Poder y psicopatías, por Javier Fernández Aguado
El poder político, militar, eclesiástico o empresarial está salpimentado por figuras que han dejado una huella indeleble en las instituciones que gobernaron. A veces, positiva. Otras, lamentable. La relación entre salud mental y ejercicio del mando de emperadores, papas, CEO o presidentes del gobierno viene suscitando un interés creciente. ¿Influye una enfermedad mental en la forma de gobernar? ¿Qué ocurre cuando quienes ostentan cargos padecen rasgos clínicos precedentes o sobrevenidos?
Para cavilar sobre estas cuestiones, acudo a tres perspectivas: la visión clínico-psiquiátrica de David Owen en su obra “En el poder y en la enfermedad”, las reflexiones de Tania Crasnianski en “Locura y poder. Los enfermos que gobernaron el siglo XX”, y los conceptos que he abordado en “Liderar en un mundo imperfecto”, “2000 años liderando equipos”, “Management pontificio” y en “Patologías en las organizaciones”, con la colaboración, en esta última obra, de Marcos Urarte y Paco Alcaide.
¿Influye una enfermedad mental en la forma de gobernar? ¿Qué ocurre cuando quienes ostentan cargos padecen rasgos clínicos precedentes o sobrevenidos?
El dominio, además de planificación y control, es un ecosistema complejo, donde los arbitrajes de un individuo reverberan en la estructura. Reclama inteligencia emocional, autocontrol, ética, visión estratégica y antropológica, sentido común y una clara percepción de la realidad.
El liderazgo consiste en ejercitar el mando al servicio de los subordinados. Las variables psicológicas de quienes pilotan constituyen unas coordenadas críticas
El liderazgo consiste en ejercitar el mando al servicio de los subordinados. Las variables psicológicas de quienes pilotan —incluidas las perturbaciones mentales— constituyen unas coordenadas críticas. El directivo no opera en abstracto. Sus cogniciones, emociones y patrones de conducta afectan ineludiblemente a los stakeholders o grupos de interés.
El psiquiatra David Owen, ex Secretario de Estado para la Salud del Reino Unido, ha explorado cómo ciertos trastornos de personalidad pueden aflorar en gobernantes, poderosos o no. Las configuraciones psicológicas favorecen o entorpecen el ejercicio del mando.
Un narcisista puede ser carismático, a la vez que inflexible, quimérico y egocéntrico
Owen ha detallado cómo el narcisismo, la paranoia, la egolatría, las inclinaciones antisociales, las mentiras compulsivas y otros rasgos pueden manifestarse entre directivos. La mezcolanza es variada. Un narcisista puede ser carismático, a la vez que inflexible, quimérico y egocéntrico. La paranoia puede impulsar la desconfianza y una vigilancia excesiva que distorsione la interpretación de potenciales amenazas. Estas pautas no significan que una persona esté completamente desquiciada. Con todo, múltiples actores que interactúan con el poder merecen análisis clínico, porque no parecen muy distantes de esa situación.
Genghis Khan y Atila
Atila y Genghis Khan son paradigmáticos de autoridad absoluta combinada con un temperamento sanguinario e implacable.
Atila (400-453), cabecilla de los hunos, inspiraba tanto angustioso terror como ciega lealtad. Se apalancó en la intimidación mediante la fuerza bruta. Atila exhibió un dominio coercitivo que se tradujo en un clima constante de violencia y desconfianza. Estas características, combinadas con la ausencia de mecanismos de contrapeso, mostraron qué ocurre cuando el imperio carece de procesos racionales y éticos de control. ¡Los desastres se multiplican! Con acierto, el cardenal Domenico Tardini (1888-1961) denominó a Hitler un Atila motorizado. Y otros, al mismo cabo bohemio, como el autócrata breve y sanguinario que gobernó en paralelo al longevo represor Stalin.
Las características de Atila, combinadas con la ausencia de mecanismos de contrapeso, mostraron qué ocurre cuando el imperio carece de procesos racionales y éticos de control
Genghis Khan (1162-1227) unificó con disciplina férrea a tribus nómadas y construyó el imperio mongol. Su existencia muestra cómo visión estratégica, coherencia interna y estructuras claras pueden configurar poderosas organizaciones. No necesariamente positivas. Su crueldad extrema y su carencia de empatía podrían estar alineadas con rasgos que hoy se examinarían bajo el lente de –¡cuando menos!– trastornos antisociales.
Donald Trump y Vladimir Putin
Donald Trump (1946) representa un fascinante caso de estudio sobre la interacción entre psiquiatría y poder. Su ascenso fue impulsado por el desencanto colectivo ante un aviejado y desnortado Biden, un uso esquizofrénico de la comunicación, un talante combativo y una descomunal jactancia. Muchos analistas han discutido sobre el grado de sus rasgos narcisistas. En dosis moderadas, pueden facilitar carisma y determinación, pero, sin contrapesos, resultan decisores impulsivos e imprudentes, generadores de dañinas tensiones institucionales. La búsqueda constante de validación y un sentido alienado y esquizofrénico del personal lucimiento influyen en su forma de gobernar. La cultura de la viralidad, ausente de rigor, amplifica rasgos psicopáticos, transmutando la ineludible firmeza de la adecuada gestión política en un espectáculo que fomenta la confrontación. Trump excluye la ética y la mesura, valga la redundancia.
Trump representa un fascinante caso de estudio sobre la interacción entre psiquiatría y poder
Vladimir Putin (1952), por su parte, es astuto, embebido de prepotencia, calculador y con un propósito estratégico presuntamente definido. Su gestión se levanta sobre una burjaca repleta de pragmatismo, control informativo, deep fake corporativas y referencias constantes a la estabilidad.Putin exhibe la coerción, el orden, las prioridades hipotéticamente claras y el control centralizado. Se ausentó injustificadamente de todas las sesiones de la asignatura de moral básica
Putin exhibe la coerción, el orden, las prioridades hipotéticamente claras y el control centralizado. Se ausentó injustificadamente de todas las sesiones de la asignatura de moral básica. Para entender su modo de razonar remito a “Entrevista a Stalin” (Kolima). Las semejanzas entre los dos autócratas soviéticos son inmensamente superiores a las diferencias. Pueden contemplarse en otra esquina del planeta paredañas psicopatías en “Entrevista a Simón Bolívar” (Kolima).
La cultura de la viralidad, ausente de rigor, amplifica rasgos psicopáticos
Desde la mirada psicodinámica de Tania Crasnianski, algunos rasgos asociados a la paranoia estratégica —la tendencia a percibir amenazas como parte de una conspiración— pueden influir en decisiones que priorizan seguridad y control sobre apertura, dignidad, respeto y colaboración.
Las psicopatías en un contexto democrático
Otros políticos contemporáneos enfrentan, desde sus personales chifladuras intelectuales, retos distintos. La compleja estructura política de algunos países —caracterizada por múltiples fuerzas parlamentarias y un sistema democrático competitivo— exige negociación, diálogo, equilibrios armónicos y alianzas.
A diferencia de los modelos autoritarios de especímenes como Genghis Khan o Atila, el liderazgo democrático moderno requiere una incrementada regulación emocional, tolerancia a la ambigüedad y resiliencia. El éxito del dirigente reclama carisma, capacidad de gestionar equipos, ética, anticipar escenarios y construir consensos.El liderazgo democrático moderno requiere una incrementada regulación emocional, tolerancia a la ambigüedad y resiliencia
En contextos democráticos, los rasgos psicológicos de un dirigente pueden ser modulados –para bien o para mal– por la naturaleza del régimen político. Sistemas con equilibrios institucionales, prensa libre y responsabilidad legal tienden a limitar los efectos nocivos de rasgos extremos de personalidad, pero no los eliminan por completo. Los psicópatas ascendidos procuran cancelar las balanzas corporativas para dar rienda suelta a sus enajenaciones. La única verdad es la producida por sus enredadas neuronas. La mentira es principal rasgo del ecosistema en el que habitan.Los psicópatas ascendidos procuran cancelar las balanzas corporativas para dar rienda suelta a sus enajenaciones
Los trastornos mentales son condiciones clínicas definidas según criterios diagnósticos establecidos y no deben emplearse como etiquetas peyorativas para descalificar a aquellos con quienes no se coincide ideológicamente. Sin embargo, cuando ciertos paradigmas locoides interfieren con la realidad, la ausencia de empatía y la incapacidad para tomar decisiones ponderadas afectan gravemente a la gestión.
Un sesgo narcisista no supone un diagnóstico clínico per se, pero en grados severos se asocia con la inhabilidad para aceptar críticas o planificar a largo plazo y al servicio de los colaboradores. La paranoia extrema lleva a decisiones basadas más en percepciones distorsionadas de amenazas al propio status que en evaluaciones racionales de riesgo. Hay guerras que un espíritu templado, un ser humano normal, hubiese evitado. Miles de personas pueden verse afectadas por la carencia de equilibrio de un iluminado.
Hay guerras que un espíritu templado, un ser humano normal, hubiese evitado. Miles de personas pueden verse afectadas por la carencia de equilibrio de un iluminado
Integración de salud mental y práctica del poder
El poder eficaz combina visión, empatía, fortaleza emocional, gobernanza y estructuras organizativas claras. La comprensión clínica de la mente permite identificar cómo ciertos patrones psicológicos favorecen o entorpecen la toma de decisiones. Un liderazgo saludable no es meramente una acumulación de habilidades técnicas o formación académica. También se precisa bienestar psicológico y equilibrio emocional
Un liderazgo saludable no es meramente una acumulación de habilidades técnicas o formación académica. También se precisa bienestar psicológico y equilibrio emocional. Los líderes son aquellos capaces de:
1. Comprender la complejidad sin proyectar sus inseguridades.
2. Tolerar la ambigüedad y la crítica sin perder estabilidad.
3. Gestionar equipos sin imponer coerción.
4. Contemplar personas y no grupos. El líder sólo sabe contar hasta uno.
5. Procurar el bien de los demás, no el enriquecimiento o la satisfacción de la propia petulancia.
Hacia una comprensión ética del poder
Atila, Genghis Khan, Hitler, Stalin, Trump, Putin, Francisco y otros más cercanos ofrecen un espectro de modos de gobierno y manifestaciones psicopáticas que permiten aleccionar sobre la compleja relación entre el mando y la salud mental. La corrupción procede con frecuencia de la percepción de impunidad por ocupar un pedestal.
La altanería, más allá de que sea una psicopatía y un pecado, es, sobre todo, una estupidez
Mientras que el pasado descubre líderes que impusieron su voluntad mediante fuerza bruta y disposiciones autoritarias, el presente nos presenta, además, escenarios donde la apreciación pública, la transparencia y la sostenibilidad democrática procuran modular –no siempre con éxito– el ejercicio de la férula. La integración de perspectivas organizacionales y clínicas permite avanzar hacia una comprensión más profunda, enriquecedora y humana de lo que significa alcanzar la potestad y emplearla correctamente. La altanería, más allá de que sea una psicopatía y un pecado, es, sobre todo, una estupidez.
Javier Fernández Aguado, socio director de MindValue, asesor de la alta dirección, coach, autor y conferenciante.
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Publicado en febrero de 2026.
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