Guiando la disrupción hacia el bien común

Guiando la disrupción hacia el bien común

El arco de la innovación ha llegado a un punto de inflexión: ahora el cambio tecnológico amenaza con abrumarnos. El progreso es imparable, pero debe tener una forma adecuada. Todos nosotros, no solo las fuerzas del mercado, debemos gestionarlo.

Mis mentores en Física Subatómica provienen del Proyecto Manhattan. Fue precisamente su ejemplo lo que me hizo interesarme por las consecuencias de la ciencia en la búsqueda del propósito público, de una finalidad que contribuya al bien común (prefiero usar el término propósito público, en lugar de política pública, porque esta sugiere acciones de gobierno. A día de hoy, en materia de tecnología, como en la era atómica, las soluciones requieren de un esfuerzo unificado de la comunidad tecnológica y el gobierno). Mis mentores estaban orgullosos de haber creado “tecnología disruptiva”, es decir, armas nucleares, que ayudaron a terminar la Segunda Guerra Mundial, pero siempre inculcaron a mi generación que la gran capacidad de hacer cambios también llevaba asociada una gran responsabilidad.

Hoy nos enfrentamos con avances igualmente disruptivos en tres categorías: digital, biotecnología, y trabajo y formación; sin que tengamos claro que los líderes tecnológicos actuales tengan el mismo firme compromiso de alinear la tecnología con el interés público. Muchos desconfían del gobierno de manera inherente y creen que el bien público surgirá a través de un mecanismo popular y supuestamente más libre. Pero ese no es el caso.

La gran transición que a todos, especialmente a los economistas, les encanta estudiar es la migración de la granja a la fábrica, que a menudo se describe como una historia de éxito, y, en retrospectiva, sin duda así debe ser considerada. Aunque finalmente mejoró los estándares de millones personas, esa transición tardó décadas en resolverse y creó efectos secundarios desagradables, incluidos el comunismo y los guetos urbanos. Solo a través de reformas progresivas que incluían leyes sobre trabajo infantil, educación pública obligatoria, juntas de salud pública, la Ley Antimonopolio de Sherman de 1890, los sindicatos, etc., fuimos capaces de eliminar los efectos más duros. No está claro que con la velocidad de cambio actual nos dé tiempo a hacer ajustes trascendentales impulsados por la tecnología, pero debemos tratar de obtener lo más positivo, pues la disrupción científica y el progreso tecnológico no es algo intrínsecamente bueno o malo. 

No voy a intentar comprender o compartir la idea de aquellos que consideran que las transformaciones tecnológicas del pasado se capearon sin una gran intervención del gobierno, pero sigue siendo una idea que prevalece no solo entre los fundadores de algunas compañías tecnológicas, sino también entre muchos de sus empleados. Buena parte de la orientación moral que ha de guiarnos hacia un buen futuro tecnológico deberá venir directamente de los empresarios y las empresas; pero será imposible tomar las decisiones correctas sin la contribución de los propios tecnólogos. Eso es lo que originalmente me convenció para trabajar en asuntos de Defensa. Me di cuenta de que muchos de los temas clave durante la Guerra Fría tenían un fuerte componente tecnológico, y no podían abordarse bien sin la participación de personas como yo. Los grandes problemas y la posibilidad de ver cómo tu formación es capaz de aportar valor y marcar la diferencia fue una poderosa y atractiva combinación para un joven tecnólogo.

Me complace decir que la generación de jóvenes de hoy es muy diferente de la de quienes ahora ocupan los puestos de responsabilidad de algunas tecnológicas. Lo veo diariamente en Harvard y en el MIT, y también durante mi estancia en Stanford. Hay una fuerte demanda de instrucción y orientación sobre cómo contribuir al propósito público. Muchos de estos jóvenes no buscan entrar en el gobierno, pero sí hacer algo más importante que conseguir que las personas hagan clic en los anuncios…

La colaboración entre tecnólogos y legisladores es esencial. Por eso, como secretario de Defensa, fundé el Servicio Digital de Defensa, la Unidad Innovadora de Defensa-Experimental (DIU-X) en Silicon Valley, y el Consejo de Defensa de la Innovación, en el que participaban Eric Schmidt, Jeff Bezos, Reid Hoffman y Jen Pahlka, entre otros; y del cual estoy particularmente orgulloso. Descubrí “el hambre” entre la mayoría de los tecnólogos por ser parte de algo más grande que ellos y sus empresas. Todo esto reflejaba mi principio de que los tecnólogos y la industria de la tecnología eran esenciales para lograr el importante propósito público de la seguridad nacional.

Este acercamiento a la comunidad tecnológica fue un complemento esencial para el gran impulso de financiación que dimos al presupuesto de Investigación y Desarrollo del Departamento de Defensa en la denominada “tercera compensación”, y la gran reorientación estratégica que estábamos realizando tras 15 años de contraterrorismo y contrainsurgencia ante grandes amenazas de un amplio espectro, asociadas con Rusia y China. Con unos 80.000 millones de dólares por año, el esfuerzo de I+D del Departamento de Defensa es más del doble que el esfuerzo de I+D de Google, Microsoft y Apple combinados.

Dilemas de la disrupción digital

Hay varios dilemas digitales: ciberataque y ciberdefensa, big data, realidad aumentada, computación cuántica, Internet de las Cosas… además de las redes sociales y la Inteligencia Artificial. Hoy en día existen pocos desafíos más importantes que establecer normas éticas para la inteligencia Artificial. La rendición de cuentas y la transparencia son los temas clave para los diseñadores de sistemas de Inteligencia Artificial en la actualidad. Como alto funcionario del Pentágono, emití una directiva que establecía que por cada sistema capaz de ejecutar o ayudar al uso de la fuerza letal, debe haber un ser humano que tome la decisión. En el Pentágono, no podemos eludir la responsabilidad culpando a una máquina. Lo mismo aplica para los diseñadores de un vehículo sin conductor que mata a alguien. Dichos sistemas deben permitir el rastreo de los métodos de decisión.

Algunos empleados de Google han expresado su preocupación por el Proyecto Maven, un esfuerzo del Departamento de Defensa para utilizar la Inteligencia Artificial para analizar secuencias de drones. Se requiere que Maven cumpla la directiva, pues nuestra nación lleva sus valores al campo de batalla… ¿Y quién mejor que los expertos en tecnología de Google para dirigir el Pentágono correctamente?

Las redes sociales son otro campo en el que debemos alinear mejor la tecnología y el propósito público. Las plataformas de hoy son maravillosas facilitadoras del comercio y la comunidad, pero también sirven para la incitación al odio, a la mentira y al aislamiento; invadir la privacidad; e incluso atacar. Según una encuesta de Pew, el 91% de los estadounidenses sienten que han perdido el control sobre cómo se recopilan y utilizan sus datos personales.

Las audiencias con el CEO de Facebook Mark Zuckerberg a principios de este año fueron una oportunidad para allanar el camino hacia soluciones. En cambio, tanto los ejecutivos de Facebook como los legisladores perdieron una ocasión histórica de idear lo que todos acordaron que se necesita: una combinación de autorregulación de las compañías de tecnología y regulación informada por el gobierno.

EE.UU. tiene una larga historia de comunicación y regulación del sistema de información. Algunos economistas argumentan que, dado que Facebook y Google son gratuitos, los consumidores no enfrentan ningún daño económico y, por lo tanto, el gobierno no tiene autoridad antimonopolio. Ese punto de vista sería ajeno tanto a la Ley antimonopolio de Sherman, como a los jueces Brandeis y Douglas, que pronto escribieron sus primeras opiniones al respecto.

¿Cómo podríamos construir diferentes enfoques algorítmicos para velen sobre las redes sociales? Uno organizaría el contenido maximizando la publicidad y los ingresos de la plataforma, esencialmente el modelo predominante. Un segundo reflejaría una elección individual, basada en patrones pasados. Un tercero enfatizaría qué es “tendencia”. Un cuarto podría estar basado en ganancias, pero compartidas con el dueño de los datos en otra forma de servicio sin suscripción. Un quinto tendría el contenido cuidado por periodistas. Idealmente, los consumidores podrían cambiar de canal libremente y comprar, comparar y pagar en consecuencia.

Me gustaría llamar brevemente la atención sobre China en relación a nuestra aproximación a la tecnología. EE.UU. nunca ha mantenido una relación económica sostenida con una economía controlada por los comunistas. La Unión Soviética era una economía de este tipo, pero nuestro enfoque no consistía en comerciar con ella ni en sellarla herméticamente del mundo tecnológico occidental. Sin embargo, estamos en una relación comercial intensa con China, cuya condición de dictadura comunista le permite aplicar a las empresas estadounidenses y a nuestros socios comerciales una combinación de herramientas políticas, militares y económicas que un gobierno como el nuestro no puede igualar. Esto nos coloca en una desventaja competitiva. Aunque no es asunto de un secretario de Defensa, sentí que los economistas internacionales no habían podido proporcionar al gobierno de Estados Unidos herramientas para enfrentarse a esta situación. El enfoque preferido en las últimas décadas fue el libre comercio basado en reglas, abocado al fracaso con una China comunista y, en cualquier caso, abandonado por EE.UU. cuando el país se alejó de la alianza transpacífica. Lo que queda es una “guerra” irregular de comercio y algunos límites importantes, pero parciales, a la inversión china en tecnologías “sensibles”. Como antiguo secretario de Defensa, creo es que es importante jugar ofensivamente y no solo defender. Se necesitan importantes inversiones nacionales en áreas como la Inteligencia Artificial y alianzas público-privadas (como los Institutos Nacionales de Fabricantes, fundados por el Pentágono durante mi tiempo).

Nuevos inversores en biociencias 

Con respecto a la biotecnología; a pesar de lo transformativa que ha sido la disrupción digital, la inminente revolución de las biociencias impulsada por grandes avances como CRISPR (Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats) será al menos igual de importante en las próximas décadas. Hasta hace poco, estas innovaciones surgían de técnicas de laboratorio que requerían talento a nivel de PhD, inversión a escala institucional e instrumentación. Hoy, sin embargo, se están convirtiendo en plataformas sobre las cuales se puede construir una innovación científicamente menor, pero todavía socialmente significativa. Ya es posible enviar una muestra de ADN y recibir la secuencia completa esa noche en tu correo electrónico; algo que costó a Eric Lander y sus colegas una década y miles de millones de dólares hace unos años. Alguien que no sabe nada sobre la ciencia subyacente puede sentarse sobre esta misma plataforma y pensar solo en aplicaciones novedosas. Muchos unicornios digitales fueron fundados por emprendedores al usar la poderosa plataforma computacional en sus ordenadores, cuya tecnología digital subyacente ellos no crearon, ni agregaron ni comprendieron de manera apreciable. Es decir, hoy aficionados sin un conocimiento científico que les sirva de fundamento son capaces de innovar en este ámbito.

En Cambridge, donde trabajo, hay varias incubadoras bio donde los empresarios pueden hacer uso, sin coste, de equipos de laboratorio que cuestan millones de dólares. Hace unos años esto habría estado fuera del alcance incluso de una start-up bien financiada. Esto significa que la escala y el coste de la innovación se desplomarán significativamente, mientras que la velocidad de la innovación social (aunque quizás no científicamente) consecuente aumentará.

Mientras tanto, el largo ciclo de inversión de miles de millones de dólares de la industria farmacéutica tradicional se complementará con algo mucho más corto como es el capital riesgo. Estos nuevos inversores pueden no tener la cultura o los valores de los científicos investigadores, acostumbrados a las normas de los NIH (National Institutes of Health) y la FDA (Food and Drug Administration). Este clima bien puede parecerse a la era digital temprana, con sus resultados mixtos.

El escollo laboral 

La tercera revolución impulsada por la tecnología de nuestro tiempo se refiere al trabajo y la capacitación, y supone un desafío gigantesco. 

A menos que los ciudadanos puedan ver que en todo este cambio disruptivo hay un camino para ellos y sus hijos hacia el sueño americano, o su equivalente, no tendremos sociedades cohesionadas.

Los coches sin conductor son la punta del iceberg. Algunas de las personas más inteligentes de Boston están trabajando en las imágenes pasivas, en LIDAR (light detection and ranging) y en algoritmos de dirección para estos vehículos. Pero, ¿qué pasará con las decenas de miles de conductores de camiones, taxis y automóviles cuyos trabajos se ven afectados? Para estos controladores, esta transición imparable será como la migración de la granja a la fábrica. Les debemos a ellos asegurarnos de crear una era progresiva con condiciones de apoyo para que todo salga bien. 


Ash Carter, ex secretario de Defensa de EE.UU. (2015-2017), director del Centro Belfer para la Ciencia y los Asuntos Internacionales de Harvard Kennedy School, y de su proyecto sobre Tecnología y Propósito Público. Miembro de MIT Innovation.

Texto publicado en Executive Excellence nº151 septiembre 2018.