Skip to main content

Alineando tecnología y prosperidad

28 de Febrero de 2024//
(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)
Daron Acemoglu

El economista Daron Acemoglu advierte que estamos a punto de ver grandes cambios transformadores de la tecnología digital, sobre todo de la IA, y que ha llegado el momento de replantear si verdaderamente serán provechosos para toda la sociedad. En su conferencia para la Fundación Rafael del Pino, explicó cómo estos avances pueden convertirse en una herramienta de poder y democratización, siempre que recupemos el control de la tecnología y la pongamos al servicio del bien común.

¿Ventajosa para los trabajadores? 

Para muchos economistas, existen sólidas fuerzas de mercado que darán lugar a una tendencia que llevará a la sociedad, en términos generales, a beneficiarse de las nuevas tecnologías, especialmente en el mercado laboral, donde habrá mayores niveles salariales si las empresas se vuelven más productivas gracias a ellas. Esto es importante porque la mayoría de nosotros, en las sociedades modernas, vivimos de nuestros salarios. Si este vínculo de las nuevas tecnologías con el mercado laboral no fuese ventajoso para la población, no seríamos tan optimistas. ¡Pero hay que revisar esta teoría! 

En primer lugar, la idea de que los trabajadores van a beneficiarse a medida que se introducen estas nuevas tecnologías es muy criticable, porque parte del supuesto de que, si hay un incremento en la productividad, las empresas tendrán que contratar a más empleados y los sueldos crecerán; algo que no tiene que ser así necesariamente.

La introducción de los molinos de viento en la Edad Media multiplicó por más de diez la productividad, como también la aumentó la desgranadora de algodón de Whitney en el sur de Estados Unidos, y ninguna de estas dos innovaciones fue una opción triunfadora para los trabajadores. En el caso de los molinos, solo aristocracia y clero cosecharon los beneficios, mientras que la mayor parte de la población se vio relegada a una cuasi esclavitud. Y, por supuesto, a los esclavos negros que trabajaban el algodón no les mejoró la vida gracias a la creación de esta desgranadora. Es más, les fue peor, e incluso su esperanza de vida se redujo.La introducción de los molinos de viento en la Edad Media multiplicó por más de diez la productividad, como también la aumentó la desgranadora de algodón de Whitney en el sur de EE.UU., pero ninguna de estas innovaciones fue beneficiosa para los trabajadores¿Por qué? La razón es sencilla. Distaban mucho de estar en un mundo donde hubiera competencia y los trabajadores carecían de poder; solo las élites lo ostentaban. No existía nada semejante a un proceso competitivo en el mercado.

189 portada daronCon la revolución industrial arranca nuestra prosperidad actual. Es un fenómeno complejo, en el que se suceden una serie de cambios tecnológicos, algunos de los cuales estaban embebidos en un entorno institucional que, desde luego, no era el del esclavismo ni el de la servidumbre. Sin embargo, fue mucho más complicado de lo que pensamos hoy, aunque el sistema de fábricas se utilizó de una manera concreta; y aquí centro mi idea.

Es muy distinto usar la tecnología pensando en que el trabajador sea más productivo y pueda llevar a cabo sus tareas de mejor forma, que pensando en sustituirle por lo automatizado. La automatización fue la alternativa implantada al principio de la revolución industrial. La nueva maquinaria terminó desplazando a los trabajadores. Primero en la hilandería, luego en la tejeduría y después en otros sectores no textiles. Las empresas ganaron más dinero al sustituir por máquinas más baratas una mano de obra más cara. Los tejedores, mano de obra cualificada que cobraba un buen sueldo, vieron caer hasta un 30% sus ingresos. Incluso las condiciones laborales para la mano de obra no cualificada que les sustituyó fueron mucho peores. De hecho, solían ser mujeres o niños sometidos a condiciones de trabajo durísimas.  

Además, el empleador, el empresario, podía monitorizar al trabajador en este nuevo sistema. También las condiciones de vida fueron terribles: pandemias, epidemias, ciudades contaminadas… La esperanza de vida se desplomó y en algunas partes de Inglaterra descendió a los 30 años. A pesar de todo, es cierto que la nueva maquinaria revolucionó el proceso y estableció los cimientos de nuestra cómoda vida actual.

Nuevos tiempos, o no tanto

No defiendo que las tecnologías digitales y la IA nos vayan a condenar a la desigualdad o a la pobreza; ofrecen oportunidades y desafíos y debemos hacer que funcionen, pero no va a existir una opción triunfadora que garantice que todo el mundo viva mejor.

Los tiempos modernos no son tan distintos al pasado. Por supuesto que en el mundo industrializado no hay siervos ni esclavos, pero sí ciertas tensiones llamativas en el mercado laboral, que sobre todo se ven de forma extrema en Estados Unidos. Si atendemos a un mercado laboral con diez grupos: hombres, mujeres, con formación universitaria de distintos tipos (trabajadores que han acabado estudios universitarios, aquellos que tienen una formación universitaria pero no superior, algunos que son licenciados, otros que son graduados y otros que han abandonado), vemos que en los 60, se dio un patrón similar de prosperidad compartida para los distintos grupos demográficos en relación con sus ingresos. Fue un periodo en el que la economía mejoró para todos los grupos, incluso para los no cualificados, y los salarios crecieron un 2,5%. A finales de los 70, se produjo un cambio radical: los salarios se estancaron o disminuyeron. En el caso de los hombres, los ingresos reales se desplomaron para quienes abandonaban los estudios. Este fenómeno no se dio exclusivamente en Estados Unidos, también en otros muchos países de la OCDE. La desigualdad aumentó y quienes no estaban cualificados vieron empeorar sus ingresos. En los 60, el cambio tecnológico no se limitó a automatizar, sino también a crear nuevos empleos, nuevos trabajos y oportunidades

Para comprender esta realidad, debemos preguntarnos qué es lo que permitió que se compartiese la prosperidad en los 50 y 60. Hay dos motores: primero, el cambio tecnológico no se limitó a automatizar, sino también a crear nuevos empleos, nuevos trabajos, nuevas tareas, nuevas oportunidades. Esto lo vemos en el sector del automóvil. En los primeros años del siglo XX, Henry Ford y otros innovadores hicieron que todo cambiase (la nueva maquinaria electrificada permitió una producción más económica), pero también introdujeron nuevas tareas para los trabajadores, tareas tecnológicas que requerían perfiles cualificados. Aunque el sector del automóvil cada vez utilizaba más y más capital, también contrataba cada vez más. Asimismo, la nueva tecnología fue tan revolucionaria como los cambios en la organización. Recordemos la histórica huelga de brazos caídos de 1937, con la que los trabajadores lograron mejores condiciones laborales.

En la actualidad, tenemos sofisticadas cadenas de montaje, con grandes brazos robóticos, pero sin trabajadores cualificados. Nos limitamos a automatizar y no creamos nuevas tareas. Estos cambios generan desigualdad. Mis estudios con Pascual Restrepo demuestran que existe una relación negativa muy importante entre automatización y estructura salarial, pero también cambia el planteamiento básico de la distribución de beneficios.En la actualidad, tenemos sofisticadas cadenas de montaje, con grandes brazos robóticos, pero sin trabajadores cualificados  

Dos pilares de Estados Unidos han sido primordiales para el resto del mundo industrializado: cambios en el valor y la prioridad defendida por las asociaciones. El famoso economista Milton Friedman decía que la responsabilidad social del negocio es la de incrementar los beneficios. Pero compartir estos beneficios con los trabajadores no importaba. Lo relevante era cómo recortar costes, por ejemplo, automatizando el trabajo o ralentizando los aumentos salariales, lo cual era un compromiso por parte de la dirección. También los sindicatos laborales se fueron debilitando progresivamente, sobre todo después de que Ronald Reagan llegara al poder.  

La dirección del cambio 

Ahora estamos a punto de ver grandes cambios con la IA, en especial si pensamos en la tecnología generativa; pero depende del rumbo del cambio el que se transforme en prosperidad compartida. Hay informes que desvelan que es posible aprovechar la IA generativa para mejorar la productividad, por ejemplo, en la programación, en el trabajo de redacción o en la atención al cliente. Es fundamental plantearnos que la IA generativa es un medio para proporcionar más información en tiempo real a los trabajadores de todo tipo, particularmente a los no tan cualificados. Académicos como Peng, Noy y Zhang, y Brynjolfsson constatan que, si la aprovechamos, será efectivamente el trabajador con conocimiento medio el más beneficiado, porque la IA Gen permite tender un puente en sus deficiencias; pero depende de la visión, depende del rumbo.Si la aprovechamos, el trabajador con conocimiento medio será el más beneficiado, porque la IA Gen permite tender un puente en sus deficiencias

El uso de esta tecnología está subordinado a decisiones institucionales, que tienen que ver con la visión o la ideología de los agentes relevantes, los reguladores, pero también de los emprendedores, las empresas y quienes toman decisiones políticas en Europa, y que siguen distintas corrientes a las de Estados Unidos.  

Si estudiamos el pasado de la IA, hay dos visiones que suben y bajan como las mareas. Alan Turing, por ejemplo, fue esencial durante los primeros momentos de los trabajos en IA, cuando planteó la inteligencia de la máquina, pero ese enfoque acaba sesgado hacia la automatización. Hay una mejor perspectiva de la IA que se vincula con otros científicos y pensadores brillantes, como Norbert Wiener del MIT, que empieza a investigar más o menos cuando Turing y recalca un aspecto que Simon y yo denominamos en el libro como “la utilidad de la máquina”. Estos otros científicos comprendieron que el potencial de los ordenadores tenía valor si era útil para los humanos, si mejoraba la productividad humana. 

Cuando este enfoque se asienta, da lugar a algunas innovaciones llamativas que permiten una simbiosis hombre-máquina, pero no es lo que ha sucedido. La automatización excesiva tiene efectos sobre la organización y los trabajadores. Muchas veces, la IA no cumple con lo que promete (porque los seres humanos tampoco hacemos las cosas tan mal). Centrarse solamente en la inteligencia de la máquina es relegar a las personas que tienen conocimientos útiles y han acumulado esa experiencia útil para el proceso de la producción. Ahora mismo, hay muchísimos ejemplos en Estados Unidos de automatización fracasada. La productividad es buena para los humanos, pero no tanto como podría ser, porque avanza demasiado deprisa.

La mayor amenaza de la IA no es solamente el empobrecimiento de la clase trabajadora y la pérdida de igualdad. Si asumimos la idea de que las máquinas son tan listas que los humanos nunca vamos a ser tan listos como ellas, también nos parecerá lógico que la máquina o el algoritmo nos controle.

¿Cómo cerciorarnos de que avanzamos hacia un futuro más democrático y una prosperidad compartida? Necesitamos una capacidad de toma de decisiones colectiva y un control democrático de las instituciones en relación con la tecnología.Unas pocas personas muy poderosas están decidiendo sobre el futuro de la tecnología, cuando las decisiones han de ser tomadas por poderes compensatorios

Unas pocas personas muy poderosas están decidiendo sobre el futuro de la tecnología, de la sociedad; cuando las decisiones han de ser tomadas por poderes compensatorios. Necesitamos instituciones para proteger a los consumidores, requerimos de una normativa adecuada sobre impuestos, abuso de mercado, datos, etc. Pero estamos en los albores de estas actividades. 

El libro propone un replanteamiento, hacer las cosas de modo distinto para mejorar la productividad. Esto no es nada que se nos haya ocurrido a Simon y a mí, sino algo defendido por los innovadores de los años 70 del mundo de la informática, para quienes el ordenador iba a ser revolucionario porque iba a poner el poder en manos del pueblo. Esto tiene que ver con la descentralización de la información, con nuevas tareas y más acción humana.

La pregunta, quizás escéptica, es: ¿el gobierno puede o no redirigir el cambio? Un poco de intervención gubernamental ha dado lugar a un replanteamiento del sector de la energía, por ejemplo, consiguiendo que las renovables sean hoy las más económicas. El gobierno puede influir en el rumbo que toman las nuevas tecnologías, absolutamente esenciales para la democracia a futuro.


Daron Acemoglu, catedrático de Economía del MIT, en su conferencia magistral para la Fundación Rafael del Pino.

Foto apertura: Daron Acemoglu en octubre de 2022, durante su intervención en la WIDER Annual Lecture / © UNU-WIDER.

Artículo publicado en Executive Excellence n189, marzo 2024.