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El hombre no es infinito, tiene limitaciones -físicas, afectivas y emocionales- pero en la mayor parte de las ocasiones, esas limitaciones no son «reales» sino «mentales»; falsas creencias incrustadas en nuestro inconsciente más hondo que nos impiden dar lo mejor de nosotros mismos.

El Doctor Lair Ribeiro, médico brasileño afincado en Estados Unidos y profesor de la Universidad Thomas Jefferson, en su libro «El éxito no llega por casualidad» (Urano, 1997) pone un par de ejemplos para explicar cómo se crean estos condicionantes.

Primer ejemplo. Coloque una pulga dentro de un frasco y tápelo. En ese momento, la pulga empezará a saltar pero como el frasco está cerrado no puede salir. Tras varios intentos frustrados, llega un momento en que el insecto decide pararse definitivamente: ha llegado a la conclusión de que es imposible escapar. En ese momento, Vd. puede quitar la tapa del frasco que la pulga no intentará salir jamás. Si lo intentase, lo conseguiría, pero su cerebro ha quedado programado de tal manera que cree que no tiene salida.

Segundo ejemplo. En el mundo del circo, con el adiestramiento de elefantes, sucede algo parecido. Cuando el animal acaba de nacer, se le ata la pata a un árbol. Como es demasiado pequeño, intenta soltarse pero su falta de fuerza se lo impide. Después de varios intentos, desiste. Ya adulto, en el circo, cuando el domador ata la pata del animal a un taburete, el elefante permanece quieto y no intenta huir. Si quisiese lo haría y se llevaría todo por delante, pero en su cerebro se produce una asociación entre la cuerda y el nudo y la ausencia de escapatoria.

A los seres humanos nos ocurre algo similar con nuestras limitaciones. De algunas de esas limitaciones -por ejemplo, la de un niño dándole la mano a la madre para cruzar la calle- nos vamos liberando poco a poco, pero otras -más profundas e inconscientes- permanecen encalladas mermando nuestras posibilidades de alcanzar objetivos. Con gran acierto Henry Ford aseguraba: «Tanto si piensas que puedes como si piensas que no puedes, estás en lo cierto». Thomas Carlyle iba por idénticos senderos: «No digas es imposible, di no lo he intentado todavía». Una de mis frases preferidas dice así: «Lo hicieron, porque no sabían que era imposible». El escritor argentino Jorge Luis Borges, poco antes de morir, manifestaba: «Si naciera de nuevo viviría de manera diferente porque que he dedicado más del 80% del tiempo a prepararme para problemas que nunca se presentaron».

¿Y cómo se generan esas limitaciones en el ser humano?

Con los mensajes negativos que absorbemos de nuestro entorno. El Dr. Ribeiro también lo explica con otra investigación. Científicos estadounidenses llevaron a cabo un estudio con una serie de niños para saber qué oían exactamente al cabo de un día. Colocaron micrófonos detrás de las orejas de los pequeños y lo grabaron todo durante 24 horas. Con los datos que obtuvieron, descubrieron que un niño -desde que nace hasta que cumple los 8 años de edad- oye más de unas 100.000 veces la palabra «No»: ¡No hagas eso!, ¡No pongas el dedo ahí!, ¡No toques el frigorífico!... Y otro dato llamativo: por cada elogio que recibe un niño, recibe nueve reprimendas.

Con estas cifras no es difícil entender los miedos, inseguridades, dudas y temores que se instalan en nuestro disco duro y que a todos nos atenazan en multitud de ocasiones. El cineasta Woody Allen decía en cierta ocasión: «El miedo es mi compañero más fiel; jamás me ha engañado para irse con otro». Todos tenemos miedos y sus consecuencias son demoledoras, ya que como afirma Eduardo Punset, «la felicidad es la ausencia de miedo».

¿Cuál es la solución?

Inyectar confianza -para que la gente se atreva y crezca la autoestima- y ser condescendiente con el error -para que la gente vuelva a intentarlo y la autoestima no se deteriore- son aspectos claves para construir personalidades sólidas. Cada día lo tengo más claro: la confianza es la vitamina del talento. Cuando existe confianza el talento se atreve; despliega las alas y se manifiesta con toda su plenitud sin miedo a ser juzgado. Cuando hay confianza, el talento se expande y alcanza límites insospechados. Como bien explica Rosabeth Moss Kanter, Profesora de la Harvard Business School, en su libro «Confianza» (Granica, 2006): «La acción de confiar es el factor clave que les permite a las personas vulgares y corrientes alcanzar altos niveles de rendimiento a través de rutinas que promueven su talento. La confianza es el puente que conecta las expectativas y el rendimiento, la inversión y los resultados».

Y, ¿cuál es el mayor enemigo de la confianza?

La dictadura, la imposición, el autoritarismo; cualquier práctica que reprima sin escrúpulos. Cuando se tiene acceso a la intimidad de las personas -el coaching lo permite- uno descubre que las personalidades acomplejadas e inseguras no son más que el resultado de entornos asfixiantes donde el miedo a expresarse ha ido carcomiendo poco a poco a la persona hasta aniquilar su propia personalidad. La voz interior está anestesiada por una educación agobiante que ha ido imponiendo modos de hacer y conductas que son tremendamente dañinas para el crecimiento personal.

Cuando el talento no está respaldado por la confianza, se halla reprimido por el miedo, encarcelado por la amenaza, cohibido por el temor al castigo, esposado por una presión excesiva, anulado por la hostilidad, entonces se diluye todo su potencial. Cuando no hay confianza, el talento parece peor de lo que es; pasa desapercibido, se contrae y la batalla está perdida de antemano. El pronóstico no es difícil de acertar: resultados mediocres. 


Francisco Alcaide Hernández, Profesor Universidad Antonio de Nebrija  

http://franciscoalcaide.blogspot.com/

 Artículo de opinión publicado en Executive Excellence nº50 may08

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