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El hambre del cuerpo y el hambre del espíritu: ¿le llega a fin de mes su salario emocional? Los humanos somos probablemente la única especie con dos tipos de hambre. Uno es el hambre real, que padece por lo menos media humanidad. Es la necesidad de comer, vestir, vivir decorosamente y cubrir nuestros niveles mínimos. Normalmente, este hambre se satisface con dinero.

 

El otro hambre, que padece la otra mitad, es el hambre del espíritu. Es hambre de encontrar, si es posible, una respuesta y sentido a lo que hacemos en nuestra vida: trabajo, amor, familia, amigos y una vida emocionalmente rica en todas las dimensiones posibles.

Nuestra sociedad actual nos invita continuamente a calmar el hambre del espíritu a cambio de satisfacer nuestro hambre material. Cada día fabricamos y tenemos productos mejores, más competitivos, que nos proporcionan mayor confort y nos hacen la vida más cómoda y agradable.

Sin embargo, más de lo mismo no es siempre mejor. Ya Aristóteles, hace algunos años, señalaba que la riqueza no es el bien que buscamos, porque el único propósito al que sirve es proporcionar los medios para lograr cosas más importantes en la vida.

¿Qué es el salario emocional?

Al igual que dos tipos de hambre, los humanos tenemos dos tipos de salario: el salario material o económico y el salario emocional. Si el primero satisface el “hambre” físico, el segundo satisface el hambre del espíritu. Suele suceder, no obstante, que este hambre del espíritu, que sólo sacia el salario emocional, pretendemos frecuentemente satisfacerlo insistiendo en el salario económico.

El salario económico es solamente una condición necesaria para la atracción y retención del talento humano. En las organizaciones es tan sólo una parte de los componentes que generan el auténtico compromiso e implicación de la persona con los objetivos de su trabajo. Por el contrario, el salario emocional es el que compromete y motiva a la persona a implicarse en el proyecto, a crecer, a desarrollarse y a permanecer en la empresa.

Podríamos definir el salario emocional como aquel que satisface las necesidades más exquisitas e importantes del ser humano. Éstas son, como Maslow las describió muy nítidamente en su famosa pirámide de necesidades del ser humano:

- Básicas: comer, beber y otras funciones elementales.

- De seguridad/económicas: nivel básico de empleo, hambre real, no de espíritu.

- Sociales: pertenencia a un grupo, trabajar en equipo con personas que uno aprecia.

- Logro, consecución de metas y objetivos.

- Desarrollo, aprovechamiento y explotación al máximo de las capacidades: aprender cosas nuevas, crecer, hambre del espíritu.

Las dos primeras clases de necesidades (básicas y de seguridad) son condiciones necesarias e imprescindibles en la vida de la persona. Constituyen su línea de flotación vivencial.

Las siguientes (en este orden creciente de importancia, sociales, logro y desarrollo) son el núcleo medular de necesidades más nobles, profundas y difíciles de saciar del ser humano. Son las que sacian el hambre del espíritu que es un pozo sin fondo. Son muchas las investigaciones que demuestran que los factores clave para la motivación y retención del talento son los que responden, en definitiva, a estas necesidades.

En la organización podemos hablar de clima, cultura, misión, formación, aprendizaje, etc. Son simplemente los diferentes campos de la empresa donde se satisfacen o no las necesidades más importantes del ser humano. La gestión de estas necesidades es uno de los retos clave para el liderazgo y para las organizaciones del s. XXI, si quieren atraer, desarrollar y sobre todo retener el talento.

Al final de todo esto está el ser humano que, como decía Protágoras, es la medida de todas las cosas. Dentro de todo el laberinto y complejo entramado de las organizaciones y del mundo del trabajo, siempre brotarán unas cuantas preguntas elementales que, consciente o inconscientemente, nos hacemos los humanos en relación con nuestro trabajo como parte importante de nuestra vida: ¿Confío en la empresa? ¿Estoy implicado en su proyecto y comprometido con el resultado? ¿Veo con optimismo mi carrera y mi futuro? ¿Disfruto con mi trabajo? ¿Tiene sentido mi trabajo en mi vida?

Si no podemos dar respuesta afirmativa a cada una de estas preguntas, significará que quizá tengamos una alta remuneración económica, pero nuestro salario emocional no nos llegará a fin de mes. Saciaremos con pan y con caviar nuestro hambre del cuerpo, pero no el del espíritu.


José Medina

Presidente de Odgers Berndtson Iberia

Artículo de opinión publicado por Executive Excellence nº68 mar10

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