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Con motivo de la presentación del informe “Mujer, empresa y regulación 2012”, elaborado por la Corporación Financiera Internacional y el Banco Mundial, tuvimos el placer de charlar en la Fundación Rafael del Pino con Augusto López-Claros, director del Departamento de Análisis e Indicadores Globales del Banco Mundial y de la Corporación Financiera Internacional.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: En nuestras conversaciones respecto de Iberoamérica, tanto desde la perspectiva política (Enrique Iglesias, secretario general iberoamericano, en Executive Excellence, nº 85, octubre 2011) como desde la empresarial (Marco Antonio Slim, Executive Excellence, nº 82, junio 2011), los entrevistados coinciden en el momento estratégico que la región vive. Un continente de 590 millones de habitantes con una media de edad de 27 años tiene un potencial tremendo. Hoy existen sistemas financieros sólidos, democracias consolidadas y grandes recursos naturales que, en un entorno de bajos intereses, pueden catapultar a la región fuera del círculo vicioso de la pobreza. ¿Coincide su visión, como director del Departamento de Análisis e Indicadores Globales del Banco Mundial, con el optimismo que tanto Slim como Iglesias exudan?

AUGUSTO LÓPEZ-CLAROS: Hay que hacer una distinción entre el crecimiento a corto plazo (muy importante en los últimos años) y el crecimiento a largo plazo. La situación es muy positiva en algunos países, como consecuencia de lo que está ocurriendo con los commodities. Argentina, como gran exportadora de soja, se ha visto beneficiada por la actividad de los mercados, cuyos precios son hoy históricamente elevados. Ocurre lo mismo en Chile con el cobre, y en otros países con otras materias primas. Son muchos los países latinoamericanos que han sido capaces de capitalizar gracias a estas mejoras de precio, al tiempo que han seguido políticas fiscales cautelosas. Los períodos de indisciplina fiscal e irresponsabilidad financiera que había en la región en los años 70 y 80 se han terminado. Hay un movimiento generalizado hacia políticas macroeconómicas de mayor estabilidad, que enfatizan la estabilidad de los precios y los tipos de cambio -bajo un manto de política fiscal racional-, generando un beneficio para la región. 

Lo que puede preocupar es la situación a largo plazo, pues vivimos en un contexto donde hay algunas economías que están saliendo con mucho repunte. En el Informe que acabamos de publicar en el Banco Mundial (el Doing Business), hemos hecho un case study sobre Corea, que ha pasado de la decimoquinta posición de este ranking a la octava. Detrás de esto hay una amplia serie de reformas de tipo estructural, orientadas a potenciar muchos otros aspectos de la economía, más allá de la simple estabilidad macroeconómica o el manejo racional del presupuesto. Corea ha realizado grandes inversiones en la mejora de infraestructuras y en tecnología. De hecho, la mayor penetración de banda ancha en el mundo se da en Corea. Asimismo, la inversión en educación es de las más elevadas, pues reconocen la necesidad de la formación como un aspecto muy importante de la competitividad. Si comparamos el punto de partida y lo ejercido en los últimos años por Corea, solo encontraría Chile como posible ejemplo similar.

En cualquier caso, hay situaciones muy alentadoras en Latinoamérica, consecuencia de una mejor gestión macroeconómica. En el año 2008, cuando llegó la crisis, la región estaba en una posición mucho más sólida, algo positivo; sin embargo, considero que en nuevas tecnologías, educación e infraestructuras aún existe un amplio campo de mejora. 

Uno de los últimos estudios publicados sobre este tema en el Fondo Monetario Internacional desveló que en el año 2010, a nivel global, se destinaron 600 billones de euros a subvenciones para la gasolina y el gas. En la India, la subvención anual de estas energías llega al 4% del Producto Interno Bruto. Bajo las buenas intenciones que esta política representa, intentando amortiguar el impacto de estos costes en la población, en la práctica los segmentos que más se benefician de dichos subsidios son los propietarios de vehículos, es decir, la clase media (y no la gente pobre). Este subsidio a la clase media es cuestionable desde el punto de vista distributivo, sin tener en cuenta el impacto que tiene sobre el medio ambiente y el consumo. En mi opinión, esta mala asignación de recursos se da en toda la región, salvo quizás en Chile. Esto me parece lamentable. 

Si analizamos el caso de Bolivia, vemos que el gas natural está subsidiado en cientos de millones de dólares; en lugar de utilizar ese dinero para construir escuelas, mejorar las infraestructuras, que son pésimas, o la salud pública, cuyo sistema es anticuado. Ahora bien, si analizamos la tasa de crecimiento de Bolivia en los últimos años, comprobamos que no ha sido mala, gracias a los precios y al entorno. Sin embargo, valerse de esta política como estrategia de desarrollo conduce a una asignación de recursos que lastra el futuro. Por eso, y volviendo a su pregunta original, creo que la región aún tiene desafíos importantes. 

A principios de los años 80, Corea, un país sin ningún tipo de recursos naturales, tenía una renta per cápita inferior a la argentina o la brasileña. Hoy ha dejado atrás a todos estos países. No hace mucho tiempo, tuve el placer de estar con el presidente de la universidad coreana más importante –que tiene unos 30.000 alumnos–, quien me contaba la estrategia de desarrollo de su universidad. Su meta a medio plazo es ofrecer la mitad de los cursos en inglés y aumentar, año tras año, el volumen de asignaturas en ese idioma. Es decir, los coreanos saben que si desean estar insertados en la economía global -y dejar su huella en ella- han de hacer eso. Echo de menos esa mentalidad en muchas partes de Latinoamérica.

Finalmente, no podemos hablar sobre el futuro de la región sin decir algo sobre el entorno económico mundial, que no es precisamente favorable. En el largo plazo, me preocupa el hecho de que tenemos toda una serie de problemas globales (como el cambio climático, la regulación del sistema financiero internacional, la proliferación nuclear, entre muchos otros), pero no tenemos los mecanismos institucionales globales para resolverlos. Tenemos un entendimiento cada vez más claro de que tales problemas no admiten solución fuera de un marco mucho más poderoso de cooperación internacional, pero no veo la voluntad política para plantearnos la necesidad de fortalecer las instituciones que tenemos, o diseñar otras para lidiar con graves problemas que, simplemente, no están recibiendo la atención que merecen. Menciono esto porque Latinoamérica está totalmente integrada en la economía mundial, y las crisis y la inestabilidad en otras partes del mundo tendrá una repercusión importante sobre la región. Lo queramos o no, la Tierra se ha convertido en un solo país, pero lamentablemente, como dijera Bertrand Russell, los horizontes mentales de nuestros políticos no han despertado todavía a este hecho.

F.F.S.: Hemos podido observar la importancia que da al género en el desarrollo de los países. Decía recientemente que si bien Arabia Saudita invertía grandes cantidades en la formación de sus mujeres, luego no las integraba a la estructura empresarial y productiva del país. ¿Los países que no son capaces de integrar la igualdad de género en sus estructuras productivas empresariales están desaprovechando grandes recursos?

A.L-C.: En el Banco Mundial acabamos de publicar un informe muy interesante y que, básicamente, refleja las diferenciaciones jurídicas que establecen los países a través de la ley, su constitución y sus códigos civiles. Nos hemos planteado toda una serie de preguntas respecto de cómo trata la ley de forma diferencial a los hombres y las mujeres. A través de la investigación de todo el aparato legislativo de 141 países, hemos conseguido observar las diferencias que existen. Partiendo de cosas tan sencillas como la facilidad que tiene una mujer para sacar un pasaporte (frente al hombre) y viajar, o para registrar una compañía y abrir una cuenta en el banco. En total, hemos investigado 45 temas a lo largo de diferentes actividades del quehacer económico y político de un país. Esto nos ha proporcionado un claro conocimiento de qué partes del mundo gozan de igualdad de género, en términos jurídicos, y cuáles no. 

Hace cinco años, en el Foro Económico Mundial, fui el autor principal de un estudio sobre la brecha de género. Tras analizar 25 indicadores en diferentes áreas hicimos un ranking de 60 países. A raíz de este estudio, descubrimos la estrecha correlación entre el éxito de un país y su capacidad de integración de la mujer en todas las dimensiones del quehacer económico y político. Las economías más competitivas son aquellas que gozan de un amplio nivel de integración de la mujer; a más paridad e igualdad, mayor desarrollo.

En última instancia, la productividad de un país depende de la buena asignación de los recursos. Obviamente, esta ha de ser entendida en un esquema más amplio que incluya la asignación de los recursos humanos. Cuando un país, por tradiciones, por un mal entendimiento de la religión (pienso yo) o por tabús sociales, elimina de la ecuación a la mitad de la población, evitando que esta contribuya al desarrollo, la economía se va a ver afectada. 

Estamos observando cómo muchos países de Oriente Medio y África invierten importantes cantidades en educación, pero cuando esa educación va acompañada de una bajísima participación de la mujer, el rendimiento de la inversión no es el adecuado. Cuando, por la razón que sea, el mercado de trabajo está claramente sesgado hacia los hombres, existe un importante impacto sobre la productividad y, por tanto, sobre el crecimiento económico del país. La prosperidad no será la que se podría alcanzar con una integración adecuada. Desde esta perspectiva, la igualdad de género deja de tener exclusivamente una dimensión ética y de justicia y es vista además como un tema de eficiencia económica, crucial para la creación de un mundo más próspero. 

F.F.S.: Mantener un equilibrio entre la parte científica y espiritual no es sencillo, como nos contaba el premio Nobel Robert Aumann (Executive Excellence, nº 48, marzo 2010), o de forma similar el economista Jeremy Rifkin, quien sostiene la necesidad de trascender fronteras para derribar barreras y generar un equilibrio que permita superar las futuras crisis, a través de una revolución medioambiental. Como Bahá’í practicante, ¿qué opinión tiene de la ética y su importancia en todo lo que nos ha acontecido?

A.L-C.: Si uno analiza las raíces de la crisis de 2008, descubrirá la existencia de un componente ético-moral muy importante. Cuando hablamos de la crisis de esos años, estamos hablando también de abusos cometidos en el sistema financiero, de prácticas y hábitos que no pueden ser reconciliados con una visión del bien común. Hay un creciente replanteamiento en el mundo sobre la importancia de los valores—la honestidad, la justicia, una preocupación por el bienestar de los más necesitados—y ha llegado el momento de formular políticas que fortalezcan la prosperidad de los pueblos y que estén iluminadas por valores éticos, como el respeto por los derechos humanos, la equidad, la apertura de oportunidades a los pobres, una mayor atención a las implicaciones del medio ambiente con el crecimiento económico. Vivimos una irónica situación en el mundo: los niveles de ingreso per cápita son elevados, existe más riqueza que nunca en la historia de la humanidad, los importantes desarrollos en el mundo tecnológico, del transporte, de la comunicación, etc. (el technology empowerment) han dado el poder a la sociedad para lidiar con muchos de los problemas que anteriormente no eran solubles; sin embargo, coexistimos con niveles de pobreza muy elevados y con una creciente disparidad de ingresos y oportunidades. Ha habido progresos en la erradicación de la pobreza extrema, pero marginales y principalmente situados en China, gracias a las tasas de crecimiento que ha tenido en los últimos 20 años. Hoy, en números absolutos, tenemos más pobres en el mundo que nunca antes. Según los indicadores del Banco Mundial, los últimos datos sobre la pobreza, correspondientes a 2005 (es decir, antes de la crisis económica global reciente), indican que hay 2.600 millones de personas con un ingreso per cápita inferior a los ¡dos dólares por día! 

Como se puede imaginar, la calidad de vida de una persona con este ingreso es tremendamente limitada en cuanto a acceso a servicios, a salud pública, a educación… No tiene acceso a las cosas más básicas de la vida. Vivimos en un mundo con inmensa riqueza y con la suficiente capacidad tecnológica como para lidiar con muchos de estos problemas, pero seguimos coexistiendo con increíbles niveles de pobreza; esto ya no es aceptable. 

La solución de estos problemas tiene dos componentes, uno tecnocrático o tecnológico: cómo hacer mejor las cosas, cómo llegar mejor a los pobres, cómo distribuir mejor los ingresos, cómo utilizar mejor el empoderamiento tecnológico para encontrar soluciones prácticas que alivien el sufrimiento humano. Y luego está la dimensión ético-moral, donde las gentes privilegiadas de los países ricos (y que tienen ingresos muy elevados) han de contribuir a aliviar la carga de la pobreza en otros entornos. Son muchos los países que están en sintonía con este nuevo planteamiento, sobre todo los nórdicos, donde invierten en ayuda pública al desarrollo más del 1% de su PIB. Cada día hay mayores apoyos e iniciativas para fomentar el trasvase de riqueza hacia zonas necesitadas, pero esta situación no es generalizada, pues existen países ricos cuya aportación es muy baja. Tenemos que ir planteando de forma creciente estas discrepancias en su dimensión ética y moral. Un elemento adicional es la necesidad de hacer un mejor uso de nuestros (limitados) recursos públicos. Me he referido a las ineficiencias de subsidios a la clase media en muchos de los países más pobres. Dedicamos también sumas siderales al fortalecimiento de establecimientos militares, porque vivimos en un mundo en el que no hay seguridad colectiva. Los países, entonces, gastan anualmente más de 1.000 millones de dólares en defensa, recursos que podrían ser mejor utilizados en educación, infraestructura y salud pública. Aquí la Unión Europea ofrece un modelo digno de imitación a escala global, al haberse eliminado la posibilidad de conflictos bélicos entre sus miembros (un logro magnífico, a la luz de una historia sangrienta). El gasto militar durante los últimos 20 años ha caído significativamente, liberando recursos para el desarrollo humano.

F.F.S.: Recientemente declaraba que, en un futuro próximo, los americanos que solo tengan el bachillerato elemental como formación no superarán el umbral de la pobreza. Se desprende de su disertación que la educación es un factor esencial para el desarrollo de las personas y los países.

A.L-C.: En las últimas décadas, y hablando en términos relativos, hemos visto una enorme potenciación de la educación y capacitación como fuente de riqueza. Si nos remontamos a 1960, en Baltimore había una industria muy importante del acero, en la que destacaba la US Bethlehem. Una vez analizado el promedio de capacitación de los obreros que trabajaban en esta fábrica, se descubrió que la media era bastante baja y que había muchos que únicamente tenían la educación primaria. Sin embargo, esto no impedía que los salarios fueran razonables y que aspirasen a pertenecer a la clase media con automóvil, vivienda e hijos universitarios. En aquellos tiempos, gente con educación básica pudo pasar a formar parte de la clase media americana. Hoy en día, esto es virtualmente imposible. 

La forma en la cual la economía global se ha sofisticado y se han transformado las industrias ha hecho que los retornos de la educación hayan aumentado dramáticamente. Los países que han reconocido esto, como Corea, han logrado potenciar sus ingresos y dejar una huella en la economía global. Son países que han desarrollado nueva industria, que han potenciado su capacidad innovadora, y que están en el filo de la frontera tecnológica. Los que todavía no han cruzado ese umbral, como muchos de África, el sur de Asia o Latinoamérica, están quedándose rezagados; pasan a ser parte de un club al que pertenece una sexta parte de la población del mundo, donde el ingreso per cápita en los últimos 30 años se ha contraído, donde la gente con ambición y espíritu emprendedor emigra y donde una parte importante del “paisaje” nacional es la pobreza, la inestabilidad política, la enfermedad y el crimen. El deterioro de la distribución del ingreso, al cual se hace continua referencia en la prensa, es reflejo de lo anteriormente explicado. 

Todo esto me lleva de vuelta a la primera pregunta de esta entrevista. En muchas partes del mundo necesitamos ser más inteligentes en las prioridades que establecemos a nivel de gasto público. Gastamos demasiado dinero de forma ineficiente, como en subsidios a la gasolina, y no invertimos suficiente en educación, infraestructuras y salud pública, que son las áreas que van a permitir el aumento de la productividad y la competitividad. Ahí es donde los gobiernos latinoamericanos deben enfocar su estrategia de desarrollo. No basta simplemente con tener un presupuesto equilibrado y reservas elevadas en el Banco Central como para derrotar a los especuladores o financiar las importaciones en medio de una crisis. Eso no es suficiente, y es una actitud minimalista. Es tal vez entendible, porque vienen de un trasfondo histórico de mucha inflación, inestabilidad y caos; y, en términos relativos, parece que la situación está mucho mejor, pero es solo en términos relativos. Si no hacemos un uso inteligente y eficiente de los recursos, nos iremos quedando atrás, como les está ocurriendo a muchos países en relación a Corea, Singapur o Taiwán.

F.F.S.: En países de mucho desarrollo, la educación se contempla como un commodity. Además de en Corea, encontramos otros contrastes como en La India, capaz de producir más ingenieros que ningún otro país del mundo, y que convive con niveles de pobreza y educación ínfimos. ¿Cuáles son las palancas y las claves de un país para que pase de una actitud “complaciente” a una actitud coreana?

A.L-C.: Un gran punto de partida es un replanteamiento minucioso de “cómo” utilizamos el presupuesto como un mecanismo no solamente distributivo, sino impulsor de un mejor desarrollo económico.

Una vez al año, los países tienen la oportunidad de hacer una reformulación de sus prioridades de gasto, en el contexto de la preparación de los presupuestos anuales, a diferencia de la política monetaria donde se pueden cambiar las tasas de interés cada semana y cuantas veces sea necesario a lo largo del año. 

Es esencial que los países se planteen de una forma mucho más aguda qué clase de prioridades tienen y cómo se puede ir potenciando aquellas áreas que lo necesitan. En la teoría, muchos gobernantes reconocen que tenemos que capacitar más a nuestra mano de obra, hacer del inglés una parte importante del curriculum en las escuelas y los colegios, fomentar el uso de la últimas tecnologías para mejorar la calidad de los servicios, facilitar la integración de la mujer a la economía, la empresa y el mundo de la política. Pero, llegado el momento, encontramos que muchos gobiernos no están dispuestos a tomar la decisiones difíciles, que son un punto de partida para reestructurar el gasto público, para potenciar la capacidad del Estado para responder a las necesidades de los más necesitados. Es el condicionamiento al cortoplacismo que los políticos tienen lo que, frecuentemente, nos impide tomar decisiones en función del largo plazo y con la debida consideración de los intereses de generaciones futuras.

La población está también mal acostumbrada. En muchos mercados emergentes, se ha creado una especie de dependencia -casi adicción- a la energía barata, por ejemplo. El problema es el coste de oportunidad tan grande que esto significa. Cuando un país gasta anualmente cientos de millones en subvencionar el consumo, está detrayendo, de forma consciente, esos recursos de otras áreas. Este fallo de gobernabilidad a nivel político tiene implicaciones a futuro, no solo por la tasa de crecimiento económico, que podría ser mucho más elevada, sino en cuanto al posicionamiento del país respecto de lo que está ocurriendo a nivel internacional. Bolivia se está quedando atrás, porque no tiene unas prioridades de largo plazo bien establecidas y que ayuden a la proyección del país sobre el mundo. Dicho sea de paso, Bolivia es mucho más rico en materias primas de lo que jamás lo ha sido Corea. A muchos les podrá parecer un ejemplo difícil de contrastar, pero en los años 60 Corea tenía aún menos expectativas que Bolivia.

F.F.S.: Parte de la teoría de Finn Kydland (Nobel Economía 2004. Executive Excellence nº 70, mayo 2010) sobre las relaciones y las interacciones ha sido utilizada para explicar el desarrollo de unos países frente a otros. Esencialmente, Kydland razonaba que las condiciones jurídicas y fiscales han de permanecer estables a lo largo del tiempo para generar atracción de capitales.

A.L-C.: Estoy absolutamente de acuerdo. Nuestra percepción respecto de aquello que es importante para generar riqueza y prosperidad ha ido cambiando a lo largo de las últimas décadas. En los 70 y 80, el debate en los corredores de los organismos multilaterales (particularmente el Fondo Monetario Internacional) estaba centrado en la estabilidad macroeconómica: hay que bajar la inflación del 300% al 10%, o menos; hay que tener presupuestos racionales, pues no se puede generar riqueza con inestabilidad en los mercados financieros. Pero, una vez que se ha ido llegando a niveles cada vez más altos de estabilidad económica -los bancos centrales han tenido mucho éxito al ir desacelerándose la tasa de crecimiento de los precios-, nos hemos dado cuenta de que es necesario hacer mucho más. Entre otras cosas, la creación de un sistema de reglas racional y eficiente donde esté incluida la estabilidad jurídica, tener “rule of law”. Unas reglas del juego que vayan cambiando de gobierno en gobierno no contribuyen a atraer inversión.  

Un ejemplo interesante de cómo ha ido cambiando el debate sobre cuáles son los ingredientes más importantes de estrategias de desarrollo coherentes es el informe anual Doing Business del Banco Mundial, con el énfasis que este pone, a través de sus indicadores, en los derechos de propiedad, la eficiencia del sistema tributario, las protecciones que ofrece la ley a los intereses de los inversionistas, las numerosas formas en las que el Estado, a través de la excesiva y mal diseñada regulación, puede frenar la iniciativa privada y socavar el emprendimiento. En este proyecto, vemos que la mejora del trasfondo institucional en el que opera el sector privado puede tener un impacto poderoso sobre el crecimiento económico y la generación de empleo y oportunidades. Indudablemente, las reglas bien pensadas y estables son un elemento esencial para promover la prosperidad y oportunidad. Lo alentador del proyecto Doing Business es la medida en la que la existencia de estos indicadores ha creado incentivos poderosos, a través de los rankings que se emiten anualmente, para ir mejorando de manera gradual la calidad de las instituciones y las reglas que gobiernan partes importantes de la actividad económica.

 


Entrevista publicada en Executive Excellence nº86 nov11

 

 

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