Antonio López, donde la emoción se hace arte

Antonio López García nació en Tomelloso (Ciudad Real), en 1936, meses antes del comienzo de la Guerra Civil. En 1949 se trasladó a Madrid para preparar su ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se formó hasta 1955. En esa época viajó a Italia, para conocer la pintura del Renacimiento.

Tras terminar los estudios, realizó sus primeras exposiciones individuales en Madrid. De 1965 a 1969, fue profesor encargado de la Cátedra de Preparatorio de Colorido en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

 Su obra, reconocida dentro y fuera de España, le ha merecido numerosos galardones, como la Medalla de Oro de las Bellas Artes, en 1983, o el premio Príncipe de Asturias de las Artes, dos años después. En enero de 1993 fue nombrado miembro de número de la madrileña Real Academia de San Fernando. En 2006 recibió el Premio Velázquez de las Artes Plásticas.

Durante la pasada entrega de la Medalla de Oro de la ciudad de Madrid 2010, uno de sus últimos reconocimientos, Antonio López recordaba su llegada a la capital con 13 años: “Aquí encontré amigos que me apoyaron y una sociedad que me dio trabajo. Sus gentes y sus calles han sido el motivo de mi inspiración”. Algo de lo que da fe buena parte de su obra.

Sabemos que estas “pinceladas” biográficas de Antonio López son públicas y notorias, pero creemos que las que, a continuación, comparte con nosotros sobre su personalidad y experiencia no lo son tanto.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS: Una vez dijo eso de “tengo tanta fe en mi trabajo y en mí mismo, que aquí sigo”. ¿Hasta qué punto es importante la confianza en lo que uno hace?

ANTONIO LÓPEZ: Tomarse al pie de la letra esa afirmación me parece excesivo. Sí que tengo una sólida confianza en mí mismo, y una dependencia –que en parte es amor– hacia mi trabajo. Es una pasión, y como tal me genera la necesidad de hacer lo que hago. En ese caso -mi caso- diría que es tan importante la necesidad como la confianza.

Un artista puede tener desconfianza, entre otras cosas porque depende de la respuesta del entorno; de lo que le digan los demás respecto de su obra. Evidentemente si se tiene pasión por lo que se hace –como en todos los ámbitos y relaciones de la vida–, esa pasión determinará en gran medida la confianza en uno mismo.

F.F.S.: Vivimos una de explosión de libertad como fuente de creatividad. Hablamos más de aquello que sorprende, aunque no necesariamente esté bien hecho. Los filtros y los niveles de selección necesarios para alcanzar la calidad y calificación de artista están cada vez más difusos. ¿Ganamos o perdemos calidad en el entorno artístico?

A.L.: Creo que hoy existen filtros; diferentes, pero filtros a fin de cuentas. Indudablemente que los hay, pues de lo contrario, todos quienes se inician en el mundo del arte (millones) saldrían adelante, y no es así. Creo que hoy los artistas salen adelante en una proporción igual de reducida que en mis comienzos.  Lo que sí que ha cambiado es la diversidad. El arte, y su lenguaje, es cada vez más diverso. La variedad de lenguajes hace que aumente la sensación de extensión que tiene el arte. Nos damos cuenta de que hay áreas aún sin explorar. En la antigüedad, cada época tiene su lenguaje y cada cual tenía algo que le caracterizaba.

F.F.S.: Vivir el presente, ha dicho, “es de una tremenda complejidad. Dependiendo de dónde se viva, cada presente es diferente. Y percibes esos presentes con la esperanza de que las buenas cosas pasadas pervivan”. Percibo en estas declaraciones un cierto nivel de tristeza. Como si esas bellas experiencias de su infancia ya no tengan lugar hoy. Desde esa juventud propia de Tomelloso a la infancia que observa ahora en sus nietas, el cambio sido muy profundo. ¿Se han perdido factores que sirvieron para estimular su carrera?

A.L.: Lo que yo viví, esas experiencias, forman parte del pasado y ya no se repetirán. Las cosas han cambiado y confieso que hoy desconozco los encantos de la vida para los jóvenes. La infancia de ahora es diferente, y no puedo dejar de reconocer que se ha mejorado en muchas cosas. En mi época, un niño podía fallecer de una pulmonía. Esa frecuente inquietud y dolor que se vivía entonces, afortunadamente, hoy ya no existe (o no a esos niveles). Eso evidentemente tiene su precio, que ahora estamos pagando.

No quiero ser pesismista y pensar que hemos perdido cosas, pues tampoco eso se correspondería con la realidad. Cada época es distinta y nos ha tocado vivir ésta. No tiene sentido darle vueltas. Yo no sé cómo sería la vida en los siglos anteriores; habría que vivirla. En la antigüedad, el hombre tenía un gran sentimiento de proximidad con los dioses. Ocurrían acontecimientos imprevistos, terribles, pero Dios estaba allí para echar una mano. Quizá hoy ya no tenemos esa idea del dios como consuelo. Es, como digo, otra época.

F.F.S.: Vendió sus primeros cuadros en los años 50 y la exposición que entonces celebró en los Estados Unidos coincidió con el nacimiento de la corriente neorrealista americana. Esta afortunada coincidencia hizo que su pintura se comprendiese y apreciase. De hecho fue, y sigue siendo, uno de los pintores mundialmente más cotizados. Nos llama mucho la atención cómo ese éxito, que aporta seguridad financiera para desarrollar la carrera profesional, está en contraste con su estilo de vida. Siempre ha destilado una frugalidad y sencillez pasmosas y, como testigos directos de esa personalidad tan tranquila, reposada y despegada de necesidades específicas, tenemos la impresión de que el materialismo no tiene cabida en su vida. ¿Cómo se es tan sobrio?

A.L.: Yo disfruto, aunque no lo parezca, de unos lujos al alcance de pocos. Disfruto con mi trabajo. Al lado de eso, para mí, tener un yate no es nada. Hay cosas que se consideran un lujo que no me llaman la atención.

Pero sí creo que me relaciono bien con el materialismo. Cuando tienes como prioridad que el trabajo salga lo mejor posible -y que lograrlo sea una medida de tu voluntad y tus deseos- ya has conseguido recorrer la mitad del camino en esa relación. Si además te lo pagan bien, como a mí, estupendo. Lo que yo he decidido hacer por mi gusto, me da para vivir bien; y hay una parte de la sociedad que lo estima mucho. No creo que pueda pedir más.

Cierto es que tendría dinero si tuviese la posibilidad de realizar las obras a mayor velocidad. La lentitud de mis procesos me limita. Pero hay que saber aceptarse. Hago cosas que me llenan tanto, y que me parecen tan buenas, que honestamente no podría decir que desearía producir 60 o 70 obras al año. Sí que se me pasa por la cabeza (y a veces me agobia), tener tantos retrasos como tengo a la hora de hacer los trabajos. No puedo hacer, como otros pintores, planes para exposiciones con bastante frecuencia y en diferentes sitios. Eso es también una servidumbre. Tengo muchas limitaciones, pero lo principal funciona.

F.F.S.: Otra característica llamativa es la paciencia con la cual responde a todo el mundo que le rodea. Le están sustrayendo, y ahí nos incluimos nosotros, la única cosa que no se puede reemplazar: el tiempo. ¿Es una pesada carga no disponer de la vida con toda la libertad que uno podría desear?

A.L.: Tengo mucha libertad. Luego, los peajes que hay que pagar por ella, imagino que los tendrán que pagar todos. Los paga el Rey, los pagarán los más poderosos de la Tierra... Todos tenemos que aguantar “tostones” a lo largo de la vida, y yo no soy una excepción. Pero, como están justificados porque van unidos a la mejor parte de mi vida, qué voy a hacer. Uno no puede tener sólo lo bueno. Creo que ambas cosas van unidas.

F.F.S.: Decía José Antonio Marina que la bondad es un síntoma de inteligencia. ¿Cree que, para sentir y emocionarse, uno ha de ser bueno? ¿O que quizá los buenos sienten más?

A.L.: No, para nada. La bondad no es necesaria para hacer la obra de arte, hablando de una manera genérica. Algunas obras de arte, como puede ser la poesía de Machado, sólo se pueden hacer si existe un corazón bondadoso. Por el contrario, lo que Buñuel destila no es bondad. Y Buñuel es un hombre muy inteligente. Sabemos que hay artistas muy buenos que no son bondadosos. Una obra de arte puede tener otros tipos de mensajes, que no incluyen la bondad, y no por eso deja de ser una obra de arte ni deja de emocionar.

Yo admiro mucho la bondad, pero no es imprescindible ni tampoco creo que sea un síntoma de inteligencia. ¿Por qué habría de serlo? Que coincidan la bondad y la inteligencia es un doble milagro que se da en muy pocas ocasiones.

F.F.S.: “Se tardan años en comprender que las cosas tienen profundos secretos”, decía al referirse a la música. Comenzó a escuchar música más sencilla para terminar disfrutando de autores tremendamente complejos. ¿Qué secretos ha comprendido de la complicada naturaleza humana, para reflejarla con tanta intensidad y belleza?

A.L.: Yo no la considero complicada. Mientras estás vivo y tienes despiertos los sentidos, tienes capacidad de interpretar y convivir con la naturaleza. De esa convivencia es de donde surgen las emociones. Esas emociones que están en el principio de todo trabajo de pintura o el llamado arte. El punto de partida, la chispa que genera todo el desarrollo, es siempre la emoción que te produce algo. Hay gente que es capaz de emocionarse muchísimo, aunque luego no lo transforme en una expresión, como pueda ser la pintura u otro tipo de arte. Eso no quiere decir que no viva la emoción con gran profundidad. Cualquiera puede sufrir o gozar tanto como el mayor de los artistas. Lo que no tienen es esa capacidad de crear con la emoción. El artista, o los que se llaman artistas, tienen esa capacidad de materializar la emoción en un trabajo, ya sea música, pintura, escultura o literatura... Y no, no es difícil mientras tengas vida y energía.

La edad te da y te quita cosas. Si la experiencia, en la historia de la humanidad, fuese lo que más valor tiene, el arte del siglo XX sería superior al arte del siglo XII, y no es así para nada.

F.F.S.: Como buen manchego, más de una vez ha descrito las bondades de la gastronomía, resaltando que reuniones afortunadas, como la de la perdiz y las judías (producto de siglos de sabiduría) son cada vez más escasas. ¿Lo pasado desaparece?

A.L.: Lo que sería terrible es que desapareciesen las perdices y las judías. Mientras estén ahí, siempre podemos volver a ellas. Y eso es lo importante: que el hombre tenga acceso a las cosas. Si las malgasta o las malogra, tampoco tiene tanta importancia, pues el hombre hace muchas tonterías. Dentro de la alimentación -como en muchas otras ocasiones, a veces las personas se comportan de una manera muy snob, muy caprichosa, y eso me fastidia muchísimo.

En mi espacio individual, tomaré perdiz con judías, frutas, aceite… y todas esas cosas que me inspiran respeto. Los cambios deberían llegar a partir de las decisiones y sugerencias de personas que entendiesen muy bien lo que es la “maquinaria” humana y nuestra biología. En general, las cosas no se deberían mirar desde la perspectiva de unos estetas que ni siquiera son hedonistas. Tengo la impresión de que la gente se traga cualquier cosa. Si estuviera en mis manos, haría que se reconsiderasen aspectos que se han perdido o que se han quedados difuminados. Pero uno no puede salir a dar todas las batallas…

F.F.S.: Vivimos en un país donde se penaliza mucho el fracaso (aunque desde el fracaso se aprende mucho) y donde existe la envidia. Como artista internacional,  ¿ha notado una percepción diferente del binomio sociedad-artista al otro lado del Atlántico?

A.L.: Quizás pueda ser diferente en aspectos empresariales, pero no es así respecto de la percepción del artista. Bette Davis, para mí una actriz fantástica, o Greta Garbo -que decide retirarse tras su último fracaso en el cine- fueron denostadas. Ocurre también aquí, pero al ser los Estados Unidos un país más poderoso quizás también pueda ejercer más generosidad. Yo creo que el hombre, la condición humana, es tremendamente parecida, aquí y allí.

De mis compatriotas españoles no me puedo quejar. En nuestro entorno conocemos, quizás, las cosas más de cerca. Podríamos decir que Berlanga debería haber tenido más éxito, pero también creo que en América habrán existido personajes de tremendo valor y que no hayan llegado a surgir con la brillantez de otros. Esa dificultad para entender ciertos mensajes existe en todas las sociedades. Hay mensajes fáciles, como los de Tarantino, y mensajes difíciles.

F.F.S.: Cuando le dieron el premio Príncipe de Asturias, decían que era merecedor de él por “su maestría en las artes plásticas, su capacidad para conciliar la tradición realista...” y se premiaba “una obra testimonio del asombro del artista ante la vida”. ¿Qué querían decir con eso?

A.L.: Pues lo que sencillamente dice. A mí la vida me causa asombro por muchos motivos. A veces esos motivos son malos y a veces, generalmente, buenos. El espectáculo de la vida me parece asombroso -creo que a todos nos parece asombroso-, pero a mí particularmente me impresiona. Trabajo mucho, de forma consciente e inconsciente, a partir de esa sensación o sentimiento que reproduce la vida; a partir del asombro que genera. No soy irónico, como otros artistas que trabajan desde otras percepciones, igualmente válidas.

F.F.S.: Dice que considera que una obra no se acaba sino que llega al límite de sus propias posibilidades.

A.L.: Sí, las posibilidades de quien la hace. Todos llegamos al límite, si te dejan llegar. En muchos casos hay que pactar con el productor, con el dinero o con las circunstancias... Pero sólo debemos pactar lo necesario, sin entregar el alma. Ésa es una de las más importantes reglas del juego.

F.F.S.: Dentro de los futuribles, le atrae la posibilidad de pintar el interior de la Basílica del Pilar. Independientemente de cómo se haga, visto desde el desconocimiento, nos parece una difícil tarea gestionar talentos artísticos en una obra de esa envergadura. ¿Es muy complejo?

A.L.: La esencia es poder: que haya un apoyo económico suficiente, ya que sin él no se puede contar con un equipo de nivel. Si la aportación económica cubre todas las necesidades (y una de ellas es que por narices has de tener ayuda de otras personas, ya que uno solo no puede ni siquiera plantearse un reto así), no existen realmente grandes problemas.

Si pensamos en una obra de cine u otros trabajos del arte, veremos que ya existen producciones que involucran a muchas mentes artísticas. Evidentemente, siempre hay uno que es el que crea y luego otros que ejecutan. Lo mismo que para hacer una casa es necesario un arquitecto, un ingeniero o albañiles especialistas; o para hacer una película, un director, un productor, guionista, los actores... La pintura siempre ha sido el centro de este tipo de proyectos, un trabajo con equipos. Ningún hombre podría haber hecho solo la decoración del Partenón, y sólo un liderazgo claro consigue resultados como éste.

Si se hiciese lo de la Basílica del Pilar, tendría que haber mucha gente aportando su esfuerzo y sus conocimientos. Pero no es difícil. Si lo fuese, ni siquiera pensaríamos en hacerlo.

F.F.S.: Echando la vista atrás, ¿se ha quedado con ganas de hacer algo?

A.L.: Cuando uno traspasa el umbral de su casa y tiene una familia, desde la perspectiva del artista, me pregunto hasta qué punto es bueno estar tan centrado en ella. Evidentemente tiene una parte buena, porque indica que cuentas con una familia a la que quieres y te quiere, y algunos no la tienen; pero también tiene una parte difícil, de dependencia. Hay momento complicados y te quita cierta libertad; te llegan preocupaciones, a veces muy grandes, pero es sencillamente la vida. A menos que vivas en un convento, es inevitable depender de cosas frágiles y que pueden tener partes dificultosas. Uno puede echar de menos cosas como, quizás, lo relacionado con la parte erótica de la vida; creo que casi todos nos quedamos con ganas de lo mismo.

F.F.S.: Si pudiera cambiar algo de lo que ha hecho profesionalmente, ¿qué cambiaría?

A.L.: Ésa es una pregunta que nunca te contestaría. No puedo dar una respuesta. Creo que he sido intuitivo y he tenido éxito a la hora de elegir mi profesión. También he tenido buena capacidad de selección, y suerte, respecto de la gente que me ha acompañado en mi vida y en mi carrera profesional. Ésas son las cosas realmente esenciales y lo demás, realmente, no tiene tanta importancia. En lo básico, creo que lo he hecho todo a la medida de mi voluntad.

F.F.S.: Todos los profesionales evolucionan a lo largo de su carrera. Definía la evolución de Velázquez de una forma muy elocuente: desde el oscuro de Sevilla hasta los colores de su madurez. ¿Cómo ha evolucionado usted como pintor?

A.L.: Uno no puede juzgar lo que hace. Juzgar a alguien a quien se conoce bien y desde la distancia, como es Velázquez, sí que se puede hacer. A mí me impresiona cómo se inició su juventud en Sevilla, de esa manera tan grave, tan atento a los detalles, tan seco, tan duro. E iba evolucionando hacia lo luminoso, construyendo un lenguaje de enorme voluntad siempre dentro de algo que le caracteriza: su enorme inteligencia y su respeto por la vida en general, tanto la visible como la menos visible. Su lenguaje cambió mucho. En su manera de pintar cambió mucho los colores. Además, esos cambios no dan la sensación de ser voluntarios, sino que son cambios que vive su persona de manera profunda.

 


Entrevista publicada en Executive Excellence nº76 dic10

 

 

 


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