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Management pontificio (II), por Javier Fernández Aguado

  • 01 de Febrero de 2024 //
  • (Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)
Management pontificio segunda parte

URBANO VI. El papa que no debió serlo (y II)

Urbano VI aprovechó una homilía, comenzando por la expresión “Yo soy el buen pastor”, para echar en cara a sus electores un proceder repleto de lujos, en contradicción con el espíritu de humildad y pobreza que debían mostrar. Al cardenal de Vergne le afeó el haber invertido más de 100.000 florines para comprar propiedades a favor de su sobrino e incrementar el patrimonio familiar para evitar que la cámara apostólica pudiera disponer de esos medios, tal como estaba previsto tras el fallecimiento de los prelados. A Corsini le calificó de ladrón por haberse apropiado de un valioso objeto del estudio de Gregorio XI. Le ordenó devolverlo. A Orsini lo tildó de cretino. Y a Roberto de Ginebra, de rebelde. A todos les ordenó emplear las riquezas propias no en comprar villas y castillos, sino en entregárselas a los necesitados. Los cardenales quedaron espantados, incapaces incluso de replicar. Particularmente molesto, Roberto de Ginebra invitó a su mansión del Trastevere a Francesco Bruni, médico personal del pontífice, para hacerle presente que el papa lo era gracias a él, y que su estirpe reclamaba un tratamiento diferencial del de los demás cardenales.

Pocos días después, Urbano VI convocó en nueva sesión al colegio cardenalicio en San Pedro, para que escuchara el sermón de un dominico. El religioso predicó contra la simonía. El cardenal Luna, que había sido profesor de derecho canónico en la Universidad de Montpellier, le interrumpió para preguntar si las medidas de castigo afectaban a los cardenales. El papa se alzó e intervino:

-¡Sobre todo a los cardenales!

Se volvió al seguidor de santo Domingo e impuso:

-De ahora, en adelante, añadid que, como castigo por la simonía, está prevista la excomunión para cualquier prelado de cualquier estado y condición también cardenal. Y también para el papá si fuera posible.

El cardenal Borsano terció:

-Santo padre, la excomunión no puede ser proclamada, sino después de tres avisos.

Urbano VI le interrumpió:

-Yo lo puedo todo y quiero que sea así.

Urbano VI planificó una reforma que incluía una radical simplificación del estilo de vida de los cardenales, además de amenazar con recortar drásticamente los ingresos que percibíanDesafortunadamente, el recién nombrado, perdido el oremus, prosiguió menospreciando a sus electores con comentarios gravemente irrespetuosos. Planificó una reforma que incluía una radical simplificación del estilo de vida de los cardenales, además de amenazar con recortar drásticamente los ingresos que percibían. Todo ello adobado con sucesivos baldones públicos y un sentido claramente patológico de la autoridad. El fondo era correcto; la forma, extemporánea.

En uno de los sucesivos enfrentamientos verbales con sus cardenales, Urbano VI llegó a señalar:

-¡Qué osadía dirigirse así al Vicario de Cristo!

El cardenal La Grange le replicó:

 -No es cierto, porque ¡usted no es el papa! No lo es, porque no se han respetado las normas del derecho canónico.

En sus diatribas incluyó a Otto de Brunswick, consorte de la reina Juana I de Nápoles. Con ocasión de un convite, le obligó a permanecer de rodillas con una copa de vino en las manos, sin dignarse a prestarle atención. Únicamente la exclamación de uno de los presentes, animando a beber, permitió que Otón saliera de aquella embarazosa situación. En otro momento, al cardenal Niccolò Spinelli fue obligado a situarse en un lugar menos destacado del que ocupaba habitualmente en las reuniones con los pontífices precedentes. Aquello le sentó a cuerno quemado.

El duque de Fondi fue también objeto de sus ultrajes. Ante la sugerencia de alguno de retornar Aviñón, el recién nombrado amenazó con furia con crear abundantes cardenales italianos para arrebatar la mayoría a los franceses. Comenzó a farfullarse en pequeños círculos que había perdido la cabeza y no faltaron quienes lo calificaron de inane. Ante la sugerencia de que dimitiese, clamó que no le conocían bien, nunca lo haría. Añadió: “Aunque hubiese miles de espadas apuntando a mi cuello, nunca renunciaré”.

Uno tras de otro, los electores franceses fueron escabulléndose hacia Anagni, localidad amurallada al sur de Roma. Pretendían debatir sobre cómo reaccionar ante aquella sorpresiva situación. Los más radicales propusieron secuestrar al papa, otros consideraron que aceptaría coadjutores. Urbano VI rechazó cualquier tipo de acuerdo. Así las cosas, el 2 de agosto publicaron una declaración, afirmando que la elección de abril había sido inválida por haber sido consumada bajo una ansiedad insalvable. En el mismo documento invitaban al papa a abdicar.Comenzó a farfullarse en pequeños círculos que había perdido la cabeza y no faltaron quienes lo calificaron de inane

Una semana más tarde, el 9 de agosto, informaron al mundo católico de que le habían depuesto como intruso. Por desasosiego ante las cercanas tropas papales, se encaminaron a Fondi, bajó la protección de la reina Juana. Optaron entonces por el beligerante cardenal Roberto de Ginebra como nuevo papa. Era el 20 de septiembre. Su coronación como Clemente VII el 31 de octubre fue el pistoletazo de salida para el Cisma de Occidente, que quebraría la unidad de la iglesia desde 1378 hasta 1417.

Tanto el francés como el italiano se apresuraron a enviar embajadores. Fueron recibidos por los perplejos coronados que no sabían a qué atenerse. Francia prefirió inicialmente la neutralidad. Sin embargo, pronto se inclinó por Clemente junto a Saboya, Nápoles y Escocia. Por su parte, Inglaterra y Alemania con la mayor parte de Italia y de los países de Europa central apoyaron a Urbano. El factor determinante era el interés nacional. Urbano encontró apoyo incondicional en Catalina de Siena, la gran promotora del retorno de Aviñón. Escribió a Urbano VI al conocer lo obrado en Fondi: “He sabido que los demonios encarnados han elegido no a Cristo en la tierra, sino que han hecho nacer un anticristo contra usted, Cristo en la tierra”.

Cada uno de los papas excomunicó al otro y levantó ejércitos mercenarios. Las tropas de Urbano VI vencieron cerca de Marino en abril de 1379. Además, se hizo fuerte en Castel Sant’Angelo. Clemente tuvo que retirarse a Nápoles y posteriormente a Aviñón. Ambos pontífices reorganizaron sus huestes.

Urbano nombró 29 cardenales seleccionados por sus diferentes nacionalidades. Rotos los contactos, en 1384 Clemente pretendió ocupar parte de los estados pontificios, pero sus milicias fueron desbaratadas.

Urbano VI no dudó en ningún momento de su legitimidad y mostró nulo interés en escuchar razones contrarias. Rechazó radicalmente la sugerencia de convocar un concilio aclaratorio, tal como fue propuesto por algunos príncipes alemanes. Su máxima preocupación era apropiarse del reino de Nápoles, que deseaba fuese gobernado por un inicuo sobrino. Excomunicó a la reina Juana por apoyar a Clemente. La reemplazó, al cabo, por su sobrino Carlos de Durazzo, a quien coronó en Roma en 1381.La coronación del beligerante cardenal Roberto de Ginebra como papa Clemente VII fue el pistoletazo de salida para el Cisma de Occidente, que quebraría la unidad de la iglesia desde 1378 hasta 1417

Se enfrentó al rey galo, que no había aceptado pacíficamente aquel nepotismo. Además, de acuerdo con algunos cardenales, promovió un complot para incapacitar a Urbano y nombrar un Consejo de regencia. Al recibir estas noticias, el ofendido pontífice encarceló y ordenó torturar a seis cardenales para que identificasen a todos los implicados. Eran Ludovico Donati, general de la orden franciscana, el dominico, Giovanni da Amelia, Bartolomeo da Codorno, Marino del Giudice, el benedictino inglés, Adam Easton y Gentile di Sangro. El rey Carlos replicó asediando la ciudad de Noccera. Urbano escapó hacia Génova, donde cinco de esos cardenales desaparecieron definitivamente. Previamente, el obispo del Aquila, que fue quien denunció a los conspiradores, había intentado fugarse de la corte papal. Descubierto, Urbano VI ordenó personalmente que fuese apuñalado hasta la muerte. Su cuerpo quedó insepulto a orillas del camino.

Muchos aseguran que los cardenales fueron finiquitados, porque en su huida el papa no podía llevarles consigo. Gobelino, un clérigo perteneciente al séquito, escribió un libro de memorias detallando que los purpurados habían sido rematados en la cárcel por la noche y sepultados en el establo. Cuatro siglos más tarde, aquella información quedó confirmada durante unos trabajos en la encomienda de San Giovanni di Prè. Allí fueron descubiertos cinco camastros con los restos de los cinco esqueletos.Urbano VI falleció en 1389, con alta probabilidad envenenado. Tanto sus tesoros como su reputación contabilizaban cero

A la muerte de Carlos en Hungría, en febrero de 1386, Urbano VI siguió negándose a una reconciliación con la viuda. Se trasladó a Lucca y luego a Pisa. Allí reclutó nuevas levas para una campaña contra Nápoles, que había caído en manos clementinas. La carencia de medios económicos le impidió ejecutar sus propósitos. En octubre de 1388, ante la derrota de sus mercenarios, regresó a Roma. Por si algo le faltaba, incomodó a la población de la ciudad con su genio desbocado. Falleció un año más tarde, con alta probabilidad envenenado. Incluso alguno de sus cardenales le traicionó y los estados papales fueron presa de la anarquía.

Tanto sus tesoros como su reputación contabilizaban cero. Una decisión salvable fue el deseo de que los años Santos se repitieran cada 33, en recuerdo de los que vivió Jesucristo. Además, la fiesta de la visitación de la virgen María, que hasta el momento solo era celebrada por la orden franciscana, fue ampliada a toda la cristiandad.Que la iglesia haya sobrevivido a este tipo de personajes habla de su carácter sobrenatural. Resulta inviable que con tan torpes directivos lo hubiera logrado una organización meramente humana

Si Bartolomeo Prignano se hubiera formado en habilidades directivas, muchos sufrimientos hubieran sido evitados. ¡Ojalá los CEO contemporáneos caigan en la cuenta de que la forma parte del fondo!

Que la iglesia haya sobrevivido a este tipo de personajes habla de su carácter sobrenatural. Resulta inviable que con tan torpes directivos lo hubiera logrado una organización meramente humana.


Javier Fernández Aguado, socio de MindValue y director de Investigación de EUCIM.

Artículo publicado en febrero de 2024.


Lea también la primera parte: Management pontificio.

URBANO VI. El papa que no debió serlo (I) 


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