De clones, robots, sistemas y otros asistentes del profesor

De clones, robots, sistemas y otros asistentes del profesor

¿Y si tuviésemos la capacidad de clonar a los mejores profesores?

La singularidad tecnológica, aquel momento, cercano según algunos autores, a partir del cual una civilización tecnológica sufre tal aceleración del progreso que provoca la incapacidad de predecir sus consecuencias, hace que esta hipótesis sea imaginable. Estaríamos ante una explosión de inteligencia que requeriría personas preparadas para administrarla, por un lado, y sistemas educativos capaces de gestionar la asimilación de tales avances, por otro.

En cualquier caso, tal “explosión” no debe ser interpretada en clave de riesgos, que evidentemente aporta, sino de oportunidades para mejorar al ser humano, que seguirá siendo el actor principal de la sociedad “singularizada”. Las próximas generaciones de dispositivos de interacción entre humano y máquina, los conocidos como Brain Computer Interface (BCI), pueden romper barreras que hasta la fecha parecen infranqueables, como la velocidad de transmisión del lenguaje humano o, incluso, conducir a la creación de un nuevo lenguaje universal de naturaleza matemática que haga innecesarios los idiomas tal y como hoy los conocemos y hablamos. También podemos imaginar nanorobots que, una vez inoculados en el sistema sanguíneo, curen las enfermedades a nivel celular. Ambos son ejemplos de la aportación de la tecnología para lograr un ser humano mejorado y en constante evolución gracias a la Inteligencia Artificial.

¿Está el sistema educativo preparado para afrontar el desafío que representa una sociedad donde los humanos y las máquinas interactúen con naturalidad o incluso, en ocasiones, sean difíciles de distinguir? La respuesta a esta pregunta no es un “sí” o un “no”, sino un “debe”. Los sistemas que organizan nuestra sociedad (el institucional, el judicial, el económico y, por supuesto, el educativo) han de estar preparados para gestionar un escenario que ya ha dejado de estar formado por un único mundo natural, tangible y predecible, sino también por otro artificial, virtual e impredecible. Un mundo que calificamos de “artificial”, pero que es real, pues nadie se atrevería a decir que Internet no existe o no ha creado una realidad paralela que interactúa de forma constante con la realidad física que conocemos.

Los modelos educativos tradicionales basados en la mera transmisión de conocimientos se han quedado obsoletos hace tiempo. Tampoco es una novedad que los alumnos tengan acceso a los contenidos necesarios para su formación desde cualquier lugar y en cualquier momento. “En el siglo XVI, hubo profesores horrorizados de cómo la imprenta extendía el uso de los libros. Acabaron viendo que los libros ayudaban en sus clases. Ahora mismo estamos igual con el aprendizaje online”, recuerda Barbara Oakley, autora del best seller “Aprender a aprender”.

Curiosamente, la tecnología nos brinda una magnífica oportunidad para mejorar la formación al liberar al profesor de algunas tareas que aportan poco valor, como la exposición de conocimientos que son fácilmente accesibles para el alumno, y enfocarlo en hacer más eficaz la experiencia del estudiante, tanto si ésta se desarrolla en el aula, un entorno físico, como fuera de ella, en el campus virtual. Por ejemplo, el profesor se puede ‘clonar’ mediante la grabación y reproducción audiovisual de aquellas fases de la formación para las que no necesita un diálogo directo con los alumnos. Esos contenidos pueden estar a disposición de los mismos en cualquier momento y lugar.

La tecnología también nos permite personalizar mucho más certeramente la educación al disponer de muchos más datos sobre el desempeño del alumno. Se facilita así la creación de itinerarios a medida que eviten que todos los alumnos se vean sometidos a la tiranía de la media de la clase en cuanto a su velocidad de aprendizaje.

La aplicación de Inteligencia Artificial y big data ofrece, además, la posibilidad de manejar modelos predictivos que reduzcan el fracaso escolar. Los algoritmos pueden alertar al profesor o al tutor de los riesgos que implican determinados comportamientos del alumno al compararlos con pautas de conducta sistematizadas.

Aunque “aprender jugando” no es un concepto nuevo, sí lo son las posibilidades que ofrece la digitalización para introducir la gamificación en el proceso educativo. Más que “aprender jugando” se trata de “aprender divirtiéndose” o de “divertirse al aprender”. Barbara Oakley insiste en este ángulo: “Un equilibrio entre el trabajo concentrado y el juego es lo que convierte a alguien en un alumno creativo”. Es precisamente esta creatividad la que nos mantendrá por encima de las máquinas, que son capaces de recrear millones de escenarios, pero no de imaginar futuros distintos.

En su perspectiva económica, la digitalización y la movilidad que proporciona reducen los costes de la educación, haciéndola accesible para muchas más personas. El principal coste (y activo) de una escuela son sus profesores. Si los liberas de aquellas tareas que se pueden robotizar, su aportación será mucho más eficiente, porque podrán ocuparse por encima de todo de mejorar la experiencia de cada alumno. Un sistema educativo más asequible y accesible permite democratizar el perfil de entrada de los alumnos y ocuparse de que el perfil de salida corresponda con las exigencias de la sociedad, la economía y las empresas en cada momento.

En consecuencia, habrá una parte del profesor que sí se podrá robotizar, mientras que otra seguirá concentrada en educar la humanidad de los alumnos para que interactúen con un mundo que no será menos humano por la coexistencia de la inteligencia natural con la artificial, sino justo lo contrario. Bien es cierto que para que esta afirmación se cumpla es necesario que la educación no olvide jamás que primero están los valores y luego los conocimientos.

En la aclamada película de los 80 “El club de los poetas muertos”, el profesor John Keating, interpretado por el ya fallecido Robin Willians, se sube a su mesa en el aula y les dice a los alumnos: “Me he subido a la mesa para recordar que hay que mirar las cosas de un modo diferente. El mundo se ve distinto desde aquí arriba”. Ciertamente, cuando miras al mundo de la educación desde la perspectiva combinada de tecnología y valores ves un mundo lleno de posibilidades para hacer de los humanos mejores personas. 


Héctor Baragaño, director de Desarrollo de Negocio e Innovación Digital de ESIC Business & Marketing School. Adjunto a Dirección General

Texto publicado en Executive Excellence nº162, nov. 2019