Licenciado en Antropología por la Universidad de Cambridge, a los 32 años Nick Clegg inició su andadura política como diputado del Parlamento Europeo. Dos años después de su entrada a la Cámara de los Comunes, fue elegido líder de los liberales demócratas británicos. Cuando en 2010 ninguna formación política alcanzó la mayoría absoluta en la Cámara, el Partido Conservador de David Cameron formó coalición de gobierno con el Liberal, asumiendo Clegg el puesto de viceprimer ministro. En 2015, motivado por los malos resultados de las elecciones generales, renunció al liderazgo de su partido y abandonó el cargo.

Contrario al Brexit, acaba de publicar el libro Politics: Between the extremes, donde reivindica el centro frente al populismo. Clegg compartió parte de esas reivindicaciones durante su reciente visita a la Fundación Rafael del Pino, en la que pronunció la conferencia “Más allá del Brexit: los retos del futuro para Gran Bretaña y la Unión Europea”. Estas fueron algunas de sus reflexiones.

EXECUTIVE EXCELLENCE: ¿Hasta qué punto vivimos una complejidad sin precedentes?

NICK CLEGG: Es un cliché decir que vivimos en una época de turbulencias. Crecí en los años 70 y 80 con un paisaje político muy simple: derecha o izquierda, impuestos altos o bajos, empresario o trabajador. El paisaje ideológico estaba en la confrontación entre el Comunismo soviético y Occidente. Por lo tanto, el mundo a nivel político era muy sencillo: elegías decantarte por un lado o por otro.

Hoy el escenario ideológico es muy diferente, hay una distinción mucho más visceral entre quienes se sienten cómodos con el orden globalizado y aquellos que quieren cerrar las puertas y protegerse del mundo que les rodea. Este término se ha definido de muchas maneras: populistas o racionalistas, nacionalistas o internacionalistas, globalitas y chovinistas… Pero hay millones de personas que piensan que el statu quo les ha fallado, se sienten inseguras y con miedo, quieren soluciones fáciles a sus ansiedades, mientras que otros nos sentimos más cómodos con el orden liberal sofisticado y diverso en el que operamos. Esta distinción se está haciendo cada vez más visible en Reino Unido, y sospecho que también en España. 

E.E.: ¿Que significa todo esto para Europa y para Reino Unido? 

N.C.: Por primera vez, la existencia de la UE se está viendo amenazada. Un resultado electoral donde saliesen victoriosas la extrema izquierda o extrema derecha, podría ser el principio del fin de la Unión Europea, tal y como la conocemos. Afrontamos presiones externas que asolan a nuestro continente, como un presidente norteamericano nada amigo de la integración europea. Parece claro que no podemos depender de la relación trasatlántica, como estamos acostumbrados; aunque si hubiera ganado Hilary Clinton podría estar ocurriendo lo mismo, porque estratégicamente la Casa Blanca se va a centrar cada vez más en los intereses pacíficos y menos en los atlánticos. A esto se suman otros desafíos, como el de Vladimir Putin, persona peligrosa, que intenta hacer todo lo posible para acabar con las políticas multilaterales; o el de Erdogan, con quien resurge una política populista… Y todo esto sufriendo una crisis económica y social importantísima. 

Se vive con un enorme nivel de hostilidad pública, desafección y frustración. A la gente no le interesa la política convencional, y razones hay muchas: los cambios en los patrones y en los mercados de trabajo, la llegada de las nuevas tecnologías, el impacto de las redes sociales. Además, la caída del Muro de Berlín ha socavado los cimientos que apoyaron el debate ideológico de nuestro continente durante mucho tiempo. Si añadimos la crisis de refugiados y la llegada de la violencia extremista, podemos hacernos una idea del cuadro al que nos enfrentamos.

E.E.: ¿En qué medida la crisis de 2008 ha contribuido a configurar este panorama?

N.C.: Sin ella, probablemente Donald Trump no sería presidente ni los británicos habrían votado a favor de salir de la UE, ni tampoco Beppe Grillo ni el actual elenco de políticos nacionalistas y populistas habrían alcanzado el poder que ahora tienen. 

Vivimos en un periodo de transición donde la política del mañana será muy diferente, pues aún seguimos enfrentándonos a las consecuencias políticas, sociales y económicas de la crisis de 2008.

E.E.: ¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Qué papel pueden desempeñar España y Gran Bretaña ante los desequilibrios en nuestro continente?

N.C.: Después de pintar un paisaje pesimista, quiero pensar que cada crisis ofrece una oportunidad. Estamos en un punto de inflexión entre la desagregación y la renovación de la Unión Europea.

Hay tres áreas donde políticos y pensadores tenemos que hacer reformas de renovación. Después de 2008, los daños causados a la sociedad y la economía han sido enormes. Inevitablemente, el capital y la energía de nuestras políticas y líderes –y así lo experimenté yo como viceprimer ministro de mi país– han sufrido por igual. Hemos empezado a mirar hacia dentro, intentando arreglar los daños causados al tejido social de nuestros países. Si bien es esencial que sigamos reparando esos daños, es muy importante que los líderes políticos de todas las ideologías recuperen la capacidad y la ambición para, unidos a nivel internacional, hacer grandes cosas. La UE lleva demasiado tiempo mirándose el ombligo, pero debemos recuperar la confianza para embarcarnos en reformas ambiciosas. 

E.E.: ¿Pero, qué reformas?

N.C.: Primero, hay que completar el proyecto de la Eurozona. Si crear una única divisa para países tan diferentes ha sido impresionante, se erró al fundarse sobre una base incompleta y desequilibrada. Fue un error que el juicio político decidiese qué países podían estar. Un ejemplo es Grecia, que no podía soportar la disciplina, para ellos una camisa de fuerza económica y monetaria. 

Una unión monetaria, sin unión fiscal y económica en general, es algo difícilmente sostenible. Una zona de unidad monetaria necesita una serie de métodos sofisticados que permitan adaptarse a todos los mecanismos a nivel nacional y europeo. Sheffield, ciudad a la que represento, tiene una economía muy diferente a la de Londres, pero hemos conseguido encontrar maneras para crear amortiguadores que aporten flexibilidad y ayuden a solucionar los desequilibrios. Eso falla en la UE y en la Eurozona. En parte por razones políticas, pues es difícil para los gobiernos de países del norte de Europa explicar a sus contribuyentes que tienen que pagar la “factura” de los países del sur. De la misma manera que los gobiernos del sur lo tienen muy difícil para convencer a sus votantes de que han de aceptar una disciplina financiera impuesta por el norte. 

Este toma y daca entre norte y sur es muy peligroso y envenena políticamente; además, económicamente es difícil de sostener. Por ello hace falta un nuevo pacto norte-sur que estabilice la Eurozona, donde el norte acepte que, como países acreedores, tendrán que hacer frente a problemas de otras partes de la Eurozona. Eso se puede hacer de muchas maneras, pero la parte acreedora de la unión monetaria tendrá que estar dispuesta a meterse la mano en el bolsillo y asumir pagos. 

Los países más débiles de la UE tendrán que asumir una pérdida de soberanía, aceptando las reformas económicas y sociales necesarias para tener éxito en la unión monetaria. Esto, conocido por todos, es una cuestión que, aunque sea compleja y requiera de voluntad política, es necesaria para el propio bien de cada país y para la sostenibilidad y prosperidad de nuestro continente. Por ello, es esencial que se llegue a ese nuevo pacto para completar la Eurozona, y que las próximas generaciones de europeos tengan perspectivas más optimistas. 

El segundo reto ha sido puesto de manifiesto por la crisis de los refugiados, que ha revelado un fallo de diseño fundamental en el modo de administrar las fronteras. Europa es un continente caótico y abigarrado con todo tipo de fronteras: puedes eliminar las barreras internas, asegurándote de que hay otras externas suficientemente fuertes, pero no eliminar las fronteras internas a través del tratado de Schengen, sin instaurar sólidos controles de seguridad en las fronteras externas. El ejemplo de lo que puede ocurrir lo hemos visto el pasado verano. 

Lo que no podemos esperar es que nuestros conciudadanos acepten el nivel de caos administrativo que se reveló en las fronteras durante la pasada crisis de refugiados. Ahora, aunque tarde, se están tomando medidas para implantar controles eficaces y efectivos, pero si no se efectúan con éxito, al final habrá que suspender o sustituir Schengen. Esta es la segunda reforma que considero que es esencial.

El último reto se relaciona con la gran inseguridad estratégica que representan las amenazas terroristas: los propios extremistas en el continente europeo, el comportamiento del gobierno ruso, la violencia del norte de África o la inestabilidad en el Mediterráneo… Es fundamental que la UE desarrolle una identidad de defensa y seguridad mucho más importante. Eso no supone contradecir la OTAN, pero algo de razón tiene Trump cuando dice que no es justo que los soldados y contribuyentes americanos paguen la mayor parte de la factura para garantizar la seguridad de Europa, mientras que los propios gobiernos europeos no invierten lo suficiente en su propia seguridad. Francia y Gran Bretaña son los únicos con presupuestos de defensa razonables. Si la UE quiere seguir siendo fuerte, tiene que hacer un esfuerzo colectivo en materia de defensa y seguridad. 

Hemos de realizar las inversiones de una manera más coordinada y eficiente para conseguir un objetivo colectivo de defensa. Como continente gastamos más en defensa que China y Rusia juntas, pero lo hacemos de forma descoordinada e incoherente. Es importante que ofrezcamos una respuesta lógica a todos esos temores que tienen nuestros ciudadanos ante tanta inseguridad. 

E.E.: ¿Qué papel debería desempeñar España en esta propuesta reformista?

N.C.: En mi opinión, España actúa con excesiva modestia y humildad, no asumiendo un papel de más confianza en sí misma. Esto es consecuencia, posiblemente, de los enormes esfuerzos realizados para abordar las consecuencias económicas vividas, que han preocupado a toda la UE. Creo que ha llegado el momento de que España mire más allá de sus horizontes nacionales e intente extender su influencia con mayor confianza, más allá de sus fronteras. No es una opción, es un deber en un momento donde Reino Unido ha decidido –trágica y erróneamente, en mi opinión– retirarse de su vocación europeísta y, de forma inevitable, se dirige hacia una disminución de su rol en el escenario global. 

Tras el Brexit, es lógico pensar que Reino Unido no va a desempeñar un papel de liderazgo tan importante como el que podía jugar en materia de defensa, mercado único, etc. Considero que España podría llenar ese hueco y defender algunos de los aspectos positivos de ese pequeño legado anglosajón. Aun con todos los escándalos políticos que tiene –sobre todo los relativos a la corrupción–, detecto que tiene una cierta estabilidad política. Me parece que ha sido sorprendentemente inmune a nacionalismos xenófobos de derechas, que sí hemos visto en muchos otros países europeos que, tras la crisis económica, han hecho que millones de votantes se decanten por soluciones simplistas y ofrecidas por partidos aislacionistas, populistas, nacionalistas… 

España ha conseguido evitar caer en esa situación, algo que –políticamente hablando– le posiciona en una importante situación de mando, ya que ha sabido mantener la estabilidad y su identidad europea sin dar la espalda al mundo exterior. Esto me parece que es una baza importante que España puede utilizar con mayor confianza en el escenario europeo. 

E.E.: ¿Qué factura está pasando la corrupción política de España más allá de nuestras fronteras?

N.C.: Soy consciente de que hay muchos debates sobre la corrupción en la política española y sobre el futuro de Cataluña. Son debates internos que afectan a las clases políticas españolas, pero los que venimos de fuera del país, a los que tanto nos preocupa el futuro del continente, vemos esencial su participación en los grandes debates sobre futuras reformas de la UE, mucho más de lo que ha hecho hasta la fecha. Me parece que España tiene una relativa inmunidad ante las fuerzas y simplicidades xenófobas; con lo cual, en ese sentido puede desempeñar un papel importante. 

España atesora una credibilidad que se asocia a la experiencia de haber pasado por ajustes y reformas dolorosas, causadas por la crisis económica. Por eso España, y posiblemente Irlanda, pertenecen a una categoría especial, ya que son países que, de una manera incompleta, han pasado por un capítulo económico y social muy oscuro. El haber aceptado que los excesos cometidos en el pasado fueron un error y el hacer reformas amplias e importantes, están haciendo que España empiece a crecer de una forma sostenible y continuada. Esto le confiere, a diferencia de otros países como Grecia, una credibilidad que para mí es única y especial, y que podrá poner en valor cuando se tomen decisiones importantes en la UE, sobre planes de estabilización y reequilibrio en la Eurozona. 

Otro aspecto que hay que tener en cuenta es la relevancia de España en las relaciones con Latinoamérica, ya que es el principal puente de unión entre los dos continentes. Una baza estratégica muy interesante que podría utilizar más, y con más confianza, que lo que ha venido haciendo hasta la fecha. Así que espero que, en el contexto de todas esas fuerzas, España se convierta en coarquitecta y coautora del próximo capítulo de la política e integración europea, de una manera similar a como lo hizo Reino Unido en el pasado, y que no volverá a suceder. 

E.E.: ¿Qué razones llevan a Theresa May a convocar elecciones anticipadas? ¿Cuál es el dilema al que se enfrenta Reino Unido en su intento de salir de la UE? 

N.C.: Theresa May ha dado muchas razones, aparentemente dignas, de su intención de convocar elecciones generales, entre las que destaca su intención de tener más respaldo a la hora de negociar las condiciones del Brexit. 

Lo cierto es que detrás de eso hay causas mucho más oportunistas y cínicas a nivel político. Por un lado, sabe que su principal oponente, el líder del Partido Laborista, es uno de los candidatos menos elegibles como primer ministro que la oposición ha tenido en la política británica. Por otro lado, no es ajena al daño que le puede hacer la idea utópica que ha rodeado a la promesa del Brexit, según la cual cuando Reino Unido saliera de la UE habría millones de libras para invertir en seguridad social, los puestos de trabajo crecerían, la gente se enriquecería… En definitiva, promesas imposibles de cumplir y que, al estar muy alejadas de la realidad, hacen imprescindibles las elecciones anticipadas, antes de que empiecen a llegar las malas noticias del Brexit. 

Hace unos días anuncié que, en contra de mis propias expectativas, las pasadas elecciones serían mis últimas; pero hay ocasiones en las que uno se ve obligado a volver a presentarse, y lo voy a hacer en nombre de Sheffield. Una de las principales razones por las que lo he decidido, después de 12 años de altibajos en la política británica desde que fui elegido por primera vez en la Cámara de los Comunes, es porque creo que no hay ninguna duda de que, a menos que ocurra algo dramático, la señora May volverá a ser primera ministra el 9 de junio. La cuestión es: ¿Qué mandato va a tener? ¿Cuánto respaldo va a conseguir? ¿Quién se va a oponer a ella y a su versión dañina y cínica del Brexit? 

Para el futuro de Reino Unido, es esencial que May no gane por una mayoría aplastante que le permita ignorar al resto del Parlamento, quedándose sin oposición durante la próxima media década e imponiendo al pueblo británico un Brexit por el que nadie votó en 2016. Incluso quienes votaron a favor no lo hicieron necesariamente para salir del mercado único, ni de la unión aduanera, ni de todos los aspectos de afiliación europea. 

Sin embargo, Theresa May, por la presión de la derecha de su partido, ha decido seguir la vía más brutal y menos comprensiva de ruptura con la UE. Creo que esto es un reflejo de los resultados tan estrechos de los referéndums del año pasado. Pienso que todo esto es una forma de robo generacional, ya que un 70% de los jóvenes de entre 18 y 24 años que votaron en el referéndum, lo hicieron por un futuro muy diferente. Es incomprensible que en una democracia madura, la primera ministra les diga a millones de jóvenes: “Vosotros habéis votado por un futuro diferente, sé que os interesa, pero os voy a ignorar y os voy a imponer a vosotros –que sois quienes vais a tener que vivir las consecuencias– la versión más dañina y menos atractiva del Brexit”.

Lo más importante es que se mantenga la libertad y la discreción para votar contra el acuerdo de Brexit que presentará Theresa May al Parlamento británico. No importa tanto quién resida en el número 10 de Downing Street, sino qué mayoría tiene, qué tipo de mandato recibe y quiénes y cómo van a oponerse, después del 9 de junio, para impedir que se nos obligue a aceptar unas condiciones que serían catastróficas para Reino Unido. 

Si no recibe tanta mayoría como espera, puede suponer un impacto muy profundo en la confianza y seguridad que va a tener en el Parlamento dentro de dos años para poner al país por delante del Partido, e incluso que sus condados se manifiesten por delante de su afiliación política a la hora de decidir ese día si quieren aceptar la versión del Brexit que se les propone, o no. 

Asistimos pues a un momento de turbulencias y ansiedad sin precedentes, con una gran volatilidad en la política de nuestros países. Realmente sufro por lo que está ocurriendo en mí país, pero soy muy optimista por lo que veo y por lo que creo que es posible. España debe tener esa confianza renovada en su propia capacidad para enfrentarse al futuro, y ese es el legado que queremos ofrecer a nuestros hijos en Europa.


Nick Clegg, exlíder del Partido Liberal británico y exviceprimer ministro de Reino Unido (2010-2015).

Fotos de Daniel Santamaría.

Publicado en Executive Excellence nº139 mayo 2017.

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