COVID-19 y el futuro de la humanidad (I parte)

COVID-19 y el futuro de la humanidad (I parte)

En 2015, el cofundador de Microsoft, Bill Gates, vaticinó en el congreso TED Vancouver que la humanidad se enfrentaría pronto a una catástrofe global: una pandemia causada por un virus altamente infeccioso que se propagaría rápidamente por todo el mundo y contra el cual no estaríamos preparados para luchar. 

El reconocido filántropo pronunció su conferencia en el contexto de la epidemia de ébola que, entre 2014 y 2016, acabó con la vida de más de 10.000 personas.  

“Si empezamos ahora, podríamos estar listos para la próxima epidemia”, declaró entonces esperanzado. Sus palabras, sin embargo, no fueron escuchadas y hoy nos enfrentamos a la pandemia más importante que ha asolado al planeta desde la gripe española de 1918.  

Durante una conversación en vivo a través de videoconferencia con el fundador de TED, Chris Anderson, Gates señaló que únicamente podremos controlar el brote de COVID19 a través de dos medidas: confinamiento y test masivos. 

CHRIS ANDERSON: Dicen que cuanto más conocida es una persona menos hay que introducirla. Es un placer para nosotros poder entrevistar a Bill Gates. ¿Cómo está?

B.G.: Estamos viviendo una situación completamente nueva y atravesando momentos de absoluto desconcierto en los que toda actividad se está paralizando sin tener una idea clara de cuánto va a durar este proceso. Además, estamos preocupados por la salud de nuestros seres queridos. En la Fundación contamos con grandes personas que están intentando ayudar en esta crisis… pero lo cierto es que da mucho miedo.

C.A.: Usted también está confinado en casa. 

B.G.: Sí, durante varios días no he visto personalmente a ningún compañero. Me reúno con mi equipo a través de videoconferencia y realizo todo el trabajo que puedo de forma virtual. Resulta impresionante observar la explosión tecnológica que se está produciendo. No puedo evitar pensar que nuestras vidas están siendo reconfiguradas digitalmente.

C.A.: Hace cinco años, en el escenario TED, dio una charla que nos puso los pelos de punta: “el mundo estaba en peligro y podíamos sufrir una gran pandemia”, nos decía entonces. Quienes hoy ven ese TED Talk reviven sorprendidos sus palabras, porque eso es exactamente lo que está ocurriendo. ¿Por qué no se hizo nada entonces, a pesar de su preaviso? 

B.G.: Tenía la esperanza de que los brotes de virus tan agresivos como el ébola, el Zika o el SARS, que afortunadamente no se extendieron a muchos países, nos hubieran recordado que vivimos en un mundo en constante movimiento, y que una situación así podía ser verdaderamente devastadora.

El objetivo de aquella charla fue explicar que no estábamos preparados para una pandemia de este nivel y que teníamos que adoptar medidas para protegernos y evitar un problema de este tipo. Hace cinco años podíamos habernos preparado, pero desafortunadamente, se ha hecho muy poco desde entonces. 

Es cierto que se crearon algunas iniciativas. La Coalición para la Preparación frente a las Epidemias (CEPI), que recibía fondos de la Fundación Bill y Melinda Gates, del Fondo Wellcome y también de algunos Gobiernos, ha estado investigando sobre determinadas vacunas, pero no ha hecho nada en el área de diagnósticos y preparación de antivirales, a pesar de contar con los mismos datos y pronósticos sobre enfermedades de los que yo hablé en mi charla.

Como consecuencia, ahora tenemos un virus que, desgraciadamente, está cumpliendo las predicciones más negativas que hice en aquel momento.

C.A.: El mes pasado manifestó que esta podía ser esa gran pandemia que ocurre una vez en cada siglo y que todo el mundo teme…

B.G.: Es muy desagradable decirlo, pero la nota positiva es que podría haber aparecido un virus mucho más agresivo como, por ejemplo, la viruela, una enfermedad que tiene un índice de mortalidad del 30%.

Lo que estamos viviendo ahora es horrible, pero la mayoría de las personas que se contagian por COVID19 sobreviven y, aunque el nuevo coronavirus es mucho más infeccioso que el MERS o el SARS, no resulta tan letal. Aun así, la disrupción que estamos viviendo para intentar frenarlo no tiene precedentes. Esto es algo global, respiratorio… y ese es el gran miedo. ¿Cuántas personas terminarán falleciendo? Si hacemos las cosas de forma adecuada, no serán demasiadas, no llegaremos a alcanzar las cifras de la gripe española de 1918. Deberíamos ser capaces de actuar mucho mejor que entonces.

C.A.: Eso será si las acciones que tomamos son las adecuadas…

B.G.: Si no lo son, las perspectivas son bastante negativas. El COVID puede matar a decenas de millones de personas en el mundo, dado que tiene un factor de peligrosidad superior al de gripe (cuatro o cinco veces más), pero no tanto como el SARS o el ébola. El verdadero problema es que es tremendamente infeccioso, incluso antes de que los síntomas se manifiesten.

C.A.: ¿Es este factor lo que ha dificultado tanto la respuesta?

B.G.: Los síntomas del ébola eran palpables antes de que fuese muy contagioso. En tres días el enfermo estaba en la cama, y no haciendo su vida normal. Al principio, la mayoría de los virus respiratorios, como el COVID, únicamente provocan fiebre y un ligero malestar, así que la persona contagiada puede seguir con su ritmo habitual, y durante ese proceso lo más probable es que infecte a otras personas.

En 2015, en la charla TED presenté una simulación sobre la transferencia humana de la gripe común en las primeras fases. A lo largo de la conferencia expuse lo rápido que se propagan los virus respiratorios. A día de hoy la población viaja mucho más que en 1918, y ese es un factor muy negativo ante esta situación, aunque también es cierto que los sistemas médicos son mucho mejores que los de aquella época. 

C.A.: ¿Cuándo tuvo usted claro que si no dábamos una respuesta rápida y potente el nuevo virus se transformaría en una gran pandemia?

B.G.: A principios de enero ya se sabía que existía transmisión humana. En ese momento saltaron las alarmas, porque todo apuntaba a que iba a ser muy difícil contener el virus. El 23 de enero, China decretó el cierre total con medidas bastante extremas. La buenas noticia es que han sido capaces de reducir considerablemente el número de infectados, pero en ese momento los demás países deberían haberse puesto las pilas con los test y haber impulsado la investigación desde el punto de vista terapéutico y la búsqueda de vacunas. Todo el mundo debería haberse dado cuenta de que había aparecido un nuevo virus respiratorio tremendamente infeccioso que presentaba un índice de mortalidad superior al de las gripes que habíamos vivido y que, por tanto, nos enfrentábamos a una situación muy preocupante.

C.A.: En muchos países, Estados Unidos incluido, no se ha dado la suficiente importancia a lo que ocurría y se han producido situaciones contraindicadas. ¿Por qué hemos perdido el tiempo durante todo el mes de febrero?

B.G.: Lo ideal hubiera sido destinar fondos públicos para hacer frente a las actividades más críticas. Por ejemplo, en la Fundación destinamos 100 millones al impulso del acelerador terapéutico. 

Creo que, durante el periodo previo a la explosión del problema, deberíamos haber hecho mucho más. Cuando nos percatamos del elevado ritmo de transmisión ya era tarde, pero lo más importante en este momento es que no se están realizando suficientes test, ni tampoco se están aplicando a las personas que más lo necesitan. Hay trabajadores sanitarios con síntomas a los que no se les ha podido realizar la prueba, y, al mismo tiempo, muchas personas asintomáticas que sí han sido testadas. Es urgente organizar y priorizar la realización de test. 

El segundo factor importante es el aislamiento, algo que en muchos lugares todavía no se está haciendo. Soy consciente de que es una medida muy dura y que provocará consecuencias desastrosas en la economía, pero es fundamental confinarnos de forma seria lo antes posible. Cuanto antes lo hagamos, antes podremos volver a la normalidad.

C.A.: Los epidemiólogos avisaron hace tiempo del importante nivel de contagio del virus, y de que si no se tomaban medidas iba a morir mucha gente. ¿Qué ha pasado para que un mes después de saber todo esto todavía no haya test viables y accesibles en Estados Unidos?

B.G.: Hemos perdido todo febrero. Algunas sociedades, como Corea del Sur, aprovecharon ese mes para realizar test de forma masiva y han sido capaces de contener la infección sin tener que cerrar el país ni aislar a las personas. Nosotros hemos llegado tarde.

Afortunadamente, la FDA ha informado de que ya es posible realizarlos individualmente, tomando una muestra de la punta de la nariz. Hasta ahora, estas se tomaban de la parte alta de la garganta o el interior de las fosas nasales, un proceso doloroso que, además, provocaba tos y ponía en riesgo a la persona que tomaba la muestra dado que, en muchos casos, no contaba con un equipo de protección adecuado. Los test individuales son totalmente fiables y van a ser de gran ayuda, porque no requeriremos de personal sanitario para hacerlos y los resultados estarán listos en 24 horas. 

C.A.: ¿Cómo podrán los ciudadanos obtener uno de estos test?

B.G.: Están siendo días muy caóticos. El Gobierno no se ha preocupado de incrementar los recursos para hacer los test ni tratar todos los casos posibles. Prometen que van a habilitar una web a la que los ciudadanos podrán dirigirse para explicar sus síntomas, y en función de la exposición social que tengan y la gravedad de los síntomas que presenten, se les derivará a los lugares habilitados para realizar las pruebas. Otra posibilidad es que envíen los kits a casa para que cada uno tome su muestra y la envíe al laboratorio para analizar.

Posiblemente en unos meses, tendremos una tira de papel que permitirá realizar el test directamente en nuestra casa (NdR. Tal y como la Dra. Divya Chander nos explicaba en su artículo, esto es algo que ya está haciendo la empresa Sherlock Biosciences), pero de momento la única forma de realizar estas pruebas es a través del proceso PCR. La realización de test es ahora lo más importante, porque sólo así podremos decretar el nivel de aislamiento, endurecer las medidas si aumenta el número de contagiados o reducirlas, si cada vez hay menos posibilidades de contagio. Si decidimos de una forma aleatoria quién tiene acceso a los test y quién no, estaremos dando palos de ciego.

C.A.: Hay quienes argumentan que realizar estos test de forma masiva ahora aumenta el riesgo de contagio, y que deberíamos focalizarnos en el tratamiento y el aislamiento. Deduzco por sus palabras que no está de acuerdo con esta afirmación.

B.G.: La realización de test en volúmenes muy elevados y el aislamiento son dos conceptos que van unidos. Determinadas personas como los médicos, los transportistas, los responsables de asegurar el suministro de agua y energía o los empleados de las tiendas de alimentación, tienen que seguir trabajando.

Los test determinan si un ciudadano debe aislarse para no ser una fuente de contagio. Corea del Sur hizo el testing accesible a toda su población de una forma masiva, para que todo el mundo supiese cuál era su situación. Estoy convencido de que esa medida, junto con el aislamiento, será lo que solucione el problema.

Nuestro objetivo ahora es llegar a un punto en el que sólo un pequeño porcentaje de la población esté infectada. En China, únicamente el 0,1% de sus habitantes contrajeron la enfermedad. Si no hubieran tomado medidas, la mayor parte de los ciudadanos se habrían contagiado, provocando una sobrecarga brutal en el sistema sanitario. 

C.A.: ¿Qué rol pueden desempeñar nuestros líderes y las grandes tecnológicas para ayudar a contener esta situación?

B.G.: Las compañías tecnológicas están trabajando muy duro para asegurar que el mundo siga funcionando, que las personas puedan permanecer en contacto, y también están contribuyendo a modelar la enfermedad y visibilizar los datos. Es impresionante lo fácil que resulta acceder en tiempo real a las cifras que muestran la evolución que está experimentando la enfermedad.

En el año 1918 no había forma de visibilizar lo que estaba ocurriendo a nivel global, ni tampoco capacidad para compartir las mejores prácticas frente al virus de la gripe española; pero para muchísima gente la clave fue el aislamiento.

Hoy los trabajadores sanitarios, que están haciendo un trabajo increíble, son quienes soportan la mayor presión. Además de que el sistema se irá sobrecargando conforme avancen los días, han de seguir tratando enfermedades que no tienen nada que ver con el COVID, y es muy difícil decidir cuáles son los casos prioritarios.

C.A.: Uno de los enigmas de la estrategia de aislamiento es cuánto ha de durar. A muchas personas les preocupa el precio que tengamos que pagar por la victoria. Este tema ha generado un gran debate en EE.UU., porque algunos piensan que deberíamos estar aislados solamente un par de semanas más para no destruir la economía, aunque eso signifique que muchas personas enfermen. Sostienen que al final acabaremos adquiriendo una inmunidad, y quizá sea ese el camino adecuado a seguir. ¿Cree que es posible encontrar una vía intermedia? ¿Cuál puede ser la estrategia de aislamiento que nos lleve de nuevo a la normalidad?

B.G.: No hay ningún camino intermedio. Es muy duro decir a las personas que continúen yendo a restaurantes, que se compren una casa nueva y que sigan gastando dinero, porque un político cree que el crecimiento del PIB es lo más importante, y que ignoren la montaña de cadáveres que hay a la vuelta de la esquina. Cuando se produce una pandemia como esta, que amenaza a sus padres o a personas mayores que conocen, es difícil pedirles que continúen con su vida como si no pasase nada, sabiendo que su actividad no hace más que extender y contagiar a los demás. No conozco ningún país rico que se haya planteado esta circunstancia.

Es cierto que si se adopta esta estrategia, dentro de unos años, se habrá infectado la suficiente cantidad de personas como para adquirir lo que se denomina “inmunidad del rebaño”. Este tipo de inmunidad no tiene ningún sentido si no se ha inmunizado el 50% o más de la población, porque sobrecargará los sistemas médicos, y el nivel de mortalidad será del 3% o el 4%, en lugar del 1%.

La idea me parece absolutamente irresponsable, y que alguien sugiera que podemos tener lo mejor de ambas situaciones no es inteligente. Necesitamos un aislamiento absoluto, extremo, de entre seis y diez semanas. Si las cosas avanzan de forma correcta, poco a poco podremos ir flexibilizando el aislamiento.

C.A.: Haciendo los cálculos, para conseguir una inmunidad del rebaño (herd immunity), es necesario que más de la mitad de la población de un país se haya contagiado. En nuestro caso, en EE.UU. , hablaríamos de unos 150 millones de personas, y el porcentaje de muertes podría ser del 3% al 5%, es decir, unos cinco millones de fallecidos. Sin duda es algo horrible, que no debería ni siquiera ser contemplado.

B.G.: Puede ser tentador el tener un escenario de business as usual, como si nada ocurriese, pero sólo factible en el caso de países como Corea del Sur, que se anticipó y realizó un magnífico trabajo de testing, que le permitió no tener que decretar el cierre extremo. Por eso, me resulta personalmente tan increíble que los gobiernos no estén aportando los recursos para hacer todo el proceso de pruebas donde es necesario. En nuestro caso, quizá esto debería ocurrir a nivel estatal, dado que no está sucediendo a nivel federal.

Por otro lado, es una lástima que el aislamiento deba de ser incluso más fuerte y duro para los países pobres. Con respecto a esta severidad, parece ser que hay una excepción, como es el caso de Japón, donde no están realizando una contención de la misma forma que hizo Corea, y han permitido que las personas sigan trabajando, habiendo tomado medidas para proteger a su población más avejentada, pero intentado buscar un camino intermedio.

Si actúas cuando se tienen cientos de casos, es posible ser capaz de contener la situación haciendo una actividad de testing adecuada y reduciendo al máximo los niveles de contagio. Eso es factible, mermando así el fuerte impacto en la economía.

En el caso de Japón, se utilizó el mes de febrero de manera adecuada. También destacaría aquí a Taiwan, Hong Kong, Singapur y Tailandia, pues tenemos la impresión de no van a tener muchos casos. Por el contrario, EE.UU y muchos países europeos ya hemos perdido la oportunidad de actuar con suficiente rapidez y capacidad para evitar el aislamiento total de la sociedad. Ahora necesitamos aislarnos y cerrar todo, para no repetir lo que sucedió en Wuhan al principio, o lo que está pasando en Italia en las últimas semanas.

Me resulta llamativo que, aun teniendo éxito en disminuir la curva de crecimiento y reducir el número de casos nuevos en un periodo de aislamiento extremo, en EE.UU. no se haya construido ninguna inmunidad, no haya ninguna vacuna. Estoy seguro de que cuando se levanten las restricciones todo volverá a resurgir.

La experiencia de China y Corea del Sur demuestra que no hay personas asintomáticas que estén causando muchas infecciones, y ese es el parámetro sobre el que se debe construir el modelo. Algunos están hablando del modelo imperial, que sostiene que la reapertura es muy difícil de realizar; pero puedo decir que los resultados de ese modelo imperial no están de acuerdo con los resultados que estamos viendo en China, así que muy posiblemente no haya tantos “infectadores” asintomáticos.

En un momento donde desconocemos muchas cosas, hemos de ser pragmáticos. Por ejemplo, la estacionalidad puede ayudarnos en el hemisferio norte, de hecho, la gran mayoría de los virus respiratorios son estacionales. No sabemos lo estacional que será este, pero es razonable pensar que la fortaleza de la infección vaya reduciéndose conforme entre el verano. Serán las pruebas las que nos digan si tendremos que incrementar el aislamiento o si podremos empezar a disminuirlo; únicamente el testing nos dirá si, en el momento en que empecemos a levantar el aislamiento, estamos haciéndolo bien.

Particularmente soy del bando más optimista, y creo que será posible seguir la senda de China, que ya está recobrando la normalidad.

C.A.: ¿Me podría ayudar a entender qué ocurrió en China? Porque parece algo milagroso. El virus empezó en Wuhan, desde donde muchas personas se desplazaron a otras partes del país, pero ¿cómo es posible que la combinación del cierre de Wuhan y las medidas en los otros sitios hayan llegado a un punto donde, literalmente, no hay nuevos casos? Eso parece decir que el virus no está circulando entre los humanos en China. ¿Está de acuerdo con esta interpretación? 

B.G.: Si tuviésemos una tabla excel donde colocásemos a una persona infectada que contagia a otras 4 y estimando un ciclo de 10 días, acabaríamos teniendo un número tremendo de infectados. Si partiésemos en esa misma tabla con 10.000 infectados, veríamos que el crecimiento es increíble. En cambio, si tenemos un caso con un nivel de infección del 0,4 y siguiésemos lo que le ocurre a ese número conforme avanzamos, nos daríamos cuenta de que termina cayendo a cero. Es decir, aquellas cosas que son exponenciales son muy dramáticas. Cuando las cifras de contagio están por encima del 1, crecen de una forma rapidísima; pero cuando están por debajo de 1, se reducen de una forma muy rápida. 

El aislamiento en China hizo que ese número reproductivo se redujese a cifras bastante bajas, por debajo de 1. Esa reducción, esa cuarentena (aunque el concepto venga de los 40 días, que era el tiempo en que se pensaba que podía eliminarse la peste negra) es nuestra técnica principal. Afortunadamente, la capacidad de hacer test y esa cuarentena, ambos usados adecuadamente, nos permitirán solucionar el problema. 

Aunque también es esperanzador el desarrollo de terapias que podrán ayudar a reducir el porcentaje de mortalidad, el mantenimiento del nivel de contagio de la población por debajo del 1%, sólo depende de dos factores: aislamiento y test.


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Bill Gates, líder empresarial y filántropo.