España en el escenario global, por Jesús Fernández-Villaverde

¿Cómo es posible que la economía española no haya crecido en 16 años o que la inflación esté al mismo nivel que a mediados de los 80? ¿Por qué nos estamos convirtiendo en un país cada vez menos relevante en la economía mundial? ¿En qué lugar quedaría España si caminásemos hacia la desglobalización?

En su reciente ponencia en la Fundación Rafael del Pino, el economista Jesús Fernández-Villaverde resolvió esta y otras muchas cuestiones sobre la situación presente y futura de España, desentrañando varias de las actuaciones del pasado que han llevado al país hasta la posición actual.

Durante su conferencia magistral, titulada “Liderazgo, eficiencia económica y calidad democrática en España. ¿Qué queremos ser en el escenario global que se está conformando?”, el Catedrático alertó de la urgencia de un cambio profundo. “Necesitamos una nueva generación de líderes que explique a los españoles lo que a menudo no quieren escuchar: que somos una nación con muchas posibilidades y un enorme potencial de futuro, que solo puede abrirse con esfuerzo y con reformas. Y estas reformas han de ser fundamentales y empiezan con cómo enseñamos a los niños a leer y escribir en la Primaria y terminan con cambiar el sistema electoral”, afirmó.

A continuación, recogemos una selección de sus declaraciones:

Tiempos difíciles

El PIB es una buena aproximación de nuestra capacidad de generar bienestar. En 2021, el PIB per cápita en España fue 23.872 euros, cifra ya corregida por la inflación; prácticamente el mismo que en 2005 (23.567 euros). En otras palabras, nuestra economía no ha crecido en 16 años.

En el corto plazo, tenemos un escenario muy complicado por la guerra en Ucrania, con un altísimo nivel de incertidumbre, el precio de la energía desbocado y la inflación asociada a este hecho. En el medio plazo, habrá una fuerte subida de los tipos de interés real en Europa y en el contexto mundial, que va a colocar a España en una situación muy difícil, dado que es un país tremendamente endeudado. En el largo plazo, nos encontramos con problemas fundamentales, como el colapso demográfico y la necesidad de descarbonizar la economía, cuestión común a todas las economías del mundo pero particularmente aguda en el caso español, por su dependencia de la importación de energía.


Nuestra economía no ha crecido en 16 años


Es cierto que el país ha vivido en una época de crisis permanente (crisis financiera, COVID-19, la guerra), pero estar preparado para las crisis es parte de la labor de la política económica, y otras naciones sí han crecido en términos de PIB per cápita desde 2005. Por ejemplo: Irlanda, un 79%; Alemania, un 18,7%; EE.UU., un 17%; Japón, a pesar de su demografía y una fuerte caída de la población, ha crecido un 7,8%; incluso nuestros vecinos portugueses, un 7,5%.

España tiene el mismo nivel de PIB per cápita con respecto a EE.UU. que en 1870, año en el que comienzan las series económicas modernas. Hemos pasado de representar el 1,87% de la economía mundial en 2005, a ser solo el 1,37. Cada vez somos menos relevantes y vamos a convertirnos en un país periférico que importa menos en la toma de decisiones.

En 2005, trabajaban 19,2 millones de españoles, en el 2021 trabajan 19,6 millones, es decir, hemos creado solo 400.000 puestos de trabajo. Por lo tanto, el PIB per cápita prácticamente no ha subido, la población ha crecido un poquito y nuestra capacidad de producir no ha aumentado. Esto es pésimo, porque la frontera tecnológica mundial ha seguido creciendo, la capacidad de producir más cosas ha mejorado, pero estamos desaprovechando las oportunidades que el crecimiento tecnológico nos ofrece como nación. El desempleo ha pasado del ser el 9,1% al 15,37%. El déficit estructural en 2005 era del 3,43%, en 2021 del 5,3%, ya corregido de los efectos del COVID. La deuda pública ha pasado de ser el 42% del PIB a cerca del 120%. Esto es, producimos lo mismo, pero tenemos más desempleo, más déficit y más deuda.


179 jfvEspaña tiene el mismo nivel de PIB per cápita con respecto a EE.UU. que en 1870, año en el que comienzan las series económicas modernas


La inflación está en el 9,8%, al mismo nivel que a mediados de los años 80. Efectivamente hay un impacto de la guerra sobre la energía y la alimentación, pero también es consecuencia de la lectura incorrecta que se ha hecho desde muchas instituciones de las lecciones de la crisis financiera de 2008, que básicamente fue de demanda; mientras que ahora nos encontramos con una crisis de oferta. Cuando uno tiene una política fiscal y monetaria muy agresiva y hay un problema de falta de demanda, esto ayuda a la economía; pero cuando el problema es de oferta, esas políticas generan más inflación.

Además, existe un problema de regulación. Las ideas de cambio de regulación requeridas para resolver la crisis de 2008 son muy diferentes de los cambios legislativos que se necesitan en la actual crisis de oferta. De alguna manera, estamos en un escenario similar al de 1973, con la primera crisis del petróleo, cuya escalada del precio castigó a muchas economías occidentales, especialmente la española, muy intensiva en energía (ahí tenemos el ejemplo de astilleros). En aquel momento se genera estanflación (estancamiento e inflación a la vez) y se reacciona de una manera incorrecta. En vez de ajustarnos a la nueva situación, la economía española pospone todos los ajustes y se utiliza la política fiscal, laboral y de rentas para negar la realidad.


Estamos desaprovechando las oportunidades que el crecimiento tecnológico nos ofrece como nación


España se encontraba en un momento político complicado, con los últimos años del franquismo y la Transición. Solo con los Pactos de la Moncloa se acepta que hay que ajustarse. Las decisiones de estas últimas semanas son exactamente iguales que las que se tomaron en el otoño de 1973: uno, negar la realidad; dos, hacer medidas en el Consejo de Ministros que van a dar un titular por ganar votos (o, en 1973, no soliviantar a los ciudadanos). La irresponsabilidad que se cometió entonces era inferior a la actual. Durante la dictadura no se había acumulado deuda pública. Ahora tenemos un 120% y no disponemos de una política monetaria independiente. Desde 1973, buena parte del ajuste se hizo con devaluaciones, pero ahora no tenemos esa posibilidad. Además, por entonces la demografía era favorable; hoy no. Así que espero que nos salve Europa, no tanto por el dinero, sino porque va a intentar controlar a nuestros políticos.


El mundo de la globalización en el que hemos vivido los últimos 25 años puede desaparecer parcialmente


Además, puede darse una profunda desglobalización de la economía mundial, como consecuencia del COVID, de la guerra y de una serie de decisiones de política económica. El mundo de la globalización en el que hemos vivido los últimos 25 años puede desaparecer parcialmente. España es una economía muy abierta que vive del turismo y de producir automóviles, de las cadenas de valor del automóvil. Si nos vamos a un mundo desglobalizado, ¿qué vamos a hacer? También está la cuestión de la energía exterior, donde llevamos 40 años sin una política energética seria.

Falta de planificación

La situación actual requiere tomar decisiones para solucionar el problema, pero también pensar en cómo queremos que sea la España de 2050 y qué hay que hacer para conseguirlo. Desde la crisis financiera, nos hemos centrado exclusivamente en la gestión del día siguiente. Todos los gobiernos desde 2008 han caído en la tentación de utilizar la crisis para no pensar en la política de largo plazo, y la sociedad española lo ha consentido.


Todos los gobiernos desde 2008 han caído en la tentación de utilizar la crisis para no pensar en la política de largo plazo, y la sociedad española lo ha consentido


En 2014, ya señalaba el riesgo de una década perdida y la necesidad de hacer reformas, pero no las hubo. Es más, hemos retrocedido a una situación peor, en parte reflejo de la opinión de muchos votantes. Sin embargo, esto no es excusa para los líderes, cuya obligación es ir por delante y explicar a los españoles por qué los instintos de no realizar reformas no son correctos. Charles De Gaulle les dijo a los franceses lo que no querían escuchar, pero era lo que necesitaba el país. En 2015 teníamos una ventana de oportunidad de entre tres y cuatro años, pero no la aprovechamos. En 2016 hablé de sostenibilidad fiscal y no hemos hecho nada al respecto. La crisis del COVID-19 demostró que nuestras administraciones públicas no estaban preparadas. De hecho, el peor país en términos de datos fue España, como se puede comprobar en el trabajo de investigación que realicé con el profesor de Stanford Chad Jones.

Esto sucede porque en España la estructura determina los resultados. Nada es producto de la casualidad, sino que existe una estructura político-administrativa que ha generado una serie de incentivos para que no se tomen las decisiones que el país necesita. Esta estructura ha llevado a una calidad democrática en deterioro y a una eficiencia económica cada vez más baja. No hay nada que refleje mejor el estado de nuestra democracia que el abuso que se lleva realizando en los últimos 12 años del real decreto-ley o la absoluta pantomima de la reforma laboral.

La educación, en el centro de todo

Nos encontramos con el problema sistémico de formación y selección de élites. Desde la educación primaria hasta el liderazgo de nuestros partidos políticos, hemos creado unas estructuras que no forman ni seleccionan a los líderes adecuados. El sistema está diseñado para elegir a los peores, a los que saben navegar por él. Y esto va empeorando conforme pasa el tiempo. Aunque hiciésemos cambios de instituciones ahora, tendríamos que esperar hasta el 2030-2040 para empezar a notarlos.

Tenemos además un mal sistema educativo, como acreditan los resultados de los estudiantes españoles en el informe PISA. En mis propias clases percibo el deterioro brutal de la capacidad de escribir y de la capacidad analítica de los alumnos españoles. Seguimos teniendo unos planes de estudio de grado completamente inadecuados, además de la plaga de los dobles grados; y seguimos sin tener universidades punteras a nivel mundial.


Hay que reformar la estructura y el funcionamiento de los partidos políticos, cambiar el sistema electoral y que los votantes entiendan dónde estamos


También contamos con un sistema de selección de las élites administrativas anclado en las necesidades de la España de los años 60; lo cual se relaciona con el sistema educativo español. En la selección de un abogado del estado en 1950 se buscaba a alguien para defender los intereses de las administraciones públicas frente a una eléctrica o frente a un problema local en esos momentos; pero seleccionar a un abogado del estado o a un técnico comercial hoy supone elegir a personas que tendrán que ir a Bruselas o a Frankfurt a defender los intereses de España, o que van a tener que enfrentarse a un fondo de inversión en Londres que tiene acceso a los mejores graduados de la facultad de derecho de Harvard y de Columbia. Es decir, necesito un abogado del estado con un conjunto de habilidades diferentes, sin restar mérito a los actuales. Esto quiere decir que debemos formar mejor a nuestras élites públicas. 

Igualmente hemos de reforzar nuestras instituciones y su independencia. El ejemplo obvio es cómo funciona el CGPJ respecto al consejo superior de la magistratura en Francia e Italia.

Esto lleva al nivel final de la política. Hay que reformar la estructura y el funcionamiento de los partidos políticos, cambiar el sistema electoral y que los votantes entiendan dónde estamos.


NO TE PIERDAS la entrevista exclusiva que Jesús Fernández-Villaverde nos concedió durante su visita a Madrid, donde tratamos muchos asuntos de la actualidad internacional:

¿Qué efecto tienen las sanciones occidentales contra Rusia? ¿Cuáles son las certezas para abordar la descarbonización de la economía mundial con garantías de éxito? 

PRÓXIMAMENTE disponible en el número de mayo de Executive Excellence.


 Jesús Fernández-Villaverde, Catedrático de Economía de la Universidad de Pensilvania y miembro del National Bureau of Economic Research

Fotos: © Daniel Santamaría

Artículo publicado en EE n180, abril 2022

 

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