Paul Polman, ejemplo de liderazgo

Paul Polman, ejemplo de liderazgo

Paul Polman es un claro ejemplo de que el liderazgo valiente debe partir de las grandes organizaciones, porque son ellas las que cuentan con los recursos y la experiencia necesarias para generar un verdadero cambio. 

Director ejecutivo de Unilever entre 2009 y 2019, bajo su liderazgo la multinacional estadounidense estableció una ambiciosa visión para desacoplar su crecimiento de la huella ambiental y aumentar su impacto social positivo. 

La gestión de Polman se caracteriza por la búsqueda activa de acuerdos con otras compañías que permitan implementar estrategias empresariales sostenibles e impulsar un cambio sistémico; un trabajo que refuerza desde su posición como presidente de la Cámara de Comercio Internacional, presidente del equipo B y vicepresidente del Pacto Mundial de las Naciones Unidas

Activamente involucrado en discusiones globales sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y proyectos para enfrentar el cambio climático, el directivo estadounidense es miembro del Grupo de Defensa de los ODS y se encarga de promover acciones en la Agenda 2030. También sirvió en el Panel de Alto Nivel sobre la Agenda de Desarrollo Post-2015, presentando recomendaciones en nombre del sector privado. 

En reconocimiento a su contribución al negocio responsable, Paul Polman ha recibido numerosos premios y galardones, incluido el Premio Lifetime Achievement de Rainforest Alliance (2014) o el Premio Campeón de la Tierra del Programa Ambiental de las Naciones Unidas (2015). En 2016, recibió el Chevalier de la Legión de Honor de Francia, en reconocimiento a sus esfuerzos por galvanizar la acción empresarial en materia de sostenibilidad y por su participación durante la histórica Conferencia 2015 de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) en París. En 2018 fue nombrado Comandante de Caballero Honorario de la Orden del Imperio Británico (KBE) por sus servicios a las empresas. 

Cuatro retos para cambiar el mundo

Cuando me uní a Unilever hace 10 años lo hice principalmente por dos razones. En primer lugar, porque la compañía necesitaba un cambio para volver a la senda del éxito -algo que a día de hoy ya se ha conseguido-, pero también porque estaba seguro de que el tamaño y alcance de la organización, junto a los valores asociados a ella, me permitirían iniciar un proceso de transformación a nivel interno. 

Siempre he creído en la fuerza del valor compartido que propone mi gran amigo Michael Porter, pero considero que esta teoría no es suficiente en los tiempos que corren. Ahora necesitamos líderes que impulsen la transición, que promuevan cambios transformadores más allá de sus necesidades e intereses, que traspasen la actividad de la empresa con el objetivo de impactar en el mayor número posible de personas.

Está muy bien trabajar en una compañía que produce energías limpias e impulsar su desarrollo, pero esta actividad únicamente se circunscribe al entorno que rodea a la organización que es, precisamente, el espacio en el que Porter desarrolla su teoría.

Nos enfrentamos como sociedad a grandes retos que jamás antes habíamos tenido que afrontar. El primero de ellos es la descarbonización de la economía mundial. Somos “yonkis” del carbón, nunca nos hemos interesado por cómo hacer crecer nuestra economía sin utilizar este mineral, que se ha convertido en la principal fuente de contaminación del planeta.

Según los informes elaborados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPPC por sus siglas en inglés), las consecuencias y costes de un calentamiento global de 1,5 grados serán mucho peores de lo esperado. Nos estamos jugando el futuro de la humanidad de forma dramática, y las personas más pobres –especialmente las mujeres– serán las primeras en pagar el precio de este desastre.

El segundo cambio que debemos abordar es el de pasar de un modelo de consumo lineal a un modelo de consumo circular. Hace pocos años, cuando el nivel de población no era excesivamente elevado y abundaban los recursos, la situación era diferente. Pero a día de hoy, con un planeta superpoblado, no podemos continuar escarbando en la tierra para extraer recursos y luego tirar los desperdicios a la tierra o al mar. Se calcula que en el año 2050 en los océanos habrá más plástico que peces, y hay un 90% de posibilidades de que cualquier pez contenga moléculas de plástico. ¡Son datos escalofriantes!

Todavía no hemos descubierto cómo pasar de una economía lineal a una circular, pero si nos paramos a reflexionar nos damos cuenta de que la naturaleza no tiene desperdicios. La basura la hemos inventado los humanos y, al igual que la hemos creado, podemos idear la forma de deshacernos de ella rápidamente.

El filósofo canadiense Hubert Reeves resume muy bien esta idea: “los hombres son la especie mas loca. Adora a un Dios invisible y destruye una naturaleza visible, sin darse cuenta de que esa naturaleza que destruye es el Dios invisible que adora”.

El tercer reto es muy simple: conseguir crear un sistema económico más inclusivo. El año pasado, el 87% del crecimiento económico mundial fue a parar al 1% de la población; esto quiere decir que ocho personas en el mundo acumulan la misma riqueza que 3.500 millones de personas. Cualquier sistema en el que la mayor parte de la gente considere que no está participando de la riqueza, siendo incluido o que no tiene las mismas oportunidades, terminará rebelándose, y eso es lo que está empezando a ocurrir.

El cuarto y último reto es transformar la forma en la que actúan los mercados financieros para que trabajen sobre el largo plazo y bajo los parámetros de la  inmediatez. Es imposible solventar los problemas del cambio climático, la pobreza, o la necesidad de alimentar a la población mundial con planteamientos trimestrales diseñados para aportar retorno a los accionistas.

Impulsando un liderazgo rehumanizador

Existen 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que son fáciles de conseguir y que, además, son buenos para el bienestar de la humanidad. Si sabemos cómo construir casas, ¿por qué todavía hay personas que no tienen vivienda? Si hemos aprendido a cultivar alimentos, ¿por qué desperdiciamos grandes cantidades de comida mientras 840 millones de personas se van a la cama con hambre? No es un problema de tecnología, sino un ejercicio de voluntad.

Somos conscientes de que si seguimos generando emisiones de CO2 acabarán desapareciendo islas en las que ahora viven familias; entendemos que al comprar camisetas a un dólar fomentamos el trabajo esclavo de los niños en Bangladesh. Y lo seguimos haciendo. Por eso me pregunto: ¿realmente nos preocupa el bienestar de la humanidad?

Es probable que mucha gente no se de cuenta dé que existen personas sin hogar, que ni siquiera las perciban; vivimos una situación rara, absurda, incluso bizarra donde 50.000 millones de likes circulan por las redes a diario, pero han comenzado a registrarse casos de suicidio de personas que no reciben los suficientes likes. En los restaurantes vemos parejas que no hablan entre ellos porque cada uno está pendiente de su móvil. ¡Se nos ha acabado la conversación!

Un americano tiene una media de 500 amigos en las redes sociales, pero únicamente cuenta con una persona real con la que puede hablar. La situación es muy triste. Tanto, que en Reino Unido han tenido que crear un ministerio de la soledad.

Tenemos que volver a humanizar nuestra sociedad. Y el liderazgo debería ser uno de los principales entornos que impulsase este movimiento contando con la opinión de las generaciones más jóvenes.

Los líderes que tienen un mayor sentido de la humanidad y una percepción más clara de lo que ocurre en el mundo son los más humildes y realizan su trabajo de forma más efectiva y eficiente. Están más motivados y dispuestos a asociarse con otros para provocar cambios. Son mejores porque ponen el interés común por encima del personal, y esto les hace adquirir un alto grado de compromiso.

Evidentemente, no se puede generalizar, pero creo que las nuevas generaciones tienen mayor conciencia de estos valores que otras generaciones y, por eso, es necesario invertir en los más jóvenes haciendo especial hincapié en las mujeres, que normalmente cumplen estos requisitos en mayor medida que los hombres.

No tenemos excusas para seguir frenando el acceso de la mujer a las altas esferas profesionales y a los organismos de gestión del mundo. Estoy convencido de que toda la inversión que se destine a mujeres y niños tendrá un retorno muy elevado.

Tenemos pocos líderes y tenemos pocos árboles. Los jóvenes serán los líderes del futuro y, por eso, les pido que no se olviden de los árboles, que son los pulmones de nuestro mundo.

El impacto de la automatización

Debemos reflexionar sobre el impacto de la automatización, porque puede dejar de lado a parte de la población desde el punto de vista laboral. Los valores que promueven las nuevas compañías tecnológicas no son los mismos que los de empresas que llevan cientos de años en el mercado. Son evidentes las diferencias que existen entre Unilever y Facebook, por ejemplo.

Muchas tecnológicas consideran que han creado un producto o servicio con capacidad para asociarse a la teoría del valor añadido de Michael Porter. Se han enamorado de la tecnología porque creen que permite crear una economía de escala que dará acceso a millones de personas a la educación o a la sanidad. Y es cierto, pero debemos hacernos responsables del impacto que están causando estos modelos de negocio. No se pueden delegar las responsabilidades que se tienen como compañía. 

Cuando pensamos en el futuro del trabajo, no podemos obviar las relaciones que, a nivel laboral, se generarán entre las personas de las próximas generaciones que se desempeñan en un entorno tecnológico. ¿Cómo se interacciona con personas en ámbitos laborales de origen tecnológico?

Es necesario asumir la responsabilidad de lo que hacemos como compañía, pero también de cómo lo hacemos. Esta idea todavía tiene que calar en las tecnológicas. Aunque ya se han dado varios casos originados por el mal uso de la tecnología, creo honestamente que algunas personas, como Mark Zuckerberg, todavía no se han dado cuenta del compromiso que tienen con la sociedad.

Si no elevan sus estándares de responsabilidad, la sociedad va a terminar rechazándoles como compañía.

Hacia un uso responsable de la tecnología

Uno de los temas que vertebra el Peter Drucker Forum es la relación entre Inteligencia Artificial y humanidad. Mi opinión en este sentido es que la Inteligencia Artificial se basa en cimientos fracturados y está contribuyendo a dividir aún más la sociedad.

El equipo de gestión de Unilever visitó hace algunas semanas 15 compañías de la Costa Oeste de Estados Unidos con el objetivo de promover acuerdos empresariales en el ámbito de la responsabilidad corporativa. Empezamos en Seattle, donde se encuentran las sedes de Microsoft y Amazon, y fuimos bajando hacia California para reunirnos con los responsables de Salesforce y Adobe. Vivimos días muy intensos y confusos, pero que nos llenaron de energía y nos permitieron centrar nuestra estrategia.

De las 15 empresas que visitamos, sólo una nos trasladó una visión responsable sobre el uso de la tecnología que imperaba en la organización. “Actualmente predomina la idea de que la Inteligencia Artificial puede ser muy rentable, porque realiza el trabajo de las personas con un coste mucho más reducido. Nosotros únicamente vamos a trabajar con esta tecnología si estamos seguros de que va a incrementar la capacidad de las personas. No podemos prescindir de nuestros empleados sin tener en cuenta sus circunstancias ni su futuro”, nos explicó la directiva que se encargó de recibirnos.

Yo me quedo mucho más tranquilo si pienso que la Inteligencia Artificial actúa como potenciador de las capacidades humanas. Nuestro futuro es preocupante y, por eso, Unilever ha decidido que sólo va a trabajar con empresas que no pretendan reemplazar a las personas.

Tuve la suerte de conocer al ex primer ministro y ex presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, antes de morir. Tenía 90 años, pero era de las personas con espíritu más joven que he conocido. En una ocasión me dijo una frase que llevo grabada a fuego en mi memoria: “Mientras la lista de cosas que quieras hacer sea más larga que la de cosas que ya has hecho, seguirás siendo joven”. Por eso yo no creo en la edad, sino en la lista de cosas pendientes por hacer.

Todo el mundo tiene que participar en los retos del planeta, y creo que la opinión de los jóvenes se deberían tener más en cuenta. Es obvio que no debemos dejar toda la responsabilidad en sus manos, pero sí tendríamos que involucrarlos mucho más.

Un pacto global para promover la RSC

En el mundo hay gente como Shimon Peres, Richard Branson o, incluso, Mick Jagger, que son capaces de conectar con todas las generaciones, y deberíamos apoyarnos en ellos para vincular a personas de diferentes edades en el proceso de búsqueda de soluciones a problemas globales.

Yo presido la Cámara de Comercio Internacional, que aglutina a 35 millones de compañías; soy vicesecretario del Pacto Mundial de Naciones Unidas -la mayor iniciativa voluntaria de responsabilidad social empresarial en el mundo que incluye a 13.000 entidades- y lidero una organización llamada equipo B que cuenta con líderes heroicos capaces de levantar la voz para promover estos cambios trasformadores tan necesarios. También contamos con el Concilio Mundial de Desarrollo Sostenible y el Foro Económico Mundial. Da igual el entorno que lo promueva, lo importante es que la comunidad empresarial y de negocios se movilice y ponga en marcha proyectos con impacto.

Entre todos podemos conseguir crear una agenda global centrada en el ámbito de la responsabilidad social empresarial, similar a la que se creó durante la COP21 que se celebró en París para abordar la problemática del cambio climático. Este encuentro fue más ambicioso de lo que se pensaba, y aunque hoy ha quedado desfasado, lo cierto es que la iniciativa consiguió reunir a 1.800 líderes mundiales para dialogar sobre cómo el entorno empresarial podía ayudar a reducir el riesgo.

Debemos intentar hacer lo mismo con otros temas importantes. Es cierto que la complejidad del entorno es, a veces, abrumadora, pero no podemos abdicar esa responsabilidad. Yo, al menos, no pienso jubilarme. Mientras esté vivo lucharé por ayudar a los desfavorecidos, que son la mayor parte de la sociedad. Los que asistimos a congresos como el Peter Drucker Forum únicamente representamos un 2% de la población mundial. No tenemos que preocuparnos de comer, dormir o ser agredidos por la calle. Somos muy afortunados porque tenemos fácil acceso a la sanidad, disfrutamos de vacaciones y hemos recibido una educación, pero no podemos olvidar que el 98% de la población no goza de estos mismos privilegios. 


Paul Polman, ex CEO de Unilever

Texto publicado en Executive Excellence nº156, abril 2019.