Amy Webb: reescribir el futuro frente al determinismo tecnológico

La futurista cuantitativa Amy Webb tiene la virtud de generar fascinación y terror, a partes iguales, en todos sus libros. Con una aproximación perspicaz a cada tema que investiga y una capacidad única para hacer proyecciones que dibujan futuros alternativos, en su última obra – The Genesis Machine – ahonda junto a Andrew Hessel en los límites de la biología sintética, porque “la próxima frontera en tecnología está dentro de nuestros propios cuerpos”. Como ya hiciera en su texto anterior, The Big Nine: How The Tech Titans and Their Thinking Machines Could Warp Humanity (publicado en español por la editorial Península, bajo el título Los nueve gigantes ), sus palabras remueven y llaman a la reflexión continua. Por eso, volvió sobre la tesis de esta obra durante su intervención en la Thinkers50 Awards Gala . Sigue habiendo demasiadas cuestiones abiertas en torno a las ambiciones de las nueve grandes tecnológicas, como son Amazon, Google, Apple, IBM, Microsoft, Facebook, Baidu, Alibaba y Tencent, que por un motivo u otro desean gobernar el destino de la humanidad. ¿Estamos a tiempo de liberarnos de los algoritmos y reescribir el futuro? Veamos lo que piensa Amy Webb. Empresas obstinadas Solo un puñado de empresas controlan efectivamente el suministro global de datos que están construyendo los algoritmos que trían y dirigen nuestra atención a diferentes lugares y, en consecuencia, dichas empresas ostentan un gran control sobre nuestra vida cotidiana. Tras observar la frecuencia con la que las personas interactuamos con ellas, en comparación con los mismos tipos de interacción que podríamos tener con el gobierno, aquellas dictan mucho más nuestra vida, en términos prácticos, que cualquier gobierno, ya sea local, provincial o nacional. Esto no significa necesariamente que sea una fatalidad. Sin embargo, sí significa que, a medida que la concentración de poder se intensifica, tenemos cada vez menos control directo sobre quién utiliza nuestros datos, de qué manera y cuáles son las implicaciones de ello. A medida que la concentración de poder se intensifica, tenemos cada vez menos control directo sobre quién utiliza nuestros datos, de qué manera y cuáles son las implicaciones de ello Pensemos por ejemplo, ¿qué ocurre cuando el mercado de las ideas en sí se automatiza? En GitHub, un popular repositorio de código para los desarrolladores y que ahora es propiedad de Microsoft, existe una herramienta llamada Copilot. Se trata de una especie de asistente programador de IA que ayuda a completar el código. Según una investigación reciente, alrededor del 30% del código en GitHub está siendo escrito por este piloto automático, o Copilot, y no parece que haya mucha transparencia en la procedencia de esos autocompletados. ¿De dónde viene el código? ¿Quién entrenó los datos? ¿Y qué sucede cuando el producto final conseguido por esta tecnología de asistencia difiere de lo que habría hecho el ser humano por sí mismo? Esto nos aboca a un porvenir de respuestas turbias y confusas, donde tendremos que vivir con los resultados del determinismo algorítmico. Qué sucede cuando el producto final conseguido por esta tecnología de asistencia difiere de lo que habría hecho el ser humano por sí mismo Cambiar el rumbo Es muy poco común que quienes trabajan de primera mano en IA compartan las visiones extremas del futuro, ya sean apocalípticas o utópicas. Al igual que los investigadores en otras áreas de la ciencia, las personas que están construyendo el futuro de la IA buscan moderar las expectativas . Estos investigadores trabajan de manera constante, paso a paso, sobre problemas terriblemente complicados, y en ocasiones es muy poco lo que logran avanzar. Son personas inteligentes, experimentadas y, según mi experiencia, compasivas y consideradas. En su gran mayoría, trabajan para estos nueve gigantes de la tecnología, que buscan generar IA con el fin de propiciar un futuro mejor para todos. Creo firmemente que los líderes de estos conglomerados están motivados por un profundo sentido del altruismo y por un deseo de alcanzar un bien superior: son personas que ven con claridad el potencial que tiene la IA para mejorar la atención en salud y la longevidad, para resolver nuestros acuciantes asuntos climáticos y para sacar a millones de personas de la pobreza. Ya estamos presenciando los efectos positivos y tangibles de su trabajo en todas las industrias y en la vida cotidiana. El problema es que las fuerzas externas que ejercen presión sobre los nueve gigantes de la tecnología –y, por extensión, sobre aquellos que trabajan dentro del ecosistema– conspiran contra sus mejores intenciones en lo relacionado con nuestro futuro. Son muchos los actores que pueden ser culpados. Es improbable que de repente los países consigan planes para regular la IA, para regular los datos y definir quién es el dueño; al igual que muchas tecnologías, la IA no respeta las fronteras geográficas, a menos que introduzcas un parámetro. Vale la pena empezar a pensar en la IA como un bien público en el que la competencia todavía puede florecer Tenemos que encontrar la manera de incentivar a las empresas para que colaboren en el mejor interés del público y creo que vale la pena empezar a pensar en la IA como un bien público en el que la competencia todavía puede florecer, lo que considero realmente importante. Desde el punto de vista del día a día, hay muchas cosas que cada uno de nosotros podría estar haciendo. Por un lado, detenernos cinco segundos para preguntarnos si merece la pena poner TikTok en nuestros teléfonos. La respuesta, por cierto, es que no; pero somos por naturaleza nowsists , no somos futuristas. Así que buscamos la comodidad para el entretenimiento, para todas las cosas que nos dan pequeños golpes de dopamina o resuelven problemas a lo largo de nuestra jornada, sin pensar realmente en los impactos y las consecuencias del siguiente orden. Pero podemos hacer cosas; las empresas, los gobiernos, pueden hacer cosas. Propuse una Alianza internacional sobre los futuros de la IA, en la que todo el mundo tuviese una participación; una especie de Bretton Woods revisado. Creo que la forma de resolver estos problemas es económica, no punitiva. NO TE PIERDAS más opiniones de Amy Webb, en conversación con SINAN ARAL. Amy Webb, futurista cuantitativa, profesora en New York University’s Stern School of Business y CEO de The Future Today Institute , durante la Thinkers50 Awards Gala. Foto de apertura: © GMR Photography & Film | Gerry Mayer-Rohrmoser y foto interior: © Elena Seibert. Artículo publicado en mayo de 2022.

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