Empatía, ¿una alternativa a la crisis global?

Empatía, ¿una alternativa a la crisis global?

La vida se desarrolla donde fluye la empatía”, eso creo.

Cuando medios de comunicación y redes sociales muestran tendencias de polarización y enfrentamiento, cuando ves una sociedad cada vez más acelerada, cuando vives que los que son nuestros líderes entienden su rol “construyendo al enemigo” en vez de construyendo alternativas y soluciones… propongo recuperar la importancia de la empatía para impulsar y desarrollar organizaciones saludables, sistemas educativos transformadores, procesos productivos sostenibles, sistemas sanitarios humanizados y, por tanto, sociedades mejores y más prosperas.

¿O es que alguien se atreve a defender que una empresa será más rentable, más productiva si, olvidándose de la empatía hacia sus stakeholders, actúa de forma sorda, insensible, centrada en sí misma… olvidándose de intereses de empleados, clientes o la sociedad en general?

¿Quién se atreve a defender que los alumnos se desarrollan mejor, potencian sus inteligencias emocionales, crecen como ciudadanos del planeta dejando la empatía en las puertas del sistema educativo? Envueltos en la locura de que la PAU es el paso crítico para determinar el futuro de miles de futuros profesionales, se olvida por el camino la necesidad de tener en cuenta las vocaciones y los talentos. ¿De verdad que para ser una buena médica, un buen enfermero, o ingeniero… lo más importante es la nota media de bachillerato y la PAU? ¿Dónde queda la empatía para acompañar en el sufrimiento y el dolor? ¿Y la empatía para entender a los clientes? ¿O para entender la necesidad de cultivar un planeta sostenible en las prácticas industriales? Educamos a los jóvenes orientados a un resultado: que para acceder a la universidad lo importante es la nota –un resultado numérico–. ¿Qué valores estamos inculcando? ¿Seguro que es suficiente trabajar para un 12,5 para asegurar que estamos preparando adecuadamente a los padres y madres, profesionales y líderes de mañana? ¿Dónde queda el ser empático, compasivo, flexible, amable, generoso…?

¿Qué hacemos pues que no reivindicamos la empatía como respuesta estratégica ante la crisis –en vez de ese “que cada uno aguante su vela”–?

Creo profundamente que con directivos seleccionados por el número (cumplen objetivos) y por ser empáticos ya no tendríamos que preocuparnos por los protocolos de moobing. Sólo quien ha decidido desenchufarse de la empatía puede convivir con el sufrimiento ajeno o la indiferencia a la consecuencia de sus actos. Si educáramos en la empatía, ¿habría tantos casos de acoso escolar, de violencia de género, de fraude…?

Si para profesores, médicos, fisios, mandos intermedios, padres, profesionales en general –incluso hasta políticos, parlamentarios…-–, la empatía fuera requisito fundamental para ejercicio profesional: ¿qué nuevo marco social y cultural estaríamos construyendo?

La empatía es un pilar para conformar una sociedad saludable y sostenible. ¿Cómo, si no, se pueden crear organizaciones eficientes, productivas y felices? El reto no es vivir en un mundo “happy flower”; el reto es ser inteligentes y aplicar la empatía como estrategia de desarrollo y crecimiento. Inteligente para responder a los retos de un mundo enfermo: la depresión es la gran pandemia del siglo XXI, el medioambiente está “tocado” y si no cambian nuestras respuestas “tocado y hundido” (¿de verdad que la solución es buscar agua en otros planetas en vez de cuidar el nuestro?), los muros y la “construcción de enemigos” prolifera a diestro y siniestro por líderes ególatras.

Por ello es necesario, creo, recuperar la palabra, la emoción, el pensamiento, la acción en torno a la empatía. Actualmente es una expresión devaluada, neutralizada con esa definición del tipo “es ponerte en los zapatos del otro” y ya está. No es sólo eso.

Para ser empático hay que ser valiente, generoso, honesto, consciente de que existe un otro, una comunidad, y que ellos también son parte de uno mismo. “¿Parte de mí?”. Sí.

Alguien podría preguntar: “¿Y eso cómo se consigue? O al menos, ¿cómo se impulsa la empatía?”.

En 1968, el día después del asesinato de Martin Luther King, una profesora de Iowa, Jane Elliott, se propuso compartir una experiencia con sus alumnos: abordar el impacto que tienen en nosotros los prejuicios.

La clase empezó preguntándoles si sabían lo que significaba sentirse excluido, marginado, por el color de la piel. La mayoría respondieron que sí… pero ella no estaba tan convencida de eso. A continuación, propuso una dinámica basada en un prejuicio. Anunció que las personas de “ojos azules eran las mejores…” y a partir de ese axioma se estructuró la clase. Es fácil imaginar qué ocurrió después de ese momento. Al día siguiente invirtió los roles en base a otro prejuicio: “las personas de ojos castaños son las mejores personas”.

Con el ejercicio, los niños aprendieron a sentir y entender qué se experimenta cuando se está en la piel del otro, su cerebro se abrió a nuevos caminos cognitivos. Se amplió la conciencia, aprendieron que las reglas pueden ser arbitrarias, injustas, parciales… que los modelos mentales hay que cuestionarlos, sembró las semillas del pensamiento crítico.

Así que, ¿cómo construir sociedades más empáticas y creativas? La educación. La educación. La educación. Ya lo decía Nelson Mandela, la educación es el arma más poderosa para transformar el mundo. La educación construye sinapsis.

Ahora, en esa misma afirmación existe un riesgo apocalíptico: a pesar de que, desde niños, estamos por genética orientados a la empatía, se nos puede programar para el odio, la separación y la construcción de enemigos.

Tomando las palabras de David Eagleman, neurocientífico:

“La educación desempeña un papel fundamental a la hora de prevenir el genocidio. Sólo comprendiendo el instinto neuronal que nos lleva a formar grupos de pertenencia y de no pertenencia –y los trucos habituales que utiliza la propaganda para manipular este instinto– podemos albergar la esperanza de interrumpir esa deshumanización que acaba en atrocidades en masa”.

Y la educación no es un proceso que transcurre sólo en las escuelas. También en el día a día. Familias, equipos deportivos, empresas, comunidades, medios de comunicación, servicios de atención pública… nos están enseñando cómo interpretar la realidad y reaccionar ante ella. O, dicho de otra forma, cómo interpretar al otro y cómo reaccionar ante él.

En su afán de comprender la falta de empatía –hasta llegar incluso a la violencia–, Lasana Harris de la Universidad de Leiden (Holanda) pudo identificar que la corteza prefrontal media (CPFm), que rige las relaciones sociales, se activa cuando tratamos con personas, no con objetos. En sus investigaciones pudo comprobar cómo esta se activaba menos cuando el sujeto de investigación observaba un indigente, o un drogadicto… Es como si esa persona se estuviese convirtiendo en objeto. L. Harris lo expresa así:

“Si no estableces claramente que esa persona es un ser humano,

entonces las reglas morales reservadas para las personas no se aplican”.

No es una persona, sino un paciente más. No es una persona, es sólo un empleado más. No es una persona, sino otro empresario avaricioso más… No es una persona, es otro inmigrante más del Estrecho o de México. Son prejuicios que se construyen sobre las variables de Pertenencia, No Pertenencia y Cosificación del otro. Muerta la empatía, todo vale.

Volviendo a la pregunta: ¿cómo se impulsa la empatía?, ¿cómo se desarrollan comunidades más empáticas? Desde la educación en escuelas, empresas y medios de comunicación. Educación en valores, en conciencia (mindfulness), en autoconocimiento (cuestionar mis modelos y paradigmas mentales), en pensamiento crítico…

Quisiera terminar esta tribuna citando las palabras de David Eagleman:

“Podemos sentir la tentación de pensar que nuestra persona acaba en la frontera de la piel, pero en cierto sentido es imposible delimitar dónde acaba cada uno y dónde empiezan los que nos rodean… Porque es imposible evitar la verdad impresa en el circuito de nuestros cerebros: nos necesitamos los unos a los otros”. 


Carlos Gonzalez Alonso, profesor de ESIC

Texto publicado en Executive Excellence nº164, feb.2020