Javier Fdez. Aguado: "La historia no se repite miméticamente, pero reproduce patrones"

Autor de "La lógica del mal. Entrevista a Hitler" (LID, 2026)_
Pocas cuestiones resultan tan incómodas, y al mismo tiempo tan necesarias, como intentar comprender el origen del mal. En su nuevo libro, "La lógica del mal. Entrevista a Hitler" (LID, 2026), el referente del management contemporáneo, Javier Fernández Aguado, se adentra en una de las figuras más infaustas del siglo XX con un objetivo que trasciende el análisis histórico: desentrañar cómo una sociedad presuntamente culta y avanzada sucumbió a la lógica del fanatismo, la deshumanización y el totalitarismo.
En este nuevo trabajo, el socio director de MindValue – conocido como el Peter Drucker español– prosigue con un formato singular: una entrevista imaginaria a Adolf Hitler que permite explorar los mecanismos psicológicos e ideológicos del nazismo. Sus anteriores indagaciones con esta hechura han sido “Entrevista a Aristóteles” (LID), “Entrevista a Simón Bolívar. Héroe y traidor” (Kolima) y “Entrevista a Stalin. La lógica de un dictador” (Kolima).
Conversamos con Fernández Aguado sobre los riesgos del pensamiento único, la banalización del odio, las nuevas formas de populismo y la necesidad de preservar el pensamiento crítico en una época marcada por la polarización.
PREGUNTA: El título de su libro provoca de inmediato una reacción intensa. ¿Por qué decidió escribir “La lógica del mal. Entrevista a Hitler”?
JAVIER FERNÁNDEZ AGUADO: Hay asuntos sobre los que muchos prefieren no detenerse, pero apartar la mirada no elimina el problema. Mi intención no era un libro sensacionalista ni recrearme en el horror. Lo que me interesaba era comprender cómo alguien con enormes limitaciones morales e intelectuales arrastró a millones de personas hacia una catástrofe sólo comparable a la provocada por autócratas tan sanguinarios como Mao Tse-Tung, Pol-Pot, Abimael Guzmán, Daniel Ortega, Mussolini, Putin o Stalin.
El mal suele presentarse disfrazado de bien. Lo vemos en tiempo real en políticos coetáneos
El mal suele presentarse disfrazado de bien. Lo vemos en tiempo real en políticos coetáneos. Se exhiben como una promesa de redención, de justicia o de salvación colectiva. Hitler convenció a innúmeros alemanes de que estaba defendiendo a su nación, restaurando el orgullo perdido y corrigiendo humillaciones. Ahí reside el peligro: cuando una ideología transforma el odio en algo aparentemente razonable.
Me propuse desmenuzar los mecanismos mentales y sociales que posibilitan la deshumanización del otro y advertir de que esos ingenios no pertenecen exclusivamente al pasado
Me propuse desmenuzar los mecanismos mentales y sociales que posibilitan la deshumanización del otro y advertir de que esos ingenios no pertenecen exclusivamente al pasado. El impulso último lo recibí de Josep Capell, CEO de CEINSA, con quien contrasto desde hace años mis investigaciones y a quien agradezco su apoyo y sugerencias.
P.: Usted utiliza un formato particular: una entrevista ficticia con Hitler. ¿Por qué eligió ese recurso?
J.F.A.: El diálogo obliga a mantenerse intelectualmente alerta. En un ensayo convencional, el autor explica y juzga; en una conversación, el personaje se desvela a sí mismo. El lector percibe en primera fila la lógica interna del entrevistado, sus obsesiones, sus contradicciones y justificaciones.
Ese formato acopia otra ventaja: evita la simplificación. Con frecuencia se presenta a Hitler como un monstruo incomprensible, ajeno a la condición humana. Si lo reducimos a una anomalía irrepetible corremos el riesgo de pensar que algo así jamás podría volver a suceder. Sería un yerro peligrosísimo.
Gracias al formato de entrevista ficticia, el lector percibe en primera fila la lógica interna del entrevistado, sus obsesiones, sus contradicciones y justificaciones
El mal totalitario tiene una perversa estructura racional. Posee argumentos, símbolos, estrategias emocionales y mecanismos de persuasión. Comprenderlos no implica justificarlos; significa aprender a detectarlos antes de que sea tarde. Como abordo con frecuencia en mis conversaciones con distinguidos expertos como Marta Prieto, José Aguilar, Sergio Casquet, Lalo Montañés, Juan Carlos Cubeiro, Luis Huete o Enrique Sueiro no hay que tener miedo a la verdad.
P.: En el libro incide en que el mal puede presentarse como algo lógico.
J.F.A.: Ahí se halla una de las claves centrales de la obra. Ningún régimen totalitario se percibe a sí mismo como criminal. Todos elaboran un relato que legitima sus acciones. El nazismo construyó una narrativa basada en el resentimiento, el victimismo y la creación de enemigos categóricos.
Cuando una sociedad acepta que ciertos grupos son culpables de los males colectivos, el siguiente paso resulta obvio. Pronto llega la deshumanización verbal; después, la exclusión jurídica; más tarde, la persecución física. Eso no ocurrió de un día para otro. Constituyó un proceso gradual.
Cuando una sociedad acepta que ciertos grupos son culpables de los males colectivos, el siguiente paso resulta obvio
No aspiro únicamente a estudiar a Hitler. Procuro advertir sobre dinámicas que siguen existiendo: el maniqueísmo, la simplificación de los problemas complejos, el desprecio al discrepante, el rechazo de la libertad individual y la tentación de resolverlo todo mediante cabecillas providencialistas. El nacionalismo, el socialismo, el nacional socialismo y el comunismo son ideologías que se cimientan sobre esas aviesas patologías.
P.: ¿Considera que hoy existen paralelismos preocupantes con aquella época?
J.F.A.: La historia no se repite miméticamente, pero reproduce patrones. No veremos necesariamente a dirigentes vestidos con uniformes y desfilando con antorchas, pero encontramos discursos que apelan al miedo, al resentimiento, a la descalificación del disidente o a la necesidad de eliminar al adversario.
Vivimos en una época de una formidable crispación impostada. Las redes sociales favorecen la emocionalidad visceral y reducen el espacio para la reflexión serena. Muchos no buscan comprender al otro, sino destruirlo moralmente. Cuando una sociedad pierde la capacidad de dialogar, se vuelve endeble frente al fanatismo.
Además, existe otro fenómeno peligroso: la infantilización política. Mucha gente desea soluciones inmediatas para problemas enormemente complejos. Ahí brotan los populismos de opuesto signo, prometiendo respuestas escuetas y culpables identificables.
P.: Usted lleva casi cuatro décadas estudiando el liderazgo. ¿Qué lecciones ofrece Hitler desde esa perspectiva?
J.F.A.: Hitler demuestra que el gobierno no es éticamente neutro. A veces se aborda la capacidad de arrastre como si fuera automáticamente algo positivo. Alguien puede poseer enormes capacidades de influencia y utilizarlas para destruir. Hay que diferenciar entre liderar y manipular. Existe una abismal distancia entre brutales dirigentes como Allende, Videla o los hermanos Castro y el liderazgo de Churchill, Juan Pablo II o Eisenhower.
Hitler entendió perfectamente la psicología de masas. Empleó con perspicacia la propaganda, la emoción, el terror y el resentimiento colectivo
Hitler entendió perfectamente la psicología de masas. Empleó con perspicacia la propaganda, la emoción, el terror y el resentimiento colectivo. Comprendió que muchos no anhelan necesariamente libertad, sino seguridad y certezas, aunque sean rebuscadamente perversas.
El liderazgo debe quedar subordinado a principios éticos sólidos. Un dirigente brillante sin valores muta en una amenaza colosal. La historia está llena de prototipos. La técnica sin ética se torna siempre perversa.
P.: ¿Qué papel desempeñó la propaganda en la construcción de esa “lógica del mal”?
J.F.A.: Un protagonismo decisivo. La divulgación totalitaria no busca convencer mediante argumentos racionales, sino moldear emocionalmente la percepción de la realidad. Reitera mensajes simplistas hasta convertirlos en afirmaciones aparentemente evidentes.
La divulgación totalitaria no busca convencer mediante argumentos racionales, sino moldear emocionalmente la percepción de la realidad
Joseph Goebbels comprendió algo que hoy sigue plenamente vigente: la saturación vehemente de falsedades reduce la capacidad crítica. Cuando las personas viven permanentemente enfadadas o asustadas, resulta hacedero manejarlas acríticamente.
Y esto no afecta únicamente a las dictaduras clásicas. Hoy asistimos a nuevas formas de propaganda masiva, más sofisticadas, impulsadas por algoritmos, viralidad y cámaras de eco digitales. El mal adopta formas divergentes. El rizo del rizo es el de quienes denuncian exclusión cuando ellos descartan, bulos cuando son unos falsarios, crispación cuando ellos convulsionan inmisericordemente todo lo que tocan. Su paladín aparece a diario en los medios de comunicación, nimbado por palmeros a sueldo.
Hoy asistimos a nuevas formas de propaganda masiva, más sofisticadas, impulsadas por algoritmos, viralidad y cámaras de eco digitales. El mal adopta formas divergentes
P.: En varios momentos del libro parece sugerir que el totalitarismo comienza antes en el lenguaje que en la política.
J.F.A.: El deterioro moral empieza muchas veces en las palabras. Cuando se normaliza el insulto y el discrepante deja de ser un adversario para convertirse en un enemigo, está preparándose el terreno para formas más profundas de exclusión.
Nada hay más parecido a un nazi que un comunista, y viceversa
Los totalitarismos necesitan dividir el mundo entre “puros” e “impuros”, entre “pueblo verdadero” y “enemigos del pueblo”. Esa lógica binaria destruye la complejidad humana. Hitler logró una sofisticación equivalente a la de Lenin, Trosky y Stalin. Nada hay más parecido a un nazi que un comunista, y viceversa.
Me preocupa la pérdida de matices. Vivimos en una cultura que premia la simplificación, cacarea estereotipos y castiga la reflexión pausada. La ausencia de pensamiento crítico beneficia a los cerriles.
Me preocupa la pérdida de matices. Vivimos en una cultura que premia la simplificación, cacarea estereotipos y castiga la reflexión pausada
P.: ¿Le ha resultado difícil escribir este libro desde un punto de vista emocional?
J.F.A.: Sumergirse durante meses en la mentalidad de un personaje como Hitler resulta intelectualmente agotador y moralmente incómodo. Hay que estudiar sus discursos, sus razonamientos, sus obsesiones, y eso obliga a convivir con una lógica perturbadora.
Existe el riesgo de convertir el mal en espectáculo. Yo he querido hacer lo contrario
Las sociedades maduras deben ser capaces de revisar sus episodios más oscuros sin caer ni en la frivolización ni en el tabú. Existe el riesgo de convertir el mal en espectáculo. Yo he querido hacer lo contrario: recuperar la dimensión moral e intelectual de la cuestión.
P.: ¿Qué espera que experimente el lector?
J.F.A.: Confío en que salga inquieto. No satisfecho, no cómodo, sino interpelado. No ofrezco respuestas cerradas, espoleo a la cavilación. Anhelo que el lector se pregunte hasta qué punto un colectivo puede deslizarse hacia formas de intolerancia cuando se debilitan los contrapesos éticos y culturales. También me gustaría que comprendiera que la libertad depende de algo más profundo que las leyes: pende de la calidad moral de cada individuo.
La libertad depende de algo más profundo que las leyes: pende de la calidad moral de cada individuo
Las democracias no mueren únicamente por golpes de Estado; se erosionan paulatinamente cuando triunfan la indiferencia, el sectarismo, la ignorancia, el cerrilismo y la incapacidad de pensar críticamente.
P.: Usted menciona con frecuencia el concepto de responsabilidad individual.
J.F.A.: Una de las mayores tragedias del siglo XX fue la disolución de la responsabilidad personal dentro de estructuras ideológicas colosales. Muchos participaron en atrocidades convencidos de que simplemente obedecían órdenes. Esa banalidad del mal la abordé detalladamente en “El management del III Reich” (LID) y en “¡Camaradas! de Lenin a hoy” (LID).
El totalitarismo se erige sobre individuos que renuncian a pensar por sí mismos, que delegan su conciencia en el partido, el dirigente o la ideología. Por eso defiendo la educación humanista. Necesitamos ciudadanos capaces de razonar, de disentir y de asumir un débito moral por sus decisiones. Sin eso, cualquier sociedad se torna vulnerable.
El totalitarismo se erige sobre individuos que renuncian a pensar por sí mismos, que delegan su conciencia en el partido, el dirigente o la ideología. Por eso defiendo la educación humanista
P.: ¿Cree que Occidente está perdiendo parte de esa tradición humanista?
J.F.A.: En algunos aspectos, sí. Existe una tendencia a reducir la educación a mera capacitación técnica o utilitaria. Un colectivo no se sostiene únicamente sobre conocimientos técnicos; precisa fundamentos éticos, históricos y filosóficos.
Conocido como el Peter Drucker español, Javier Fernández Aguado es un referente del management contemporáneo. Afamado conferenciante internacional y asesor de altos directivos, es también un riguroso autor. Muchas de sus obras son emblemáticas entre los interesados en el gobierno de personas y organizaciones. Entre otras: “2000 años liderando equipos” (Kolima), “La soledad del directivo” (LID), “Patologías en las organizaciones” (LID), “El encuentro de cuatro imperios. El management de españoles, aztecas, incas y mayas” (Kolima) o “Liderar en un mundo imperfecto” (LID). Sus modelos de gestión –El idioma del liderazgo, Terapias para patologías organizativas, Gestión de lo imperfecto, Dirección por hábitos, Feelings management…– han sido objeto de dos simposios internacionales (2010 y 2019) a los que asistieron más de 700 profesionales y académicos de 20 países.
Socio director de Mindvalue, su última obra es “La lógica del mal. Entrevista a Hitler”.
PRÓXIMAS PRESENTACIONES DEL LIBRO
19 de mayo, martes, a las 11:00. Sala de juntas del Pabellón de Gobierno del Consejo Social de la UCM. Isaac Peral, s/n, 1.ª planta. Madrid.
26 de mayo, martes, a las 19:00. EUDE Business School. C/ Arturo Soria, 245. Madrid.
Entrevista publicada en mayo de 2026.
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