¿Para cuándo Nuremberg?

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, los aliados acordaron crear un Tribunal Internacional para encausar a los principales implicados en los sistemáticos crímenes cometidos en esa conflagración. No se pretendía calificar la legalidad de aquellos sucesos: de hecho, la mayor parte de los responsables se refugió en la obediencia debida como excusa para sus acciones.

Lo que en realidad se proponían aquellos jueces era restaurar el concepto de licitud. A saber: hay comportamientos que, independientemente de que se encuentren regulados jurídicamente, devastan de forma grave y directa la dignidad humana.

En los últimos años, fundamentalmente a partir del año 2000, y en gran medida por la dejadez de responsables de instituciones de control de carácter estatal, específicamente norteamericanos, pero también en otros países, fue cuajando una estafa masiva de carácter multinacional. Lo que algunos autores norteamericanos –imitados por otros de diversas procedencias- han calificado de crisis Ninja (No income, no jobs, no assets: sin ingresos, trabajo o activos) no ha sido más que la muestra práctica de que cuando un colectivo permite una moratoria ética, las consecuencias son penosas.

La crisis financiera que ha sacudido el mundo, y que aún dará numerosos y dolorosos coletazos ha sido, sin duda, técnica, pero mucho antes ha sido ética. Existen múltiples modos de robar, pero: aunque la mona se vista de seda… Hace tiempo ya escribí un ensayo al respecto que titulé ‘los ladrones de bancos’, en el que describía a los cuatreros de guante blanco, no a los cacos tradicionales de pistola o navaja.

Lo sucedido en estos años –con excepciones- ha sido fruto de la amortiguación de muchas conciencias que han pensado que cuando se robaba desde un amplio despacho en la Quinta Avenida (o en la City), ese desfalco podía quedar impune, porque se parapetaba tras sofisticados cálculos estadísticos, burdamente remedados en ocasiones.

El daño realizado a la economía –y a personas concretas- ha sido inmenso. La quiebra ha sido en muchos casos monetaria, pero en todos de confianza. Quienes aseguraban grandes rentabilidades sabían que lo que en realidad estaban haciendo era proceder a la estafa piramidal envuelta en vacua palabrería y abstrusas fórmulas matemáticas.

Resulta insultante que personas que se comportaron de ese modo hayan podido retirarse del escenario sin responder por sus maldades. Durante décadas se persiguió a los asesinos nazis. ¿Quién hubiera entendido que uno de ellos hubiese seguido al mando de una empresa o de una institución pública tras la Guerra? Pues bien, aún hoy en día, muchos de los culpables de las depredaciones financieras siguen ocupando sus escabeles, como si el desastre no fuese con ellos.

La culpa no fue sólo suya, porque quienes debieron ser atentos vigilantes no cumplieron su función. Es más, no pocos políticos y funcionarios –a ambos lados del Atlántico- han sido cómplices de los saqueos. Algunos, porque miraron hacia otro lado, y bastantes, porque financiaron partidos o administraciones públicas –desproporcionadamente infladas- a cuenta de comisiones cobradas aun a costa de inflar artificialmente precios.

Göring (1893 - †Nuremberg, 15 de octubre de 1946), lugarteniente de Hitler, llegó a declarar: “en la época en la que yo seguí directamente conectado con la Gestapo, dichos excesos, tal como he declarado abiertamente, se producían. Para castigarlos, naturalmente, era preciso averiguar que existían. Los oficiales sabían que si hacían esas cosas corrían el riesgo de ser castigados. Se reprendió a algunos de ellos. No puedo decir cuál fue la práctica más adelante”.

¿Hay alguien que pueda creer semejantes falsedades? ¿Quién podría hoy aceptar que los presidentes y sus consejos en ciertas entidades financieras desconocían el quehacer de su gente? Si así fuese, habría que juzgarles por ineptos (y retirarles los desproporcionados salarios que cobraron durante años). Si conocían los desmanes, los permitieron. En cualquier caso, su culpabilidad es patente.

No se trata, en mi opinión, de adoptar una actitud de venganza, sino de una aspiración a la recuperación de la ejemplaridad. Si quien asesina, estafa, roba y destroza… se va de rositas, ¿quién impedirá que haya otros que repliquen idénticos comportamientos un poco más adelante?

La vindicatio es una habilidad directiva, parte potencial de la virtud de la justicia, que consiste en emplear una razonable fuerza para devolver el debitum (lo debido) a quien se le privó del mismo. Se encuentra tan lejana de la venganza como de la cobarde pasividad.

Escribió el gran pensador de Occidente en el siglo IV: Remota itaque iustitia, quid sunt regna, nisi magna latrocinia? Et quid sunt latrocinia, sini parva regna? Si eliminamos la justicia, en qué se convierte un Estado, sino en una gran banda de ladrones. ¿Y en qué, una banda de ladrones, sino en una pequeña república?

He utilizado en diversas ocasiones esta cita, porque refleja en mi opinión lo que en demasiadas ocasiones contempla la sociedad civil con inaudita pasividad. Si así se hace, difícilmente cambiarán las cosas.

El trabajo realizado en los procesos de Nuremberg, con la tipificación de crímenes y abusos supuso un notable avance jurídico del que con posterioridad Naciones Unidas se valió para el desarrollo de una específica jurisprudencia internacional en cuestiones relativas a los crímenes de guerra y contra la humanidad.

Que la crisis económica internacional creada por unos miles de ejecutivos sirva para volver a diseñar una economía real más cercana a las necesidades, no exculpa a quienes han provocado voluntariamente el seísmo en el que aun vivimos. Si los responsables no quisieron verlo, su comportamiento es equiparable al de Hitler (según cuenta Guderian en sus memorias) cuando al recibir informes asegurada:  “deje usted esos papeles en mi caja fuerte.

Ahora comprenderán por qué no quiero recibir a nadie a solas. Quien desea hablarme a solas, tiene siempre la intención de decirme algo desagradable. No lo puedo soportar”.

Los sistemas a los que estuvo sometido el mundo en el siglo XX tuvieron muchas más semejanzas que diferencias. ¡Cómo olvidar que Hitler afirmaba: “no soy únicamente el vencedor del marxismo… soy su realizador”! Y también, de forma más explícita aún: “no voy a ocultar que he aprendido mucho del marxismo… Lo que me ha interesado e instruido de los marxistas son sus métodos. Siempre he tomado en serio lo que habían imaginado tímidamente esas mentes de tenderos y mecanógrafas. Todo el nacional-socialismo está contenido en él. Fíjese bien: las sociedades obreras de gimnasia, las células de empresa, los desfiles masivos, los folletos de propaganda redactados especialmente para ser comprendidos por las masas. Todos estos métodos nuevos de lucha política fueron prácticamente inventados por los marxistas. No he necesitado más que apropiármelos y desarrollarlos para procurarme el instrumento que necesitábamos”.

Pues bien, y con esto concluyo: cuando, durante una rueda de prensa, un periodista preguntó a Kruchev: ¿cómo pudo aguantar tanto tiempo junto a Stalin?, el presidente ruso, le abroncó brutalmente.

Todo el mundo calló. En ese momento, Kruchev añadió:

-Haciendo lo que ustedes están haciendo ahora, callarse.

Ante la culpabilidad de quienes han hurtado a manos llenas, la sociedad civil no debería caer en la misma trampa. Si lo hace, no habrá motivos para quejarse cuando dentro de unos años se repitan semejantes escenas.


Javier Fernández Aguado, presidente de MindValue

 Artículo publicado en Executive Excellence nº60 jun09

 


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