Pepu Hernández: humildad y generosidad al servicio del equipo

En cierta ocasión, la Saeta Rubia, Alfredo Di Stéfano, manifestaba: “El fútbol no se juega sólo en el campo, se juega conociendo al compañero, al que más asiduamente tienes al lado; la colectividad hay que hacerla a base de entendimientos personales, el hablar, el charlar, el estar, no es sólo cuestión de ir a entrenar todos los días, es cuestión de convivir.

Y ahí sale el entendimiento cerebral de los individuos, se sabe como respira el compañero, se sabe como funciona, sabes los movimientos, cómo se apoya, dónde mira...”.

Probablemente, si hay una nota que define a la selección española de baloncesto es que son un equipo; pero un equipo “dentro y fuera de la cancha” como han señalado varios integrantes del equipo nacional. Son compañeros, y además, amigos. Se conocen, se entienden y se complementan..

Tal vez España no tuviese los mejores jugadores del Mundial de Japón pero sí el mejor equipo. Un equipo sin fisuras donde quedan aparcados los egos en beneficio del grupo sabiendo que el todo es mayor que la suma de las partes por separado; y es que como ha señalado el pensador José Aguilar López, “las individualidades no se anulan cuando se integran en un proyecto colectivo; al contrario, la conjunción de muchas voluntades en un objetivo común extrae de ordinario lo mejor de cada persona. Las empresas de éxito suelen tener un rendimiento sobresaliente gracias a gente que pone en juego capacidades por las que no es fácil fijar una compensación económica: imaginación, entusiasmo, constancia...”.

Ser un equipo y trabajar en equipo solo es posible cuando se dan dos condiciones: humildad y generosidad. Humildad para saber que con el traje de “llanero solitario” no se conquista ninguna meta que merezca la pena; generosidad para saber dar un paso al costado cuando toca y poner las capacidades al servicio del grupo. Los éxitos son siempre colectivos. En la coreografía del triunfo intervienen personas con contribución diferente –médicos, fisioterapeutas, preparadores físicos, entrenador...– a pesar de que en muchas ocasiones la cara visible del triunfo sea una sola; y es que el liderazgo, como confesaba Gustavo Zerbino en estas mismas páginas el número anterior, “no puede ser patrimonio exclusivo de una sola persona sino de cada uno de los miembros del equipo que en su rol son la persona más importante”.

Pero todo equipo necesita un referente; un guía que sirva de brújula y oriente. Pepu ha cumplido ese papel. Ha conseguido que en cada jugador coincida lo que tiene que hacer, con ser capaz y que le guste.

Su escalada está macerada de los tres ingredientes que explican el éxito: ilusión, trabajo y paciencia. Ilusión, porque nada le gusta más que el basket, y como todas las personalidades que llegan alto, siente pasión con lo que hace, única forma de alcanzar la excelencia; trabajo, porque de ilusión no se vive, y resultados extraordinarios siempre van precedidos de esfuerzos extraordinarios. En la trastienda de cualquier logro notable hay una porción de brega destacable; y tercero, paciencia, porque nada importante se consigue de un día para otro, tarda tiempo en llegar: lo fácil es cómodo, pero habitualmente poco satisfactorio; lo difícil, costoso, pero generalmente gratificante.

El background de Pepu ha sido, como dicen los anglosajones “step by step”, paso a paso; desde abajo, de botones a director de hotel sin saltarse ningún capítulo del manual; de entrenador de los chicos de minibasket cuando sólo contaba con 15 años a máximo responsable del equipo nacional doctorándose cum laude.

Pero Pepu no es sólo un gran profesional, también es una gran persona. Para los jugadores del combinado nacional, el seleccionador no es esa figura altiva y distante situada un peldaño por encima del resto que deja claro en todo el momento quién es el que manda. No. Pepu, para su equipo, es también su confidente. Una persona de carne y hueso que sabe escuchar. Sus jugadores se han deshecho en elogios hacia él. “Moriríamos por Pepu”, dijo Jorge Carbajosa antes de la final; “Nos ha hecho saber que siempre teníamos una puerta abierta y que si surgía algún problema podíamos hablar con él”, manifestó Carlos Jiménez. Y así todos.

Dicen que “el entrenador propone, y el jugador dispone”; por eso, Pepu cede el protagonismo a los gladiadores de la cancha, sus pupilos, que tan bien han sabido entender sus mensajes gracias a su claridad de ideas y capacidad para transmitirlos. A pesar de lo conseguido no se deja deslumbrar por los focos. Sin aires de grandeza, con sencillez y normalidad, alejado de todo halo de sensacionalismo y glamour, y dejando que el confeti caiga sobre sus jugadores, resta importancia a lo alcanzado evitando ser engullido por ese voraz tsunami que es el éxito. Sabe que la humildad es el camino hacia arriba, porque cuando se olvida, las cosas empiezan a torcerse. Y es que el triunfo si no está bien digerido desemboca en prepotencia y arrogancia, cualidades demoledoras en los equipos de trabajo.

José Vicente Hernández, Pepu, nació en la capital de España un 11 de febrero de 1958. Menos de medio siglo a sus espaldas ha sido tiempo suficiente para coronarse a lo más alto.

Su vida estuvo ligada desde muy pequeño al número 127 de la calle Serrano donde se asienta el colegio Ramiro de Maeztu. Es lo que se conoce “un hombre del club”. 

De pequeño ya corría con el balón entre las manos, pero con 15 años aparcó las canchas y probó los banquillos porque como él mismo confiesa “era bastante flojo y tuve la suerte de darme cuenta pronto”. No fue mala decisión.

De los más pequeños pasó al equipo juvenil del club estudiantil para dar el salto más adelante como entrenador ayudante del primer equipo con Miguel Ángel Martín durante cinco temporadas (1988-1994). El 2 de diciembre de 1994 debutó en la Liga ACB como técnico colegial. 

Antes había iniciado la carrera de Periodismo en la Universidad de Madrid –incluso realizó prácticas en la Cadena Ser–, pero lo dejó todo para seguir su auténtica vocación. Nuevamente acertó.

Desde que se hiciese con las riendas del primer equipo del Adecco Estudiantes y durante once temporadas –sólo en 2001/02 sería sustituido durante unos meses por Carlos Sainz de Aja– el preparador madrileño dirigió 432 partidos decorando su palmarés con una Copa del Rey (1999/2000), un subcampeonato de la ACB (2003/04) y un segundo puesto en la Copa Korac (1998/99).

En diciembre del pasado año recibió un telefonazo del presidente de la Federación Española de Baloncesto (FEB), José Luis Sáez, para tomar el timón del barco de la selección. En enero ya había dicho “sí”.

Y llegó el Campeonato del Mundo de Japón. Hasta este momento la mejor posición se había alcanzado en el Mundial de Cali de 1982 cuando el equipo nacional, capitaneado por el inolvidable Antonio Díaz Miguel, obtuvo una cuarta plaza. Allí estaban Corbalán, Epi, Sibilio, Fernando Martín, Romay, De la Cruz, Joaquim Costa, Solozabal, Andrés Jiménez, Brabender y Joseph María Margall.

Luego vendrían los JJOO de Los Ángeles de 1984 donde se rozó con los dedos la gloria al ser derrotados en la final por una joven Estados Unidos manejada por los imberbes Michael Jordan y Pat Ewin.

En el país del sushi, esperaba la gran cita. La fase de grupos no tuvo mayores inconvenientes: Japón (55-104), Angola (83-93), Alemania (71-92), Panamá (57-101) y Nueva Zelanda (70-86) cayeron derrotadas. En octavos de final, Serbia y Montenegro (75-87); en cuartos, Lituania (89-67); y en semifinales, Argentina (74-75).

El domingo 3 de septiembre, en el pabellón de Saitama Super Arena, la selección griega, verdugos de la todopoderosa Estados Unidos, era derrotada por un abultado marcador: 70-47. Nunca antes el baloncesto nacional había llegado tan alto y se convertía de este modo, junto a las selecciones nacionales de Hockey (1980, 1989, 2001 y 2005), Fútbol-sala (2000 y 2004) y Balonmano (2005), en la cuarta selección en conquistar un campeonato del mundo.

Caprichos del destino, la noche previa le comunicaron a Pepu la noticia del fallecimiento de su padre. Como buen profesional apretó los dientes y no transmitió preocupaciones a quienes no podían hacer nada por solventarlas. Respiró profundo y optó por la táctica de la “normalidad”.

España entera siguió la retransmisión desde las 12.30 del mediodía. Luego, en Madrid, al día siguiente, el recibimiento fue multitudinario.

El premio de la selección fue seguido del galardón MVP (Most Valuable Player) a Pau Gasol, algo insólito si tenemos en cuenta que no disputó ni un minuto de la final. Además, el jugador de los Grizzlies compartió el cinco ideal con otro jugador español, Jorge Garbajosa, y el estadounidense Carmelo Anthony, el argentino Manu Ginobili y el griego Theodoros Papaloukas.

Las sorpresas no acabarían ahí. Días más tarde recibían el Premio Príncipe de Asturias del Deporte. El fallo del jurado era claro: “el importante mérito de la conquista del Campeonato del Mundo en Japón, la página más brillante de la historia del baloncesto español, ha supuesto un ejemplo de superación ante las dificultades, de espíritu de equipo, de sencillez y compromiso con los valores del deporte. Esta extraordinaria generación de jugadores, liderada por Pau Gasol y bajo la dirección técnica de José Vicente "Pepu Hernández”, ha transmitido al mundo, y especialmente a los jóvenes, una renovada ilusión por el fomento y cultivo del deporte”.

El propio Pepu reconocía: “No sólo han premiado que se haya ganado el Mundial sino cómo se ha ganado. Han reconocido a gente normal, que sufre y se divierte, a un grupo que siente las cosas, como la lesión de Pau Gasol en la semifinal, pero que no dejen que le afecten. Además es un grupo que admite nuevos miembros que acoge con facilidad. Es un equipo inteligente porque tiene personas inteligentes. Y logramos transmitir algo que no era más que ganar o perder, sino una manera de hacer las cosas”.

Le queda por delante el Eurobasket 2007 que se celebrará en Madrid y los JJOO de Pekín 2008. Las exigencias están más altas porque la presión crece exponencialmente con el triunfo. Televisiones, anunciantes, marcas de refrescos y moda... estarán dispuestos a pujar por ser patrocinadores de la selección aunque a cambio de resultados tangibles. El reto que se avecina no es sencillo.

Hoy charlamos con Pepu de gestión y management. No ha sido nada fácil concertar una cita. Más de tres semanas persiguiéndole. Su agenda echa humo. Al final, hizo un hueco para atender a Executive Excellence.

FRANCISCO ALCAIDE: Para empezar Pepu. Has logrado algo histórico, el campeonato del mundo de basket. ¿Cuáles han sido las claves de esa gestión de éxito?

PEPU HERNÁNDEZ: Hay tres palabras que me vienen a la cabeza y que creo que hemos utilizado de principio a fin. La primera palabra es “respeto”. Ha habido respeto al grupo, a los compañeros, a los rivales, a la organización, y a todo lo que significa un grupo muy amplio de gente. En segundo lugar, ha habido “confianza”, algo que para mí ha sido clave; y no me refiero sólo a tener confianza en las posibilidades del grupo sino a tener confianza absoluta para poder transmitir y comentar cualquier aspecto con claridad; y en tercer lugar, ha habido “generosidad”, muchísima generosidad, que no significa otra cosa que darte al grupo olvidando en muchos casos lo que significas como individuo.

F. A.: Con el logro del Campeonato del Mundo te has convertido en espejo en el que se mirarán muchos futuros entrenadores. ¿Cuál es la cualidad más importante cuando uno es el máximo responsable de un equipo como director de orquesta?

P. H.: Bueno yo no sé si soy director de orquesta. Siempre he considerado mi función de entrenador como la de un ayudante. Ayudo, o mejor dicho, intento ayudar a los jugadores cuando me necesitan, tanto individual como colectivamente. Creo que los entrenadores tenemos que estar preparados para echar una mano cuando hace falta. También, por supuesto, ayudar a la puesta en común, que creo que es imprescindible; y lógicamente, dar soluciones cuando jugador o equipo lo necesitan. No siempre podemos, pero sí estamos cerca y preparados.

F. A.: El buen desempeño depende de tres factores: saber (competencias), querer (motivación) y poder (contexto). Respecto a esta última variable, algunos estudios revelan que entre el 30%-40% de los resultados de un negocio depende del ambiente en el que se desarrolla la actividad. De hecho, Jorge Valdano decía en cierta ocasión: “Dentro de un equipo que no funciona bien cada jugador parece peor de lo que es, sin embargo, cuando reinan valores como el respeto, el afecto y la solidaridad todos terminan pareciendo un poco mejor de lo que son”. ¿Cómo se consigue crear un buen ambiente donde el compañerismo, la solidaridad y la generosidad sean la tónica y queden aparcados los egos?

P. H.: Es una pregunta muy complicada. Primero decir que lo dicho por Valdano no solamente lo parece sino que lo es. Es la realidad. El equipo hace mejores a los jugadores sin ninguna duda. Es difícil simplemente con dos retazos explicar lo que hay que hacer, aunque señalaría que un buen punto de partida es crear un grupo de gente inteligente, comprometida de verdad y que sepa el significado de la palabra equipo.

F. A.: Daniel Goleman afirmaba: “los jefes más eficaces se preocupan de establecer relaciones personales con sus empleados”. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación porque según has confesado a ti se te ha criticado que eras amigo de los jugadores?

P. H.: Fíjate que una palabra tan bonita como “amigo” se utiliza de forma peyorativa aunque yo siempre he sido contrario a usarla de esa manera. No sé si he sido o soy amigo de los jugadores pero lo que sí sé es que he querido estar muy cerca de ellos. ¿Por qué? Porque a mí me gusta aprender y creo que los jugadores nos pueden enseñar a los entrenadores muchas cosas. Son ellos los que viven a flor de piel un problema en la cancha. Nosotros estamos cerca de la cancha pero no dentro; no estamos compitiendo realmente. Competimos a nuestra manera, pero la auténtica batalla la libran ellos. ¿Por ser amigo o ser cercano vas a ser menos exigente? Personalmente creo que incluso vas a tener más confianza para pedir lo que crees que puedes exigir a cada uno.

F. A.: Nosotros con frecuencia en nuestras entrevistas citamos a Peter Drucker que aseguraba que “el 60 por 100 de los problemas empresariales son consecuencia de una mala comunicación”. Juan Antonio San Epifanio, Epi, decía que había estado en equipos que se comunicaban y en otros que no y concluía que su experiencia era que los primeros rendían más; y que esa comunicación se trasladaba a los tiempos muertos, al vestuario y fuera de la cancha. Will Carling y Robert Seller, autores de “The way to win”, escribían: “Los entrenadores tienen estilos muy distintos, pero todos deben tener algo en común: ser grandes comunicadores. No es sólo cuestión de que sepan ver qué debe hacer un jugador sino que sean capaces de persuadirle para que lo haga”. ¿Cuál es tu opinión sobre la importancia de la comunicación?

P. H.: A mí me parece imprescindible. En un equipo que no se habla falta algo. El tema de la comunicación siempre me ha preocupado mucho; el ser capaz de comunicar con los jugadores y que entendieran lo que propongo, no lo que ordeno. Si eso se entiende y hay buena comunicación, todo lo demás resulta más sencillo.

F. A.: Creemos que quien está al frente de un equipo tiene que ser un profundo conocedor del ser humano. Epi también decía que el entrenador “trata con personas de educación diferente, mentalidad e ideas distintas y debe ser capaz de aunar esas ideas y personas. Además, le corresponde dar juego a los jugadores en todo momento, sabiendo qué están pensando. Debe armonizar el esfuerzo de doce personas y, por tanto, tiene que saber de psicología, de su propio trabajo, incentivar y motivar empleados, parar los pies a quien lo necesite y, sobre todo, tiene que ser convincente”. Y el propio Lolo Sainz afirmaba: “el entrenador tiene que ser líder, organizador, maestro, confidente, amigo. En resumen, conductor de hombres”. ¿Cómo ha aprendido Pepu a dirigir personas?

P. H.: En primer lugar, he tenido mucha fortuna en poder fijarme cómo lo hacen otros, algo que no siempre es fácil ya que si no estás dentro de un equipo resulta complicado. Luego, la experiencia también te enseña hacia dónde caminar. No obstante, me cuesta teorizar sobre cualquier materia que no sea baloncesto puro. Yo creo que el baloncesto se compone de muchas facetas que hay que contemplar y en el momento que tratas con personas no sólo se debe prestar atención a cuestiones técnicas o tácticas sino también a cuestiones personales. Lo único que intento, no sé si lo consigo, es tratar de ser justo; dar a cada uno lo suyo y, sobre todo, para mí algo clave es hacer sentir a todos los jugadores que son importantes y que son responsables de lo que ocurre; tienen que saber que son parte de verdad del equipo y así estarán dispuestos a darlo todo,

F. A.: ¿Qué es lo más difícil de ser entrenador que sería el equivalente a ser directivo?

P. H.: No sé exactamente lo que es más difícil, pero hay veces que tienes que tomar decisiones que no te gustan o que son complicadas, como en un momento dado decirle a alguien que no va a estar en el equipo o tomar una decisión que va a significar algo muy importante para el futuro o la  carrera de un jugador. En muchas ocasiones esto es inevitable, por eso intentar ser justo, algo que no siempre se consigue, es un aspecto que considero imprescindible, ya que si bien a algunos les quitas oportunidades a otros se las das.

F. A.: En una entrevista, José Antonio Camacho contestaba: “Cuando un entrenador entra en un vestuario los jugadores dicen, éste manda o éste no pinta nada”. ¿Cómo se gana uno la autoridad?

P. H.: Eso sí que me parece complicado. Creo que lo que los jugadores tienen que ver es que remas en la misma dirección que el grupo, que no estás trabajando tú por un lado y ellos por otro; que todos de forma conjunta estamos en la misma línea y con los mismos objetivos. La autoridad se tiene que ir ganando, pero mucho más importante que las palabras son los hechos. Si tus palabras y tus hechos no convergen no sirve de nada.

 


Entrevista publicada por Executive Excellence nº36 oct06

 

 


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