El entorno laboral que viene

El entorno laboral que viene

Lynda Gratton está considerada una autoridad mundial en gestión de talento y futuro del trabajo. No en vano, fue elegida por The Times como una de las 20 pensadoras más importantes del mundo de los negocios, y por el Financial Times como la especialista en temas empresariales más innovadora e influyente.

Profesora de Management Practice en London Business School, lleva 20 años colaborando con compañías de todo el mundo para dibujar las líneas que marcarán los nuevos entornos laborales, y también ha escrito extensamente acerca de la relación entre las personas y las organizaciones. Psicóloga de formación, lidera el Future of Work Research Consortium, plataforma colaborativa que anticipa los cambios que se van a producir en el mercado laboral. Es miembro del Foro Económico Mundial, y desde 2017 participa como asesora en GoogleOrg, una iniciativa que ayuda a las personas a prepararse para la naturaleza cambiante del trabajo. Su último libro, escrito junto con Andrew Scott, lleva por título The New Long Life. A Framework for Flourishing in a Changing World.

Durante su reciente participación en World Business Forum Madrid (WOBI 2020), Gratton desgranó las principales variables que impactarán en el nuevo escenario laboral que surgirá tras la pandemia.   

El auge de la tecnología 

El futuro del trabajo se ha acelerado, y gran parte de esta precipitación se debe a la tecnología. Durante los meses de confinamiento, nos hemos comunicado de una forma extraordinaria. La tecnología colaborativa ha marcado una diferencia en el modo de trabajar, aunque la robótica y la automatización también han contribuido notablemente. Es evidente que la mayoría de nuestros empleos se automatizarán en los próximos años, pero se crearán otros diferentes y eminentemente digitales.

A día de hoy, un robot puede hacer multitud de labores rutinarias, y un chatbot es capaz de desempeñar numerosas tareas analíticas. Pero, ¿qué va a pasar con aquellas actividades que requieren de un cerebro humano o de destreza manual? De momento, los robots no destacan en este tipo tareas.

Sin embargo, están empezando a surgir trabajos que necesitan un alto nivel de destrezas analíticas –criterio, toma de decisiones o liderazgo– y también otros que requieren de empatía o determinados cuidados que tendrán gran recorrido en el futuro, porque en este campo los humanos ganamos a las máquinas.


Ahora todos tenemos varias identidades posibles: podemos reinventarnos de una forma que, seguramente, habría sido muy difícil para nuestros padres


Tras la tecnología, la segunda tendencia que impactará en el futuro del trabajo es el hecho de que cada vez vivimos más años. Es algo extraordinario tan solo pensarlo. Cada década que pasa aumenta en dos o tres años nuestra esperanza de vida con respecto al decenio anterior, y esto está ocurriendo en todo el mundo, no solo en los países desarrollados.

Otra condición fascinante desde el punto de vista demográfico es la caída de la natalidad. De hecho, a medida que los países se desarrollan, cuidamos mejor nuestra salud y vivimos más años, pero tenemos menos hijos. Es decir, la sociedad envejece.

Japón, por ejemplo, cuenta ya con la población de mayor edad del planeta. Cabría pensar que se trata de un caso muy particular y poco frecuente, pero no es así. Sencillamente ha sido el primer país que ha pasado por esta transición demográfica que tiene que ver con el envejecimiento de su población. Ahora mismo, una de cada 12 personas del mundo tiene más de 65 años. En 2050 será una de cada seis, lo que significa que para entonces un país como China tendrá 450 millones de habitantes con más de 65 años.

Prosperar en el nuevo entorno 

La historia de nuestra vida está cambiando. En un escenario donde la tecnología se está quedando con puestos de trabajo, y aunque surjan otros nuevos, urge pensar cómo vamos a prosperar desde varias perspectivas.

En primer lugar, debemos tener en cuenta nuestra narrativa vital, es decir, cuál es el relato de nuestra existencia, de nuestros hijos, de nuestros empleados… En una vida tradicional, como la de nuestros abuelos, el pasado de todas las personas era bastante similar, y el futuro estaba determinado por factores como la clase social o la herencia familiar. Pero, puesto que vivimos en una época con mayor longevidad, las etapas de la vida se están alargando. Además, la tecnología está cambiando constantemente el tipo de tarea que desempeñamos. Esto quiere decir que la narrativa de la vida ya no sigue un relato tradicional, sino que pone el acento en el futuro y en cómo podremos desarrollarnos en él.

Actualmente, todos tenemos varias identidades posibles: podemos modificar lo que estamos haciendo y reinventarnos de una forma que, seguramente, habría sido muy difícil para nuestros padres. La tecnología posibilita esta apertura, pero también necesitamos crear destrezas y redes que nos ayuden a explorar las nuevas opciones.

Una condición imperativa si queremos conseguirlo es mantenerse sano. Siempre se ha pensado en la edad desde el punto de vista cronológico pero, en realidad, tiene un gran componente social. ¿Qué comportamiento espera la sociedad de una determinada edad? Antes pensábamos que envejecer estaba íntimamente relacionado con el ADN que habíamos heredado, pero resulta que este solo determina una pequeña parte. El resto del proceso depende de con quién pasamos el tiempo, qué comemos, nuestros hábitos de sueño, el ejercicio que realizamos… Así que, todos podemos controlar nuestro proceso de envejecimiento.

Cuando la esperanza de vida era baja no era necesario preocuparse por la salud, pero ahora tenemos la oportunidad de cuidarnos. Lo increíble de este momento no es solo que vivimos más años, sino que lo hacemos gozando de mejor salud. Y esto va a tener consecuencias fundamentales para el futuro laboral.

De media, la nueva forma de trabajar generada como consecuencia del COVID-19 permite ahorrar hasta dos horas en desplazamientos. Ese tiempo que antes pasábamos viajando de casa a la oficina y viceversa, ahora lo dedicamos fundamentalmente a dos acciones: trabajar –algo que ha incrementado la productividad– y cuidarnos. Si algo ha quedado claro es que la gente quiere estar sana y tener flexibilidad en relación a dónde y cuándo trabaja, porque cuidarse requiere tiempo.

La salud va a ser clave para la narrativa de nuestra vida. Queremos explorar nuestras posibles identidades, saber cómo podemos ser diferentes, y para poder hacerlo tenemos que estar bien.

Nuestro concepto del tiempo también merece una reflexión. Quizá parezca un tema metafísico, pero si uno observase su vida desde lo alto de una colina, vería que el pasado desaparece y el futuro, casi también. Esto significa que no solemos hacer cosas que nos puedan servir a largo plazo; al contrario, hacemos cosas para satisfacer nuestras necesidades actuales, el aquí y el ahora. Pero si vamos a vivir muchos años es necesario adoptar una vista de águila, es decir, pensar en la totalidad de nuestra existencia.

Cuestionarse hasta qué punto uno está preparado, en este momento, para hacer algo que será importante para su futuro, aunque quizá ahora no lo sea, resulta un ejercicio de gran utilidad. Sería como tener a nuestro yo de 80 años diciéndonos lo que tenemos que hacer.

La primera parte de prosperar, por tanto, trata de construir una narrativa que nos permita reinventarnos en cualquier momento, redescubrirnos, estar sanos y adoptar un punto de vista a largo plazo.

La segunda está relacionada con la exploración. Si vamos a vivir muchos años necesitamos una vida completa de exploración. Es muy probable que la mayoría de las personas tengan que estar laboralmente activas hasta los 70 años, pero no seremos capaces de conseguirlo sin tomarnos un descanso. Los periodos sabáticos serán cada vez más frecuentes, y servirán para pensar y probar nuevas formas de trabajar.

Cuando reconstruyamos la sociedad tras la pandemia, los individuos demandarán otras modalidades laborales, y las empresas tendrán que apoyar a sus empleados. Es por eso que cobrará aún más relevancia el aprendizaje continuo con las herramientas disponibles, la actualización activa.

Inteligencia emocional vs. artificial 

La mayoría de los empleos que se creen a partir de ahora serán digitales, pero deberán complementarse con determinadas destrezas humanas que van a ser absolutamente cruciales.

Las habilidades sociales y emocionales irán adquiriendo cada vez más importancia, porque aunque no nos importe hablar con un chatbot, a casi nadie le apetecería salir con uno. La inteligencia emocional, las interacciones personales, la empatía o la capacidad de enseñar van a ser destrezas fundamentales.

También tendremos que incrementar la sabiduría. La mayoría de los ordenadores almacenan grandes cantidades de conocimiento, por lo que este puede perder valor en el futuro, pero la sabiduría no. Se trata más bien de cómo encajamos las piezas, con quién hablamos, cómo aprendemos y creamos experiencias. Por ejemplo, cuando se inició la pandemia el pasado mes de marzo yo sabía lo que podía pasar, porque había vivido una situación similar. Durante la crisis financiera de 2008 trabajaba como catedrática en la escuela Lehman. Perdí el apoyo profesional de la empresa, mi principal vía de financiación, y mi equipo desapareció. A pesar de todo, para mí resultó sencillo, si lo comparamos con lo que les ocurrió a los demás empleados. Este tipo de aprendizaje desde la periferia es el que permite desarrollar habilidades que serán fundamentales en el futuro.

Las capacidades cognitivas y la creatividad van a ser decisivas. Ya existen robots que pintan cuadros, sistemas de Inteligencia Artificial capaces de crear relatos, pero, ¿podría un robot escribir un libro como Middlemarch, una de las mejores historias que se ha contado jamás? Rotundamente no, porque la Inteligencia Artificial solo tiene acceso a cosas que han pasado.

Lo maravilloso del cerebro humano es que es capaz de imaginar el futuro. Es creativo, recrea lo que puede pasar y no se limita únicamente a lo ya sucedido. Pero para desarrollar esta habilidad, necesita estar descansado. Nuestros cerebros son muy sensibles a la multitarea, a los estímulos externos, a la falta de sueño y también al estrés. Si no hemos dormido lo necesario, estamos haciendo muchas cosas a la vez y, además, estamos disgustados, el cerebro no va a ser creativo, no nos va a permitir aprender de una forma activa.


Debemos ayudar a nuestros empleados a tener cerebros descansados que puedan utilizar para recuperarse de la pandemia, pero también para hacer un excelente trabajo


Por tanto, cuando pensemos en el futuro del trabajo, hemos de considerar cómo podemos ayudar a nuestros empleados a tener cerebros descansados, para que puedan utilizar esa maravilla que tenemos en la cabeza para recuperarse de la pandemia, pero también para hacer un excelente trabajo.

Por último, tenemos que aceptar que va a haber transiciones, y participar en las diferentes posibilidades que se nos presenten. Tradicionalmente, nuestra vida atravesaba tres etapas: educación, trabajo y jubilación a tiempo completo. Cada periodo estaba estrechamente relacionado con la edad, y eso facilitaba el diseño de las políticas gubernamentales. Si el gobierno sabe qué está haciendo todo el mundo en cada momento de su vida no tiene que ponerse a analizar las preferencias individuales. Pero si tenemos una vida dividida en múltiples etapas, las transiciones son numerosas.

A nivel personal, estas transiciones tienen mucho valor, porque muestran que un individuo está prosperando, pero implican mayor complejidad y exigencia para las instituciones, porque seguir la pista a los ciudadanos es más difícil y han de esforzarse más para convencerles de algo. Actualmente, una persona de 20 años puede tener intereses comunes con una de 50, y por eso ya no es posible utilizar la edad para crear un patrón de consumo.

También es una situación peliaguda desde el ámbito empresarial, porque ahora los empleados pueden encontrarse en distintas etapas de su vida, a pesar de tener la misma edad. Cuando uno se para a pensar, se da cuenta de que muchas de las prácticas y procesos corporativos están relacionados con los años. Recursos Humanos, por ejemplo, abre las puertas a los recién licenciados, pero las cierra a los que intenten entrar a trabajar con más de 40 años. Esta práctica funciona cuando se tiene una vida dividida en tres etapas, pero no cuando tenemos una vida con múltiples fases.

Fomentar las redes diversas 

Según un estudio de la Universidad de Harvard, lo que verdaderamente hace felices a las personas son las relaciones que mantienen con los demás. No digo que el dinero no tenga importancia –sabemos que ser pobre tiene un impacto muy negativo en nuestra seguridad personal–, pero más allá de lo más básico, el dinero no nos hace más felices.

A pesar de tener problemas, son muchos los que han disfrutado durante el confinamiento por poder estar más tiempo con los suyos. Plantear el futuro del trabajo pasa por ser conscientes de que las familias están cambiando, hay más personas mayores y, por tanto, más generaciones pueden trabajar juntas. El coronavirus nos ha ayudado a poner en valor las comunidades. Aunque creamos que somos individuos independientes capaces de vivir aislados, lo sucedido nos ha demostrado que todos formamos parte de una comunidad.

En el pasado, la vida de las familias se limitaba al binomio carrera-cuidado. Pero a partir de la década de los 50, las personas con formación universitaria no querían solo dedicarse al cuidado de los niños, sino ser parte del mercado laboral, entre otras cosas para alcanzar el estándar de vida, que había subido. Querían mejorar y tener un propósito que fuera más allá del hogar, y ahí es cuando llegamos al binomio trabajo-carrera.

Hoy en día es habitual que los dos miembros de una pareja trabajen fuera de casa, y esto impacta en las familias y también en las empresas. Las dinámicas están cambiando, aunque no tan rápido como yo esperaba. Me entristece bastante decir que los últimos datos recopilados durante la pandemia muestran que cuando los dos miembros de una pareja trabajaban, la mujer es la que se ocupaba de la mayor parte de las tareas domésticas, aunque el hombre también estuviese en casa. Las mujeres tienen que apoyarse en los hombres, pero ellos han de involucrarse activamente.

Lo sucedido nos ha enseñado que no vivimos aislados y que, más allá de las amistades, es esencial ampliar y enriquecer nuestra red. Si pasamos mucho tiempo con personas que se parecen a nosotros, acabamos contagiándonos de sus emociones y conectando con su forma de pensar. Eso está bien en muchos sentidos, pero las múltiples identidades deben encajar en las diferentes redes que ya tenemos creadas, esas redes que son diversas y que están compuestas por individuos con los que mantenemos poca relación –los denominados eslabones débiles–, pero que pueden ser nuestro modelo a seguir.

Los estudios señalan que rara vez encontramos nuestro futuro trabajo dentro del círculo de amigos más cercano, porque en este ambiente los conocimientos suelen solaparse. Debemos asegurarnos de pasar tiempo con personas distintas a nosotros, que tengan intereses y empleos diferentes, porque hacerlo nos permitirá explorar y acceder a nuevas oportunidades laborales. 


Lynda Gratton, consultora y profesora de Management Practice en la London Business School

Texto publicado en Executive Excellence nº172, dic.2020/ene.2021