Talento versus inteligencia

Talento versus inteligencia

En un mundo frenético, de ilimitado acceso a la información e increibles avances tecnológico-científicos, José Antonio Marina, filósofo, escritor y pedagogo nos aporta una necesaria lucidez y cordura. “Usamos las cosas sin comprenderlas, y eso puede llegar a un problema”, afirmó durante su conferencia en el encuentro Diálogos AED, de la Asociación Española de Directivos.

Marina llamó a la reflexión para tratar de entender lo que está sucediendo y compartió con los ejecutivos algunas ideas de utilidad, atendiendo a su “triple condición de padres, empresarios y ciudadanos”.

Generar talento

Todos los países se encuentran en estado de emergencia educativa, conscientes de que sus sistemas educativos están estancados ante la rapidez con la que cambia el entorno; por ello, en los últimos años me ha gustado hablar de talento, término que pertenece a la psicología popular, y que por lo tanto cada uno interpreta a su manera. En 1997 la consultora McKinsey publicó un artículo de gran repercusión, especialmente en el ámbito empresarial, donde hablaba del comienzo de “la guerra por el talento”. Expresaba que el concepto de lo históricamente considerado como la riqueza de las naciones estaba desfasado; ahora la riqueza radica en la capacidad de generar y gestionar el talento.

Poco después y en una acertada portada de The Economist se nos llamaba la atención sobre el hecho de que, después de una década “gestionando” el talento, nadie se había preocupado de definirlo.

Para definir el talento, debemos distinguir entre la inteligencia como capacidad operativa de hacer cosas y lo que es el buen uso de esa inteligencia. A esto último es a lo que denominamos talento. Entre la inteligencia como facultad y el talento como operación de dicha facultad se encuentra la educación. Esto es aplicable a diferentes niveles, ya que si hay una inteligencia y talento individual, también existe una inteligencia y talento de las organizaciones y el hecho de convertir la inteligencia en talento es el proceso que denominamos educación.

Por todo lo expresado, para generar talento es necesario trabajar sobre un modelo de inteligencia que se mueve a distintos niveles, lo que además nos obliga a actuar a distintas escalas; y es a partir de esa actuación cuando empezamos a descubrir cómo se puede generar el talento a partir de la inteligencia tanto individual como organizacional.

Una organización tiene talento cuando el grupo de personas que la componen, aun no siendo extraordinarias individualmente, gracias a su forma y estilo de trabajo producen resultados extraordinarios.

Hoy, los mecanismos del aprendizaje cobran un especial protagonismo debido a la ley universal del aprendizaje, una ley orientada a la evolución de nuestras sociedades, y que dice: “Para sobrevivir, toda persona, empresa, organización o sociedad necesita aprender, al menos, a la misma velocidad con la que cambia su entorno; y si quiere progresar, necesita aprender a más velocidad”.

Proyecto Centauro

Desde hace años trabajo en el Proyecto Centauro, uno de cuyos objetivos es definir cómo debería ser la inteligencia humana para utilizar y controlar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Esta interacción con las nuevas tecnologías nos está cambiando y dentro de 25 años seremos diferentes. La ingeniería genética, la nanotecnología, la neurociencia y los sistemas de Inteligencia Artificial habrán transformado la especia humana. Esta confluencia tecnológica, si bien va a generar posibilidades absolutamente maravillosas, también planteará riesgos especialmente catastróficos.

No tenemos mucho tiempo para decidir cómo preparamos la inteligencia para que esta sea capaz de manejar, gestionar y tomar decisiones sobre una tecnología que, además de avanzar con gran rapidez, tiene dinámicas independientes. Además, como sociedad, corremos el peligro de quedarnos fuera.

Dado que el conocimiento hoy avanza a más velocidad de la que nosotros podemos controlar, para controlarlo habremos de expandir la inteligencia que actualmente poseemos y el problema radica en cómo hacerlo. Lo importante no es quién manejará el conocimiento, sino quién manejará las máquinas, quién va a tomar decisiones.

Si consideramos que el control se debe basar únicamente en el conocimiento, quien posea más conocimiento (o sea, las máquinas) tomará mejores decisiones. El problema es que las máquinas tienen un punto muy débil: su interior es exclusivamente información y datos. La vida humana se mueve entre información y valoración, entre conocimientos y emociones; por ello, si apostamos en exceso por la parte cognitiva (como es ciencia, tecnología, economía…), dejamos de lado las emociones olvidándonos de que somos seres vulnerables y que no buscamos sólo el conocimiento; buscamos, sobre todo, la felicidad.

Dirigir la conducta

¿En qué tipo de habilidades (skills) debemos educar a nuestros hijos? Si sabemos que el 60% de los trabajos aún no se han inventado y que desconocemos las herramientas, o sistemas conceptuales con los que van a pensar, difícil será conocer cuáles serán sus problemas, pero la realidad es que no debe interesarnos proporcionarles soluciones a esos posibles problemas, sino generar en ellos el talento suficiente para que sepan enfrentarse a estos escenarios. Para ello es necesaria una reformulación de la inteligencia, algo en lo que ya estamos trabajando.

Sean Parker, expresidente y fundador de Facebook, afirmó: “Sólo Dios sabe lo que estamos haciendo con el cerebro de nuestros niños”. ¡Y es una afirmación veraz! Hoy los niños nacen en ambientes informáticamente densos. Esto hace que manejen su cerebro de forma diferente. Los sistemas digitales llaman la atención de forma distinta y cuestionan el aprender de memoria, dado lo fácil de encontrar la información en memorias digitales.

Ante este escenario, necesitamos organizar la inteligencia de manera que mantenga la capacidad de tomar decisiones. El objetivo más importante de la inteligencia no es conocer o gestionar las emociones, sino sobre todo dirigir bien la conducta. Es por ello que decíamos que el talento es, en primer lugar, la capacidad de elegir bien las metas, de manera que luego, manejando la información necesaria, gestionando las emociones y poniendo en práctica lo que llamamos las virtudes de la acción (tenacidad, esfuerzo, tolerancia a la frustración) para alcanzar esa meta; o saber cambiarla.

Vivimos en una sociedad en red, pero no debemos depender exclusivamente de esa red ni tampoco olvidar que en ella hay dos elementos: vínculos y nodos, siendo estos últimos las personas. La educación tiene que ayudar a fortalecer el carácter personal de los nodos para que en ellos esté integrada la capacidad de decisión.

La tecnología nos está proporcionando muchísimo conocimiento acerca de cómo funcionan los sistemas de aprendizaje y de toma de decisiones; de hecho se abrogan, como en el caso de la IA, de capacidades que antes creíamos exclusivas de la inteligencia humana, como la creatividad, la resolución de problemas e incluso la proposición de los mismos.

Escogí el nombre de Centauro –un animal con cabeza de hombre y cuerpo de caballo– para el Proyecto por un comentario que hizo Kaspárov, tras perder en 1997 contra el programa Deep Blue de IBM: “El ajedrecista del siglo XXI, dijo Kaspárov, será un jugador centauro”. Un jugador acompañado de un ordenador personalizado.

Tenemos que reformular los sistemas educativos para decidir en cada momento qué debe de estar en su memoria neuronal y qué en su memoria digital. En los últimos cursos de Secundaria hay que estimular la formación de la inteligencia y la memoria neuronal paralelamente a su “ordenador”.

Desafortunadamente, sólo en los dos últimos años las grandes empresas tech han empezado a interesarse en la creación de ordenadores que vayan aprendiendo al mismo ritmo que el niño, de manera que actúen como intermediarios con los programas generales de educación y la particular forma aprender de cada niño. Si bien esto nos proporciona medios fantásticos, resulta difícil de organizar. Lo evidente es que debemos elegir bien las metas y, partiendo de ellas, ponernos en marcha.

Ya se habla del cociente intelecto-máquina, donde la inteligencia de un niño será un conglomerado entre su inteligencia individual, personal, neuronal más lo que sea capaz de manejar tecnológicamente. Por ello es crítico mantener en la estructura neuronal una personalidad fuerte, capaz tanto de decidir como de valorar adecuadamente. A partir de ahí, seguirá un procedimiento de aprendizaje tecnológico, donde el ordenador no será una herramienta sino parte de su propia inteligencia; habrá una simbiosis estrecha entre ambos.

Sobre libertad, inteligencia y ética

He procurado hablar de la teoría de la inteligencia y, empezando en la neurología, hemos llegado a la ética, que no es otra cosa que la gran creación de la inteligencia; de hecho, la bondad es una demostración de inteligencia... Los problemas más complicados son los que afectan a la felicidad personal y de la convivencia. Ojalá estuviéramos invirtiendo nuestro mayor coeficiente de inteligencia en ellos.

A la hora de plantearnos la convivencia también hay visiones diferentes y una de ellas puede ser la China, que ya es una potencia económica y tecnológica, pero también quiere ser una potencia cultural desde una posición diferente. Para ellos, las democracias occidentales están equivocadas considerando a la libertad como el valor supremo. Ellos defienden que otros valores son superiores. Valores como la armonía, la justicia o la igualdad tienen más importancia y si los consiguen, aun a costa de perder libertad, habrán alcanzando objetivos más importantes. Esta forma de pensar está penetrando en nuestra cultura y como consecuencia están apareciendo las democracias iliberales.

La deriva estrictamente tecnológico-científica favorece lo anterior, haciéndonos olvidar que el concepto de dignidad sobre el que está conformado nuestro sistema jurídico, ético y de derechos humanos no es un concepto científico, sino una creación estricta de la inteligencia humana.

En los sistemas democráticos, un político desarrolla muy bien la inteligencia para alcanzar el poder, pero está poco preparado para saber ejercerlo y más aún cuando su capacidad de decisión es limitada. Maquiavelo decía que la virtud del político es la prudencia, pero no se refería a cautela o timidez sino a la capacidad intelectual de aplicar los principios generales a los casos particulares.

Si la prudencia es la principal asignatura que debe estudiar un político, la del futuro empleado es la learnability, la capacidad para aprender y, puesto que vamos hacia un mundo de cambio constante donde la formación que se recibirá se quedará obsoleta en breve, tener disposición y capacidad para aprender con mucha rapidez es imperativo, algo que debemos fomentar en la enseñanza Secundaria.

Igual que sabemos cómo funciona la memoria, sabemos que podemos incrementar la capacidad de aprender. Es un proceso muy parecido a la introducción de una nueva aplicación dentro de un móvil puesto que, aunque no ampliamos la potencia del mismo, sí que incrementamos su capacidad operativa. Cuando hablamos de ayudar a enseñar la memoria de nuestros alumnos, estamos diciendo que vamos a ampliar su capacidad operativa de aprender, algo que como lo van a tener que hacer toda su vida, les será de gran ayuda en esta nueva cultura del aprendizaje permanente. 


José Antonio Marina, filósofo, escritor y pedagogo, en el encuentro DiálogosAED, de la Asociación Española de Directivos

Texto publicado en Executive Excellence nº165, marzo 2020