“¿Cuál queréis que sea vuestro legado? ¿Cómo queréis que os recuerden?”. Dos preguntas esenciales con las que el paleontólogo Ignacio Martínez Mendizábal apeló a los alumnos la décima edición del curso “Transformational Leadership”, del ICLD de la Fundación CEDE.

Doctor en Biología y autor de numerosos artículos en las más prestigiosas revistas científicas del mundo, Martínez Mendizábal es integrante del equipo que recibió el Premio Príncipe de Asturias por sus hallazgos sobre la evolución del hombre en los yacimientos de Atapuerca. Estos son algunos de los descubrimientos que compartió con los asistentes:

“Hace 10.000 millones de años, todo el universo estaba concentrado en un punto. Nunca jamás pasaba nada, hasta que de golpe, en una millonésima de segundo, todo cambió, y ese universo se convirtió en un lugar donde no dejaban de suceder cosas, como ahora. 

Después de que el punto explotase y las partículas empezaran a combinarse sin parar, de una parte de la materia se creó una membranita y apareció el primer ser vivo. Este decidió que iba a permanecer siempre estable, pero pronto descubrió que era imposible. Esa primera forma de vida tan humilde empezó a darse cuenta de que tenía que aprender de lo que ocurría su alrededor. Así surgió lo que podemos denominar como el primer sistema experto de la estrella del universo, porque la vida es eso: un sistema experto que convierte energía en información. Ese sistema se fue adaptando y diversificando y, como diría Darwin, a partir de un origen muy humilde, las formas más diversas fueron apareciendo y llenando este maravilloso planeta azul en el que vivimos. Y así durante 3.800 millones de años.

Charles Robert Darwin publicó un libro de esos que parten la historia de la humanidad por la mitad: El origen de las especies por medio de la selección natural, o la lucha por la supervivencia de las razas favorecidas. Un libro que no solo ha cambiado la ciencia y la biología, sino la cultura en muchos aspectos; entre otros, nos reveló lo mal que hemos entendido el concepto de la selección natural. 

Lo primero que nos enseñó es que las personas no son, sino que siempre estamos siendo, porque somos historia y somos el resultado de nuestra historia. No podemos entendernos ni saber hacia dónde vamos, si no sabemos de dónde venimos, ni quiénes somos. También nos demostró científicamente que somos hermanos del resto de criaturas, porque estamos emparentados con todas ellas por una maravillosa red de antepasados. Los humanos tenemos una relación emocional con la naturaleza, formamos parte de ella, y es nuestra responsabilidad mantenerla. 

Las fuerzas de la selección natural

Para hablar de la selección natural, los círculos académicos suelen servirse del ejemplo de la biston betularia (o mariposa del abedul), de la que se conocen dos coloraciones diferentes: blanca y negra. La selección natural es un sistema de ensayo y acierto, no de ensayo y error, porque en la naturaleza no hay tiempo para los errores. En la Inglaterra victoriana de finales del siglo XIX, la proliferación de acerías y minas de carbón trajo consigo la contaminación de la atmósfera, y las cortezas de los abedules se volvieron negras, haciendo que la biston betularia blanca desapareciera. La lucha por la supervivencia triunfó.

Además del genético, existe otro sistema experto que dio lugar al sistema nervioso (que es el segundo sistema experto de la naturaleza). Algunos animales aprenden, pero la mayor parte del comportamiento de los animales es instintivo. Esto quiere decir que está fijado por los genes, y ante un estímulo se produce siempre la misma respuesta. ¿Cómo funciona la selección natural ante eso? 

Si estamos en una situación recurrente donde siempre ocurre lo mismo, la selección natural acaba seleccionando el comportamiento que mejor funciona y sabe que, siempre que haya un estímulo, obtendrá la misma respuesta. Este es un sistema estupendo para situaciones estables.

De vez en cuando, en los nidos del pájaro mosquetero pone su huevo el cuco. La selección natural hace que los huevos de este se desarrollen mucho más deprisa que los de sus hermanastros los mosqueteros, que son expulsados de su propio nido por el cuco, que los “asesina” y se queda como dueño del nido. Uno puede pensar que cuando papá y mamá mosquetero se acerquen al nido para alimentar a sus crías, el cuco tendrá un problema; pero cuando estos llegan, él solo abre la boca (la misma boca roja, pico amarillo y dos ojos negros que el mosquetero) y le dan de comer. Es decir, alimentan al asesino de su prole y no se dan cuenta, porque están programados para hacer eso, para una situación que siempre es igual. Por lo tanto, este sistema experto de ensayo-acierto no parece el más adecuado cuando el mundo cambia.

Lamentablemente, todos somos posibles víctimas de los cucos; de hecho, en muchos equipos hay cucos que se desarrollan alimentados por el jefe. Tener un cuco en el nido lleva a la pérdida de talento. 

Darwin se dio cuenta de que la selección natural tiene un enorme poder para explicar muchos enigmas de la naturaleza, pero no todos. Por ejemplo, él se preguntaba para qué le servía al pavo real su hermosa cola, si no le ayudaba a sobrevivir. Se le ocurrió entonces una gran idea que plasmó en su otro gran libro, escrito siendo ya más mayor y sabio: La ascendencia del hombre. La selección en relación al sexo.

Darwin propuso la selección sexual como nuevo mecanismo en la evolución. Esta presenta varias facetas: en aquellas especies donde son ellos quienes se pelean por el acceso a las hembras, la competencia es entre machos. Sin embargo, existe otro grupo muy numeroso de especies donde son ellas las que deciden, y los machos hacen todo lo posible para atraerlas; por ejemplo, tener el plumero más hermoso. Por lo tanto, contamos con dos grandes fuerzas o mecanismos de selección natural en la evolución: la supervivencia diferencial del más apto y la reproducción diferencial de los más atractivos.

Además de eso, Darwin también se preocupó de la evolución humana. Los humanos trabajamos en equipo y somos fantásticos en la cooperación, algo que él también explicó: “Aquella tribu que contase con muchos miembros que, en razón de poseer en alto grado el espíritu de amor al bien común, fidelidad, obediencia, valor, simpatía y amor a los demás, estuviesen siempre dispuestos a ayudarse los unos a los otros y a sacrificarse a sí mismos por el bien común, claro está que prevalecería sobre las demás, y esto sería selección natural”. 

Este concepto de la selección de grupo está ahora muy de moda en bilogía evolutiva y predica justamente lo contrario de lo que nos han contado que es la selección natural (codazo al de lado), y Darwin ya lo defendía. El problema es que en su época no había fósiles ni manera alguna de contrastar sus ideas, pero han pasado 150 años y la paleontología ha evolucionado. Ahora hay miles de fósiles que nos permiten conocer la historia de nuestra estirpe, de nuestro linaje, o por lo menos los hitos fundamentales que nos han traído hasta aquí.

Nuestra historia

Empieza hace siete millones de años y la mayor parte del tiempo, hasta hace dos millones, transcurrió en África y dentro de la Selva tropical. Durante cinco millones de años, éramos más o menos como los chimpancés. Llegó a haber hasta siete especies de homínidos diferentes. Parecía que todo iba bien, hasta que hace aproximadamente tres millones de años, el cambio del régimen de lluvias en el Este de África, el lugar donde vivían los homínidos, hizo que la vegetación se transformase. Los bosques tropicales quedaron confinados a bosques galerías, se abrieron las praderas, las sabanas, los desiertos… Aquello provocó la desaparición de todos los homínidos, excepto una especie que se salvó: la Homo Habilis.

¿Por qué? Por algo que no había ocurrido nunca en 3.800 millones de años: apareció otro sistema fértil. Alguien tuvo una idea por primera vez –no una mutación que la selección natural puso a ver si funcionaba o no–, a alguien se le ocurrió una cosa que nunca antes se le había ocurrido a nadie.

Un individuo imaginó que una piedra redonda podría llegar a ser otra cosa. La golpeó y obtuvo una arista, un filo, algo tan sencillo como eso, pero que nos ayudó a sobrevivir en la sabana africana cuando el entorno viró hostil. Esa primera idea, que nos transmitimos culturalmente, nos salvó.

Una idea es la capacidad de imaginar algo que no existe. A partir de ahí, las personas empezamos nuestro asalto al futuro, porque nos imaginamos un futuro posible para una cosa que era del presente. Empezamos a funcionar simulando, imaginando y pensando si algo funcionará o no. Ya no se trata del sistema de ensayo-acierto, este es el comienzo de la creatividad y la imaginación.

En el filo de los dos millones de años, la evolución del Homo Habilis dio lugar a otra especie, el Homo Erectus, que comenzó a rallar la piedra de forma diferente, haciendo bifaces (dos filos y una punta). Para esto ya no era necesario dar un golpe a una piedra, sino tener una visión lejana, ser capaz de imaginar todas las cosas que hay que hacer y en qué orden para que funcionen. Ahora a eso lo llamamos estrategia, planificación; pero es algo que está ahí desde hace 1.800.000 años.

La planificación es una cualidad humana, una capacidad exclusiva de las personas que, normalmente, olvidamos que la tenemos. Pero una planificación absolutamente rígida cuando el mundo cambia puede hacer que acabemos alimentando un cuco. Por lo tanto, adaptémonos a las circunstancias, sin perder de vista el horizonte. Precisamente gracias a eso, a su planificación y a su nueva tecnología, la humanidad salió de África. 

La Sierra de Atapuerca

Mundialmente famosa, en estos años hemos encontrado en el yacimiento de la Sima del Elefante uno de los fósiles humanos más antiguos conocidos en el continente europeo, que podía tener 1,5 millones de años. 

En otro yacimiento espectacular, la Gran Dolina, encontramos muchos más fósiles y una especie para la ciencia: el Homo Antecessor.

El tercer gran yacimiento de la Sierra de Atapuerca está en un lugar único llamado la Sima de los Huesos. Tiene 430.000 años, y para llegar hasta allí hay que entrar en una cueva, recorrer casi un kilómetro de galería, llegar a una sima con 15 metros de caída, y acceder al yacimiento. Después de 10 años de trabajo, en 1992 accedimos a un nivel con el que ninguno soñábamos, lleno de fósiles humanos. Tenemos casi 17 cráneos muy completos que nos permiten saber, por ejemplo, el tamaño del cerebro. Los humanos de la Sima de los Huesos que vivieron hace 430.000 años tenían un cerebro de tamaño similar al nuestro: 1.200 cm. cúbicos. 

Una de las cosas más interesantes de la historia de la evolución humana es el origen del lenguaje. Si supiéramos cuándo, dónde y en qué especie apareció el lenguaje humano, sabríamos prácticamente todo sobre la mente humana. Yo me embarqué en esa búsqueda hace 25 años. En aquel momento, todo el mundo intentaba reconstruir el aparato fonador, con el que se producen los sonidos del lenguaje. Se creía que esto se podría hacer a partir de los huesos, porque la mayor parte de los órganos que tiene el aparato fonador no fosilizan (son cartílagos y músculos), y se pensaba que lo poquito que se fosilizaba se podría reconstruir; de hecho, había una base teórica sólida esperando que apareciera el fósil. Durante 20 años, había surgido mucha polémica sobre la capacidad de hablar de las especies del pasado sin tener fósiles, pero en la Sima de los Huesos por fin los encontramos. Por eso, en el año 1997 decidí encargarme del origen del lenguaje. 

Pensé que iba a ser sencillo, pero dos años después de mucho estudio, llegué a la conclusión de que la base teórica era una bola de nieve, que ni siquiera disponiendo de los fósiles se podía saber si las personas del pasado podían hablar. Entonces me entró una gran frustración…, y se nos ocurrió una idea “absurda”: ¡Y si en vez de intentar comprobar si hablaban, intentábamos comprobar cómo oían! Desarrollamos una línea de investigación única en el mundo, basada en diferentes modelos, y llegamos a conocer cómo oían personas que murieron hace 430.000 años. Descubrimos que, si el ancho de banda de la transmisión de la potencia sonora de la humanidad moderna es un 43% más extenso hacia sonidos agudos que el de los chimpancés (pues incluimos un montón de consonantes con las que hablamos), la Sima de los Huesos tiene un 30% más que los chimpancés. Y los primeros homínidos eran prácticamente como los chimpancés, con una diferencia de apenas un 4%.

Benjamina: el amor fosilizado

Normalmente no encontramos los cráneos completos. En la campaña de 2001, localizamos el de una niña que murió sobre los 12 años y que encierra una de las historias más increíbles de la antropología mundial. Cuando sacamos el cráneo, lo limpiamos y restauramos, nos quedamos sorprendidos por la forma, pues la frente era casi tan recta como en nuestra especie, en vez de estar inclinada. 

Nos preguntamos qué hacía un Homo Sapiens en Burgos hace 430.000 años, pero luego descubrimos lo que había sucedido. Esta niña había sufrido una patología que en realidad es relativamente poco frecuente (uno de cada 200.000). Una de las suturas de su cráneo (los puntos donde articulan los huesos que forman el cráneo y que permanecen abiertos hasta cierta edad), selló antes de tiempo, quizá por un golpe recibido estando en el seno de su madre. Las células óseas de esta región se volvieron locas y fusionaron los dos huesos, de modo que en plena fase de crecimiento cerebral, el cráneo de la niña se deformó. 

Dado que teníamos los puntos donde articula la base del cráneo y la mandíbula, pudimos deducir que la cara de la niña estaba deformada, de modo que era manifiestamente diferente y fea, comparada con las demás personas del grupo. Más aún, cuando hemos podido recomponer la morfología del encéfalo, se observan zonas patológicas y, aunque no hay historias con las que comparar, según los neurólogos con los que hemos trabajado es casi seguro que esta niña sufriese un retraso psicomotor importante. Sin embargo, vivió hasta los 12 años, como otro de los niños que tenemos en la Sima de los Huesos, es decir, no la rechazaron. 

Cuando, entre los animales, un cachorro sale mal, lo rechazan; porque en la selección natural no se invierte tiempo y energía en algo que no vale. Pero esta niña no solo no fue rechazada, sino que no podría haber sobrevivido sin recibir más cuidados que los demás niños del grupo. ¡Nunca creí que viviría para ver el amor fosilizado! Llamamos a esta niña Benjamina, que quiere decir la más querida, la favorita, la que se sienta a la derecha.

Como Darwin defendía al explicar la selección del grupo, hace falta amor de los unos con los otros. Este es el caso más antiguo conocido de este comportamiento, de que las personas somos capaces de cuidar, consolar y acompañar. Ese es el éxito de nuestra evolución. Sobrevivimos porque el amor en el equipo funciona.

Pero hay algo más en la Sima de los Huesos. El cráneo 17, el último que hemos reconstruido, es el primer caso resuelto de asesinato. En la Sima de los Huesos encontramos 29 esqueletos. De esa investigación se derivaba la demostración de que la Sima es una acumulación intencionada de cadáveres, el primer acto funerario de la humidad se dio en este lugar. No sabemos por qué, pero podemos imaginarnos que quizá lo hacían por un motivo similar al nuestro, porque la especie humana se ocupa de sus muertos. Somos conscientes de la muerte, y sin embargo seguimos relacionándonos con los muertos. En el fondo, es un acto de rebeldía. Seguimos vinculados a los muertos porque les queremos, no rompemos el vínculo; y es posible que eso fuera lo que ocurrió por primera vez en la historia de la humanidad. Los lazos personales son tan fuertes en el grupo que trascienden. Es más, por encima del parentesco, hay algún elemento por el cual podemos querer a alguien que no es de nuestra sangre. ¿Por qué?

Sentimiento estético

Quizá la respuesta esté en la siguiente fase de la evolución humana, en la que convivieron en Europa dos humanidades: los Neanderthal (blancos, de pelo claro, ojos azules y más robustos) y los CroMagnon (negritos que venían de África, con la frente elevada y sin mentón). Además de las diferencias físicas, seguramente lo que más les sorprendió al verse fue que los CroMagnon iban adornados de arriba abajo. Si algo distingue a la especie humana actual de todas las demás del pasado es que no podemos vivir sin la belleza. Hay una tradición de amor en objetos de adorno que se remonta a hace casi 75.000 años. El adorno personal caracteriza a nuestra especie.

Eso dio lugar al arte rupestre, que es la manera en que la mente humana se hizo transparente a los demás y pudo enseñar lo que tenía dentro. Las personas vivimos en dos mundos: el real, donde estamos poco tiempo, y el imaginario, lleno de expectativas, frustraciones, reflexiones… El arte rupestre fue un traductor, porque nos conectó e hizo que pudieran traer el mundo mental al real. Así empezaron a existir conceptos, porque había un objeto que lo mostraba. Por ejemplo, detrás de la idea de pintar bisontes está la idea del nosotros. Nuestros antepasados se veían fuertes y nobles como los bisontes que pintaban, y así construyeron el concepto de una sociedad no ya basada en los genes, sino en los valores compartidos. 

El objeto natural le prestó su belleza estética a la idea, y la idea le prestó su belleza como idea al objeto, y le convirtió en un objeto bello por lo que significa. Nos emocionamos por lo que las cosas significan, por lo que las palabras, los cuadros o cualquier expresión nos evoca en nuestro interior, porque morimos por las ideas hermosas, porque nos mueve el corazón. 

Para terminar, me gustaría incidir en la importancia de escuchar la voz de los mayores. Viendo en una cueva unas pinturas rupestres de manos, supe que allí se reunían los humanos de hace 35.000 años para que –en comunión con los mayores que se habían ido y habían dejando la huella de sus manos en las paredes– una generación le pasara a la otra el conocimiento fundamental, que es algo muy sencillo: no nos podemos llevar nada de este mundo, así que lo único que cuenta es lo que dejemos en él. La vida es una carrera de relevos. Uno recibe el testigo de sus mayores y tiene una deuda de gratitud con ellos, que paga corriendo su vuelta a la pista para llevar el testigo a los siguientes; esa es nuestra misión. De cada uno de nosotros depende cómo dar esa vuelta a la pista. Yo os invito a correr siempre con dignidad” n


 Ignacio Martínez Mendizábal, paleontólogo

Artículo de opinión publicado en Executive Excellence nº136 febrero2017

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