo de las emisiones totales, de la neutralidad tecnológica y salvaguardando los intereses industriales y estratégicos del país”. Pero esta conclusión estuvo precedida por varias reflexiones y datos clarividentes, que sirvieron para esclarecer conceptos que, con demasiada frecuencia, enturbian más la, ya de por sí complicada, transformación del sector energético. Estos fueron algunos de ellos:

La raíz del debate

El CO2 no es un contaminante, sino un gas absolutamente necesario para la vida; por lo tanto, tenemos que separarlo conceptualmente de la discusión de la contaminación, que exige otras soluciones. Y además, las emisiones de CO2 son iguales en cualquier parte del mundo. Una molécula emitida en Barcelona o en Shanghái tiene exactamente el mismo efecto (el verdadero problema es que el exceso de emisiones de CO2 acentúa el efecto invernadero y provoca un mayor calentamiento de la Tierra). En este sentido, el objetivo de la Cumbre de París me parece absolutamente necesario. 

Si tuviésemos que cuantificar el problema y llevarlo a una ecuación para su resolución, veríamos que estas emisiones son producto de cuatro factores: 

La población en el mundo: de la que se estima un crecimiento hasta inicio de la segunda mitad del siglo XXI.

El PIB por habitante: que todos deseamos que suba.

La cantidad de energía que necesitamos para producir cada unidad de PIB.

Y las emisiones de CO2 que nos genera cada unidad de energía que necesitamos en la Tierra.

En conclusión, debemos actuar sobre los dos últimos factores y ser capaces de generar la misma cantidad de energía en el mundo, pero emitiendo menos CO2, y a su vez producir el mismo PIB con menos energía, mejorando la intensidad energética.

Como factor adicional, existen tecnologías que nos pueden ayudar a disminuir las emisiones de CO2 a partir de su extracción bien en las operaciones industriales o bien mediante la extracción directa de la atmósfera. Por lo tanto, la captura y el almacenamiento de CO2 también deben jugar un papel relevante.


Debemos ser capaces de generar la misma cantidad de energía emitiendo menos CO2, y a su vez producir el mismo PIB con menos energía


Si atendemos a las emisiones globales de 2016 a 2019, apenas han aumentado y sin embargo el PIB ha subido casi un 10%. Por lo tanto, estamos siendo capaces de contenerlas y romper esa tendencia secular en la que desarrollo económico o más PIB significaba más energía y más emisiones de CO2. No obstante, debemos hacer un mayor esfuerzo, y no de forma desigual. EE.UU. y Europa estamos dispuestos a reducir las emisiones, pero son los emergentes, fundamentalmente China, los que las están elevando. EE.UU. ha reducido en un 13% sus emisiones absolutas de CO2 en los últimos años, demostrando ser capaz de enfrentar este problema por encima de determinados liderazgos políticos; mientras que la ecológica Alemania solo ha sido capaz de reducir un 4,5%.

En el año 2020 la demanda energética global se ha hundido alrededor de un 6%, la emisiones han descendido un 8%, sobre todo por la pandemia y la consecuente restricción de la movilidad, siendo el petróleo, el gas, la energía nuclear y el carbón las fuentes primarias de energía que más han bajado. Pero lo más preocupante es la dramática caída de la inversión en energía ese año, hasta un 18% en el mundo.

Es evidente que necesitamos seguridad de suministro, necesitamos energía competitiva y no tenemos, en ausencia de inversión en energía, capacidad de poder avanzar en esta transición si no invertimos.

Palancas para la recuperación 

Si tomamos la ruta trazada para cumplir los Acuerdos de París –compatibles con los escenarios de desarrollo sostenible marcados por Naciones Unidas y la Agencia Internacional de Energía– para contener el calentamiento de la Tierra en 1,6 o 1,7 grados a final del siglo XXI, vemos que las palancas disponibles en las próximas dos décadas son, en primer lugar, la eficiencia energética. Eficiencia en el ámbito residencial, en la industria, en el transporte, los motores, la renovación del parque automovilístico son los elementos clave para enfrentar este reto. Prácticamente la mitad de la reducción de emisiones de CO2 va a proceder de la eficiencia energética, y además es, en la mayor parte de los casos, rentable.

El esfuerzo de las energías renovables es notable. La solar y eólica y la mejora de competitividad de estas energías es un vector fundamental, sin olvidar otro campo como es el cambio de carbón a gas natural para generar electricidad. A veces asociamos electricidad como el elemento más neutro, cuando es el gran emisor de CO2. La electricidad y la generación de calor son responsables del 42% del CO2 que se emite a día de hoy en el mundo, mientras que todas las formas de transporte emiten “solo” el 23%.

La fuente per se más importante en el mundo para generar energía eléctrica es el carbón. Si cada 15 días en China se está abriendo una central térmica de carbón, en agosto de 2020 Alemania abría una central térmica de carbón de 1.500 megavatios de potencia, que va a estar funcionando los próximos 20 años. Por lo tanto, el cambio de carbón a gas natural debe ser un vector esencial en la descarbonización.


La transición energética debe diseñarse de forma que nos ayude a consolidar la recuperación económica y salvaguardando los intereses estratégicos e industriales del país


También la movilidad, con la mejora de motores y combustible avanzados (biocombustibles), y el vehículo eléctrico; y por supuesto palancas a medio y largo plazo, para llegar a reducir nuestras emisiones para 2040, pero también para alcanzar el objetivo ambicioso de emisiones netas cero. En Repsol estamos avanzando en esa dirección.

Esto nos va a exigir tecnologías incipientes, pero que van a jugar un papel significativo a futuro, como el hidrógeno, los combustibles avanzados que provienen de residuos, los sintéticos… Es decir, que en nuestros motores de combustión podamos utilizar en los próximos años combustibles cuyo ciclo de vida tenga emisiones netas cero.

Sirva como ejemplo el proyecto pionero a nivel mundial que lanzamos el pasado verano, y en el que tenemos alianzas tecnológicas con socios interesados como Saudí Aramco, para la producción de combustibles sintéticos en el puerto de Bilbao.

Cinco principios para la descarbonización 

1. La reducción de emisiones debe ser eficiente y competitiva. Hay que reducir en primer lugar las moléculas de CO2 con más rentabilidad y en su caso menor coste.

2. El objetivo deben ser las emisiones totales, no las directas; y la respuesta ha de ser global. No podemos descarbonizar ficticiamente dañando nuestro tejido industrial. Si estamos apoyando un vehículo eléctrico con fuertes medidas públicas pero, en su fase de producción, la batería de ese vehículo está fabricada en China y emite más CO2 en todo su ciclo de vida que un coche diésel en el conjunto de sus emisiones, no estamos abordando el problema. Estamos apostando por una forma de movilidad que tiene todo el sentido y que puede ser competitiva, pero no estamos afrontando la descarbonización.

3. Todas las tecnologías van a ser necesarias, y desconocemos el futuro. El principio de la neutralidad tecnológica debe regir y hemos de movilizar toda la inversión posible.

4. La ruta tecnológica debe estar basada en las capacidad industriales y tecnológicas. La industria es el motor de la innovación y de la transformación tecnológica. España y Europa necesitan un sector industrial fuerte y apoyar aquellas tecnologías compatibles con nuestras capacidades, porque el futuro de nuestras exportaciones dependerá de cómo abordemos las estrategias relacionadas con la movilidad y la descarbonización.

5. La transición tiene que compatibilizarse con los intereses estratégicos de cada país o comunidad, y potenciarlos, tal y como hacen otros países. Francia se apoya en la energía nuclear como vector estratégico de competitividad; Alemania, aunque sigue priorizando el carbón, está haciendo una apuesta fuerte por el Nord Stream 2, el gasoducto que unirá el país con Rusia con el objetivo de garantizar el suministro a Europa occidental a través del mar Báltico.

Por tanto, es obvio que tenemos que apostar decididamente por la descarbonización, pero el proceso debe diseñarse de forma que nos ayude a consolidar la recuperación económica, primando los principios de eficiencia, el cómputo de las emisiones totales, la neutralidad tecnológica, y salvaguardando los intereses estratégicos e industriales del país.

El futuro de Repsol

Hace 15 años Repsol era una empresa petrolera y gasista, pero entonces decidimos empezar a reducir nuestras emisiones de CO2 con objetivos muy ambiciosos. El año pasado nos convertimos en la primera empresa del sector en comprometerse a generar cero emisiones netas en el año 2050, y estamos empezando a arrastrar a otras compañías en esta dirección.

Para conseguirlo hemos fijado métricas claras: estamos midiendo nuestro índice de intensidad de CO2 con el objetivo de reducirlo en un 50% de cara al año 2040 para cumplir con el objetivo de París. En 2020 hemos conseguido bajarlo un 3% y estamos trabajando para que en el 2025 el descenso sea del 12%. Esto supone descarbonizar la movilidad, tener combustibles avanzados y biofabricados a partir de residuos, apostar por el gas natural, fomentar el vehículo eléctrico y, sobre todo, acompañar a los 24 millones de clientes que tenemos entre España y Portugal durante la transición a energías sin emisiones de CO2.

En este sentido, hemos empezado a desarrollar nuestros proyectos de renovables convirtiéndonos en un caso único en el sector, ya que el 30% de toda la inversión que llevemos a cabo durante el periodo 2021-2025 lo vamos a realizar en tecnologías bajas en carbono. 


Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol, y Xavier Vives, profesor de IESE

Texto publicado en Executive Excellence nº172, dic.2020/ene.2021